El Cuartel de Dragones de la Mejorada

Luis Ramirez Aznar (1987)

La historia del Cuartel de Dragones comenzó hace más de doscientos cincuenta años, cuando el capitan general y gobernador Antonio de Benavides Bazán y Molina, dispuso que se donara a los franciscanos del Convento de la Mejorada, un terreno de una manzana ubicado al sur del convento con extensión de 15,475 metros cuadrados, para levantar allá un hospital que estuviera a cargo de los frailes.

Funcionó tal como se había dispuesto, hasta el año de 1821, cuando el mariscal de campo y gobernador de Yucatán, Juan María Echeverri Cachón y Manrique de Lara, expulsó a los franciscanos, ordenando en su euforia injustificada, hasta la destrucción de documentos y libros de incalculable valor del convento grande de San Francisco. Echeverri ordenó que el hospital franciscano fuera convertido en cuartel militar, con el nombre de Cuarte del Regimiento de Dragones, como hasta la fecha se le conoce.

En el gobierno del Lic. Olegario Molina Solis (en 1903) y por aprobación del presidente Porfirio Díaz, el cuartel fue convertido en almacenes de artículos para la construcción, ya que fue la etapa en la que Mérida dio el salto sorprendente a la categoría de reluciente próspera ciudad, en el programa de obras públicas del gobernador Molina. Fue bodega el ex cuartel hasta el año de 1912.

Durante el corto gobierno de José María Píno Suárez, esas bodegas a cargo de la Casa Montes-Molina, sirvieron de cuartel a la Guardia Nacional y al asumir el gobierno interinamente Nicolás Cámara Vales, fue rehabilitado de nueva cuenta como Cuartel Militar. Es fácil observar en el interior de ese veterano edificio las distintas etapas: los cuartos del hospital de los franciscanos, los aditamentos para hospedar a la tropa, caballerizas, torreones exteriores, etc.

Dentro del historial del Cuartel de Dragones no podemos dejar de mencionar los años de 1864 a 1867, etapa de la lucha contra el imperio. El general Manuel Cepeda Peraza acampó en Mejorada y en el Cuartel se atrincheraron las tropas imperialistas de Salazar Ilarregui. Esos años fueron los que se recuerdan como el sangriento sitio de la ciudad de Mérida.

Entre 1878 a 1882 el gobernador Manuel Romero Ancona, decretó el servicio militar obligatorio de las guardias nacionales que tenían su sede en el Cuartel de Dragones, hasta el régimen de Cámara Vales.

El Ing. Eleuterio Avila llegó a Yucatán por órdenes de Venustiano Carranza el 19 de septiembre de 1914 con instrucciones de desarmar a las tropas federales, pero en vez de cumplir esa orden las dividio en dos batallones que llamó guardias territoriales. Uno fue el Batallón Cepeda Peraza con 800 hombres de los que no menos la mitad eran indígenas yaquis y los alogó en la Ciudadela de San Benito al mando del coronel Patricio Mendoza. El otro, el Batallón Pino Suárez con sede en el Cuartel de Dragones y al mano del teniente coronel Enrique Cámara Buey.

Pero esta división de fuerzas, a más de haber sido en contra de las disposiciones de Carranza, provocó un enfrentamiento. Los del “Cepeda” trataron de posesionarse del Cuartel de Dragones al unísono que asaltaban el palacio de gobierno, la central de gendarmería y la policía municipal. En estos hechos fue herido el coronel Mendoza y mortalmente, el teniente coronel Cámara Buey. Eso sucedió el 4 de enero de 1915 y fue el inicio de una batalla abierta entre los dos batallones. El día 27 de ese mismo mes de enero, Toribio de los Santos fue enviado para sustituir a Ávila y acabar con las tensiones. Y en febrero de 1915 llegó Abel Ortiz Argumedo, cuya actuación contrarrevolucionaria y del saqueo del erario y bancos de Yucatán, es otra parte de la historia.

En el año de 1924, sofocada la rebelión delahuertista, el Cuartel de Dragones fue sede del Quinto de Infantería al mando del brigadier Juan Celis y el 35 de la misma arma a cargo del coronel Enrique Barrios Gómez. En ese histórico cuartel, en el año de 1924 cuando el Lic. Antonio Gual García sustituía por licencia a Iturralde Traconis, los elementos ya disueltos del 18 Batallón sirviendo a civiles politiqueros y a causas oscuras, planearon asesinar al gobernador a los funcionarios más importantes, esperanzados del apoyo del Quinto de Infantería. Pero al acercarse al Cuartel de Dragones el 32 Batallón de Infantería al mando del general brigadier Pedro León Lares, y según los datos recopilados por acucioso investigador Francisco D. Montejo Baqueiro, ese batallón fue el último que trajo a Yucatán una magnífica Banda de M´sucia, de gratos recuerdos.

En el año de 1929 en el cuarte se instaló el no menos recordado 42 Batallón al mando del general brigadier Teófilo Alvarez Bardoa, hasta el año de 1940 que fue relevado por el Décio al mando del coronel José Reynosa Mireles. Justo es recordar que debido al impulso que dieron al beisbol netamente local estos dos últimos batallones, los terrenos del Cuartel de Dragones se convirtieron en un popular campo de juego y en su sitio de práctivas para los equipos yucatecos. Fue en esos años el Cuartel de Dragones, una verdadera unidad deportiva en el que se practicaban todos los deportes del medio. La clase 1940 – 1946 de los jóvenes del SMN se hospedó asimismo en ese local antes de salir a la capital del país para incorporarse al activo.

Sobre la calle 48 tuvo otra puerta de acceso pero que se mantenía clausurada y otra en la calle 62, al pie del arco que también se clausuró. Salvo alguna aclaración, el único Presidente de la República que estuvo en el Cuartel de Dragones fue el licenciado Gustado Díaz Ordaz con el general de división Marcelino García Barragán era comandante de la 32 Zona Militar el Gral. Rosendo Flores y gobernador Luis Torres Mesías y alcalde Victor Correa Rachó, y comandante del Décimo Batallón el entonces coronel Alfredo Navarro Zuloaga.

La SDN puso a disposición del gobierno del Estado ese edificio en agosto del año de 1983, cuando gobernaba el Gral. Graciliano Alpuche Pinzón, pero hasta principios de 1984, se esperaban los tramites finales para que el excuartel pasara al patrimonio del Estado. Se hicieron muchos proyectos para aprovechar tan estratégico espacio respetándole sus pocos vestigios históricos.

Nota del transcrisptor: En enero de 1994 el Cuartel de Dragones se convirtió en el Centro Cultural del Niño Yucateco (Cecuny), funcionando como tal hasta nuestros días.

 

Esquinas de Mérida: “El Tívoli” (45 x 62)

Por Carlos Bójorquez Urzaiz.
Recopilación: Ing. Luis Solís

La esquina de “El Tívoli” en el barrio de Santa Ana, ubicada en el cruzamiento de la calle 62 x 45, posee una historia de sucesos y leyendas entretejidas como fábula popular del suburbio.

Cuentan que en 1818, con motivo de que la “industria del tasajo”(venta de carne deshidratada) estaba en auge, por varios rumbos de la ciudad, existían corrales donde eran sacrificadas reses. El obligado acompañamiento de zopilotes, perros y pestífero ambiente que provocó innumerables quejas de los vecinos que agraviados en su salubridad se dirigían al capitán general don Miguel Castro y Araoz.

Se dice que una de las mayores tasajeras de Mérida se encontraba ubicada en la calle 60, entre Santa Ana, precisamente enfrente de un conjunto de casas propiedad de don Manuel José González, quienes las rentaba a lo que para entonces se considero un numeroso vecindario. Don Manuel José González hizo saber que, no obstante las quejas presentadas al Capitán General, por medio del regidor don Miguel de Bolio. Quejas que mencionaban “el mal olor que exhala, que puede ocasionar una peste con los muchos zopilotes que atrae, que ensucian el rumbo con sus plumas, vómitos y suciedades, especialmente los pozos”, amén de las moscas que en vuelo certero corrían de la tasajera a las comidas, la mencionada industria permanecía en el mismo lugar.

Las quejas referentes a la pestilencia y otros males se fueron sucediendo hasta que se decretó en 1819, la suspensión de aquella tasajera. Tras consultar con el regidor en turno, el síndico procurador general y el médico de la ciudad acordaron que tal industria estuviera a “ocho cuadras de la plaza mayor y precisamente fuera de los arcos”. Aquellos años fueron también los años de pleito entre el propietario de la tasajera y el Ayuntamiento.

El Ayuntamiento le sugirió entonces buscar un solar yermo, no lejano de Santa Ana,pero fuera del área en cuestión. Fue así como el tasajero compró un lote baldío, a una cuadra al poniente de la plaza de Santa Ana, para reinstalar su quebrantada industria.

Hay testimonios en los que se die que el desmonte y la limpieza del terreno lo efectuaron 30 indios de Santiago, quienes, al efectuar más adelante labores relacionadas con la excavación del pozo y construcción de los estanques necesarios para la factoría, descubrieron una enorme bóveda que era señal indudable de la existencia de un cenote.

Se cuenta que en estos días solamente se construyó un aljibe encima de la gruta, comunicado con ésta por 27 escalones.

Ignoramos el tiempo que permaneció la tasajera en ese lugar. Empero, en el año de 1878, una sociedad local de artesanos adquirió en propiedad el solar y descubrió lo que el tasajero y sus sucesivos propietarios había ocultado: el cenote. Así, se dice que entre 1878 y 1880 la mencionada sociedad de artesanos contrató un buen número de operarios para que el lugar sirviera como de hecho sirvió de balneario público. En 1880 se dijo que el cenote de la 62 tenía sobre el nivel del agua una bóvedanatural de piedra calcárea, bajo la cual el agua era “muy profunda”, y no se logró descubrir el término de dicha bóveda, No sabemos si antes el mencionado lugar se denominó “El Tívoli” pero lo cierto fue que en Marzo de 1880 se inauguró el balneario “Tivoli” y desde entonces tal esquina santanera ha sido identificada con ese nombre, como incluso se llama hoy en día una tienda de abarrotes ubicada en la 62 x 45.

Los carnavales de principios del siglo XX

Germán Almeida Sánchez (1987)

Los carnavales de Mérida se hicieron famosos no solamente en nuestro Estado, sino hasta en el extranjero, viniendo numerosos visitantes exclusivamente a contemplarnos y disfrutarlos.

Todas nuestras clases sociales tomaban parte: unos organizándolo y otros participando.

Como dice el Sr. Manuel M. Escoffié el “Liceo de Mérida” y “La Lonja Meridana”, de nuestra acaudalada aristocracia principalmente, eran las sociedades que destinaban buenos cientos de miles de pesos para las fiestas del Carnaval. Contribuían también con dinero para la organización y lucimiento de las comparsas y estudiantinas, tomadas por amigos, para el mejor éxito de las fiestas de Momo.

La democrática sociedad “La Unión”, integrada principalmente por la llamada clase media, pero en la que también figuraban un gran número  de distinguidos comerciantes, preparaban con anticipación su gran programa.

Con varias semanas de antelación todas las sociedades coreográficas comenzaban los movimientos, preparativos para la designación de un Juan Carnaval, una reina y un rey, de cada sociedad.

Así, de este modo, quedaban tomados los planes y programas para todos los días incluyendo como parte más atrayente los elegantes carros alegóricos de todas las sociedades para el mejor lucimiento y amistosa competencia.

Las sociedades obreras “Paz y Unión” y “Recreativa Popular”, no eran menos importantes inclyendo sus carros alegóricos comparsas y estudiantinas.

Recuerdo aquellas comparsas “Los Xtoles”, “Los Palitos” y “Los Negritos”, estos últimos usaban una indumentaria ridiculizando al Tío Sam (símbolo de Estados Unidos) con altos sombreros de copa y su levita de cola adornado con lentejulas y cascabeles que al caminar sonaban y a la larga distancia se podía escuchar: también llevaban unos tambores y unas claves. Siempre visitaban estas comparsas las casas particulares de algunas personas conocidas, sobre todo en los Suburbios de San Sebastián, San Juan, Santiago y Mejorada.

El carnaval comenzaba un viernes y terminaba un miércoles, el viernes se llamaba “de corso” y el miércoles “de ceniza”

El viernes de corso a las 8 de la noche salía de la plaza de San Juan el primer desfile carnavalesco formado solamente por representantes de las distintas sociedades coreográficas, conducidos por simples carruajes  llevando cartelones alusivos, en un carro especial viajaba “Juan Carnaval”.

El siguiente, se llamaba “sábado de bando” porque tenían lugar los bandos solemnes de las sociedades, luciendo sus elegantes carros alegóricos.

La “Lonja meridana” “El Liceo de Mérida”, “La Unión”, “La recreativa popular” y “Paz y Unión” se ponían de acuerdo para fijar las horas de los desfiles, las calles se veían repletas de espectadores, que ayer como hoy buscan el escape de sus tribulaciones.

Entre la Lonja Meridana y el Liceo de Mérida, presentaban, cuando menos, seis elegantes carros y las otras sociedades, cuando menos a dos cada una. Ninguno de estos era de propaganda comercial, también habían carros de comerciantes, entre estos el de Don Emilio Seijo que era el más grande y tenía llantas de hule macizo y tracción de cadenas.

Casi todas las calles donde pasaban los desfiles eran entoldadas para proteger al público contra los rayos de nuestro sol tropical y en las aceras, en toda esa extensión, se construían templetes con sillas para los espectadores.

Desde el sábado en la tarde comenzaban los paseos de carnaval que se recorrían la calle 62 desde San Juan hasta la 63 tomando la 60 hasta la 59 llegado a la plaza de la Mejorada, rodeaban esta y regresaban por esta misma hasta la plaza de Santiago y algunas veces doblaban por la 62 hasta la esquina de la 55 (esquina llamada entonces “El Loro”).

El domingo había un paseo en la mañana, de las 9 hasta las 12 para reanudarse a las 4 de la tarde hasta las 7 de la noche, para prepararse y asistir a los bailes.

El martes -último día- era el más celebrado en la mañana se gozaban de “la batalla de flores” que comenzaba a las 9 y terminaba a las 2:00 pm.

Había en todo esto un verdadero derroche de alegría lanzándose mutuamente los batalladores, serpentinas, confeti , abanicos de fantasía, juguetitos de tocador, flores naturales, cornetas de cartín, perfumes, así como dulces y chocolates para los niños.

También usaban para darle más ruido a dichos paseos, matracas y tambores.

Tenía nuestra Mérida sus artistas populares mimados de la sociedad. Cirilo  Baqueiro (Chan Cil) y Fermin Patrana (Uay Cuc) célebres creadores en aquella época de la canción yucateca y Juan Tolvaños (Ciego) que lo mismo tocaba y cantaba acompañándose de  cualquier instrumento de cuerdas. Estos artistas yucatecos, díficilmente podían faltar en las fiestas del carnaval de Mérida, principalmente Cha Cil y Uay Cuc, siempre preparaban con anticipación sus humorísticas canciones.

El miércoles de ceniza la ciudad de Mérida, volvía, como de costumbre, a sus labores ordinarias, sólo en las iglesias se veían grandes colas para la toma de ceniza. Pero en la noche celebrándose el entierro de Juan Carnaval, conduciendo en un carro destartalado el cadáver de aquel, detrás del cual caminaba llorando, a gritos, la “viuda” recorriendo las céntricas calles de la ciudad.