El Paseo de Santa Ana.

Lo que hoy conocemos como calle 60 nació en el primer cuarto del siglo XVII, se trazó en lo que sería el primer paseo que hermosearía la ciudad de Mérida, que se iniciaba en el Palacio Episcopal y terminaba en el pueblo de Santa Ana. Este paseo sería concluido mucho antes de la tan famosa alameda de Gálvez y sin embargo es muy pocas veces mencionado. El principal promotor de este primer paseo fue Don Antonio de Figueroa y Silva a quien apodaban “El Manco”.

Don Victor Suárez Molina recopilo en 1981 la historia de este paseo a propósito de un proyecto de revitalización de la calle 60 en el tramo que en alguna época fue el Paseo de Santa Ana, reproducimos aquel texto.

El Paseo de Santa Ana por Victor Suárez Molina (1981)

La feliz iniciativa, próxima a convertirse en hermosa realidad del presidente municipal de Mérida, Lic. Gaspar Gómez Chacón, de dar forma al corredor turístico que se extenderá a lo largo de la hoy calle 60, desde la Plaza de la Independencia hasta el Parque Andrés Quintana Roo o de Santa Ana, saca a colación un importante acontecimiento poco conocido sobre la historia de nuestra ciudad, la construcción del primer paseo público que esta tuvo, el Paseo de Santa Ana, obra llevada a cabo por el gobernador y capitán general de la Provincia de Yucatán, brigadier Antonio Figueroa y Silva, quien rigió los destinos de esta península de 1725 a 1733.

Iglesia de Santa Ana

Corría ese paseo, según las crónicas de la época, desde el Palacio Episcopal hasta la recién construida iglesia de Santa Ana. Poco era lo que entonces la ciudad de Mérida había crecido hacia el norte, más allá de la ermita de Santa Lucía, la que no obstante estar situada a tres cuadras de la Plaza Principal era considerada como fuera de la ciudad, cuyos límites septentrionales no pasaban de la actual calle 57.

Al norte de Santa Lucía no existían construcciones de importancia. De ahí partía un camino pedregoso que conducía a la población indígena de Itzimná, camino a cuyo comienzo se había hecho el trazo de varias calles transversales con sus correspondientes manzanas cercadas de blancas albarradas, patrios con rusticas casas, tierras sembradas de árboles frutales y corrales con animales domésticos ocuparían hemos hecho de suponer, esos terrenos cercados.

La extensión de la ciudad era reducida, no pasaba de unas cuarenta manzanas su núcleo central, donde residían españoles y criollos. Más allá estaban los barrios habitados por indígenas mayas, por descendientes de los indígenas tlaxcaltecas traídos por Montejo para la conquista de Yucatán, y por negros y mulatos.

Para delimitar en parte este núcleo central se levantaron a fines del siglo XVII varios arcos en la ciudad, tres de los cuales subsisten, uno al sur, en el de San Juan y dos al oriente, los después llamados de Dragones y del Puente.

Algunos autores modernos al hablar de estos arcos interpretaron erróneamente que su objeto era servir de puertas a la ciudad y que formaban parte de un proyecto para amillarar esta, proyecto que nunca existió. De hecho, no tuvieron más fin que el indicado anteriormente de servir para delimitar el núcleo central de la capital, señalado el comienzo de la jurisdicción de los barrios indígenas, tal como en 1814 asentaron en sus “Apuntaciones” Calzadilla, Echanove, Bolio y Zuaznavar.

El 24 de diciembre de 1725 tomó posesión del gobierno y capitanía general de Yucatán el mariscal de campo y brigadier de los reales ejércitos, don Antonio de Figueroa y Silva, Lazo de la Vega, Ladrón del Niño de Guevara.

En las páginas de nuestra historia encontramos elogiosos comentarios para su obra como estadista, político práctico y bravo militar y estratega, realizada en Yucatán desde la fecha citada hasta su muerte ocurrida en agosto de 1733 en el rancho Chocal o Las Viboras, cerca del pueblo de Chunhuhub, cuando regresaba de su victoria en Bacalar contra los ingleses de Belice; pero poco encontramos sobre los esfuerzos de Figueroa y Silva para embellecer a la capital, ampliarla por el Norte y dotarla del primer paseo que para su disfrute tuvieron los meridanos.

Lápida del Capitán Antonio Figueroa y Silva en la Iglesia de Santa Ana.

Fue este paseo una profética prefiguración de aquel gobernador de lo que sería el crecimiento urbanístico posterior de Mérida, que él inició, concepción de Figueroa y Silva que no ha sido valorizada con la atención que se merece.

Luz sobre este paseo la encontramos en dos números de La Gaceta de México, publicada a la sazón en la ciudad de México por el P. Juan Francisco Sahagún de Arévalo, continuador de la obra iniciada por el Dr. Juan Ignacio María de Castorena, Urzúa y Goyeneche, obispo que fue de Yucatán de 1730 a 1733, año en que murió en nuestro suelo.

Esta Gaceta de México la había publicado inicialmente el Dr. Castorena. Suspendida esta revista, la primera de carácter periódico impresa en México, tuvo después por sucesor otro semanario del mismo título, que publicó de 1728 a 1739 el ya mencionado Pbro. Juan Francisco Sahagún y Arévalo.

Revisando las páginas de esta revista encontré en el número 8 de la segunda semana del mes de julio de 1728, una noticia transmitida desde Campeche, que en su parte conducente reproduzco a continuación.

“… Y también, que el Gobernador de Yucatán, D. Antonio de Figueroa y Silva Caballero del Orden de Santiago, Brigadier de los Reales Ejércitos de S.M.  Hizo acabar el Paseo, que en el barrio de Santa Ana de la Capital de Mérida dispuso para pública recreación de sus vecinos, con ocho arcos que hizo edificar, los seis en las seis bocacalles y uno a la entrada y a la otra a la salida, que con la amenidad de los árboles que suben sobre sus cercas lo hace muy vistoso.”

“Y el mismo ha comenzado a levantar desde sus cimientos, la Iglesia de Santa Ana, que es ayuda de Parroquia de la de Santiago de los Indios de aquella capital. Tiene ya labrada toda la cantería para el edificio que ha emprendido hacer a sus expensas y con las multas, que su gran celo y justicia saca a los que delinquen en el juego, o excesos semejantes; asistido personalmente todos los días a esta obra con la que fábrica otra más hermosa de reformación de costumbres.”

Otro número de La Gaceta, el 68, correspondiente al mes de julio de 1733 trae una nueva noticia enviada desde Campeche, en la  que después de mencionar la erección de la ayuda de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, extramuros de la villa y puerto de Campeche, hecha por el que ya entonces era obispo de la diócesis, Dr. Castorena y Urzúa, dice en la parte conducente a nuestra historia:

“… Otra semejante erección hizo S. Ilma. en la Ciudad de Mérida, en el Templo suburbano de Señora Santa Ana, que está muy pulido y hermoso, dejándose ver la Santa de bulto en medio del Altar, que está adornado de ochenta láminas de cristal, y hermosas imágenes de pintura de diversos Santos, en una situación tan amena que solo en el patio la circundan más de cincuenta naranjos tan copados y vistosos, que sirven de recreación a la fatiga y de lisonja a los ojos: desde dicho templo hasta el Palacio Episcopal, se viene por una calle tan derecho, en que apuró sus cuidados el nivel, hermoseada con dos arcos altos de sur a norte y otros pequeños, todos de cantería de oriente a poniente; en este sitio la Alameda de esta ciudad…”

Curiosa es la noticia proporcionada en la información de 1728 y ratificada en la crónica de 1733, acerca de los arcos menores que en las bocacalles de los costados oriente y poniente del paseo se levantaron para adorno de esa primera “alameda” que tuvo nuestra ciudad, paseo cuyo pavimento fue cuidadosamente nivelado.

Posiblemente de inferior calidad, esos arcos laterales en los cruzamientos de las hoy calle 53, 51 y 49 con la actual calle 60, no se conservaron por largo tiempo en pie.

En cuanto a los dos arcos mayores, sobre los que si nos hablan los historiadores, el que estaba en la calle 60, al desembocar en la Plaza de Santa Ana, fue demolido en 1822 por orden del ayuntamiento, porque por su estado ruinoso representaba un peligro para los habitantes de la ciudad. Sin embargo, hasta fines del siglo XIX todavía se conservaban sus bases.

El otro arco, levantado en el extremo norte de la plazuela de Santa Lucía, fue demolido en 1842 por igual razón que el anterior y sus bases se conservaron hasta 1856 cuando fue construida la casa de portales al norte la plazuela.

Hasta aquí la crónica de Don Victor Suárez Molina.

Aquel proyecto de rescate permitió recuperar la fisionomía de la iglesia del barrio, aunque lamentablemente no se pudo revitalizar el paseo de Santa Ana.  Han pasado más de treinta y cinco años desde entonces y poco se ha podido hacer para recuperar tan emblemático sitio aunque la calle aún presume algunas de sus hermosas fachadas pérdidas entre adefesios que “la modernidad” nos regalo.

Los ladrillos rojos de Mérida.

A las doce horas del 16 de septiembre de 1902 se inicio el pavimento de las calles de nuestra, antes lodosa unas veces y polvorosa otras, pero siempre feliz y risueña Mérida. Tan significativa obra mejoraría notablemente la belleza de la capital yucateca.

adoquinesRojos

Sus rectas y bien trazadas calles, en los sectores residenciales luciendo brillante asfalto y en los sectores comerciales, particularmente en arterias que conducían a las diversas estaciones ferroviarias por las que transitaban día y noche numerosos carruajes con pasajeros, así como también, centenares de carretas portadoras de carga general y pacas de henequén, luciendo a su vez, costoso pero resistente pavimento de singulares ladrillos rojos.

Y así hubo de transcurrir el tiempo hasta que, con motivo de las reformas que se realizaron en el viejo edificio del Instituto Literario del Estado, para convertirlo en sede de la Universidad de Yucatán; inauguradas en 12 de diciembre de 1941, se procedió también a la ampliación de la anchura de la calle 60 con ladrillos rojos, en el tramo comprendido de las calle 57 hasta la calle 59, pero como no había existencia de esa clase de ladrillos se acordó tomarlas de la cuadra que corre de la calle 67 a la calle 69 osea donde se encontraban las ruinas del histórico y romántico matadero viejo.

Inscripción Metropolitan Block. Canton O.

Estos singulares ladrillos rojos, evocadores de tiempos de Don Ole, miden 22 centímetros de largo, 9 centímetros de ancho y 10 centímetros de altura pesando tres y medio kilos. En contra de lo hasta hoy asentado por los “sabiondos”, no fueron traídos de España, Alemania, Francia, Inglaterra ni mucho menos de la Gran China, estos ladrillos rojos llevan la inscripción “Metropolitan Block” “Cantón O”, es decir que fueron hechos en una población llamada Canton del estado de Ohío de Estados Unidos de Norte América.

Manuel Cirerol Sansores.

Estos centenarios ladrillos rojos aún se pueden apreciar en las cercanías de Santa Lucía, la Ermita de Santa Isabel y algunos parques en el interior de nuestra ciudad.

Noticias Curiosas sobre algunos edificios de Mérida.

La Candelaria

El Lic. D. Manuel Núñez de Matos, maestre escuela que fue de la iglesia catedral, con las licencias necesarias fundo con sus bienes una ermita con el título de Nuestra Señora de Candelaria, y la dotó con mil y quinientos pesos, fundando en ella una capellanía de ciento y cincuenta pesos de renta, que se dan al capellán cada año.

No se fija la época en nuestra historia, pero esto sucedía a fines del siglo XVI y principios del siguiente, que fue cuando figuraba en el cabildo-catedral el Sr. Núñez de Matos. Mandó sepultar su cuerpo en la capilla, y así se cumplió.

La ermita del buen viaje.

Esta iglesia no es menos antigua que otras de que ya hicimos referencia en la página 444 del tomo primero. Habla de ella nuestro historiador de la manera que lo hace casi siempre sin citar fechas ni extenderse en pormenores que son siempre curiosos e interesantes para todos los que desean instruirse hasta en las más pequeñas noticias de la historia de su país; de modo que tendremos que conformarnos con lo poco que él nos refiere.

Gaspar González de Ledesma fue su fundador, y se trasladó a vivir allí en traje de ermitaño. Entonces ese camino, aunque ya abierto y concurrido por ser la dirección para Campeche, no estaba tan poblado como hoy se le ve, de suerte que se podía asegurar que el penitente ermitaño pasaba su vida entre la soledad del campo.

No tiene nada de notable el tempo ni en cuanto a su construcción, ni a cuanto su riqueza: es una ermita pobre que afortunadamente ha llegado a nosotros, trayendo una fecha que excede de doscientos años.

Santa Lucía.

Templo no más pequeño ni menos antiguo que la ermita de que acabamos de hablar, es, sin embargo, más grande en recuerdos. Fundada por suscripción de todos los vecinos de Mérida, se comenzó la obra venciendo paso a paso todas aquellas dificultades que se presentan siempre cuando ni el prestigio, ni los necesarios fondos, se ponen en movimiento para llevar al cabo una de esta clase. Y quizá esta no hubiera llegado a su término, si uno de los más notables vecinos de la ciudad no hubiese tomando tan gran parte.

El capitán Alonso Magaña Padilla que se hizo cargo del gobierno después de la repentina muerte de Francisco Núñez Melian; de aquel Núñez que familiarizándose con todos, y con muy buenas maneras, quería enriquecerse más que ninguno de los españoles, cortándoles a todos los recursos para engrandecer; de ese Núñez que en una hermosa tarde en la plaza mayor de Mérida haciendo ejercicio de artillería espantóse su caballo y murió en la carrera: sucesor, pues aunque internamente, el capitán Magaña, como hemos ya dicho, tomo gran empeño en que se concluyese la obra de la iglesia de Santa Lucía, ayudando con su dinero y su influjo.

Logrose ver terminado el trabajo, y cuantos para el habían contribuido fundaron una hermandad, que tenía por objeto asistir a los enfermos, y procurarles los consuelos de la religión y de la medicina.

En este pequeño templo se ha celebrado repetidas ocasiones el majestuoso oficio de difuntos, pues ha sido cementerio de la ciudad por muchos años. Aún viven muchas personas que han asistido a acompañar hasta el sepulcro a amigos o parientes que descansan allí para siempre.

Las impresiones que Santa Lucia inspira bajo este aspecto, las procuramos trazar en un artículo que publicamos en nuestro Museo. Entonces describiendo aquel lugar respetuoso por el objeto a que estaba destinado, dijimos que el cementerio principal es un cuadro hermoso decorado en sus paredes con mil emblemas y alegorías que el tiempo destructor ha ido lamiendo para hacerlos desaparecer. En la testera del frente hay un pequeño templete arruinado.

Las losas de los sepulcros removidas, las inscripciones borradas y los restos humanos dispersados. El cementerio de los párvulos es un pequeño cuadro, cerrado con una verja de madera, que antes estuvo decorada con festones y enredaderas. El panteón es otro cuadro regular, cuya puerta es un arco de piedra arruinado y destruido como todo el cementerio.

La iglesia no está arruinada pero tiene aspecto melancólico que inspira ideas lúgubres, como las que se recogen en todos los sitios que sirven de última morada a nuestros cuerpos; ideas que no parece sino que están identificadas con la triste imagen de la muerte.

Registro Yucateco (1845)