“La Peni”: Historia de la Penitenciaria Juárez.

Fue inaugurado este penal el día primero de febrero de 1895, siendo el gobernador de Yucatán el Lic. Don Carlos Peón.

El 13 de septiembre de 1886, el entonces Gobernador del Estado, Gral. Don Guillermo Palomino, sancionó el decreto de la XI Legislatura yucateca en que se autorizó la construcción del edificio, y el 6 de enero del año siguiente fue colocada la primera piedra y se iniciaron así los trabajos de conformidad con el plano levantado por el Ing. D David Casares, cuyo plano fue reformado en 1887. En este año y los dos siguientes, se construyó el primer muro circular y quince piezas del departamento de administración con su corredor correspondiente y una parte de la galera No. 3 (la central), bajo la dirección del Ing. D. Rafael R. Quintero, habiéndose empleado en todo ello, la cantidad de $47,313.00 centavos.

En los años de 1890 a 1893, durante el Gobierno del coronel D. Daniel Traconis, se continuaron los trabajos, empleándose la cantidad de $27.238.32 centavos, y tomaron mayor impulso en los primeros meses del Gobierno del Lic. Peón, siempre bajo la dirección del Ing. Quintero, haciéndose a destajo, por contratas con tres diferentes alarifes encargados de otros tantos derroteros de la obra. En el lapso final de diez meses quedó concluido el edificio para inaugurarse  en la fecha antes dicha habiéndose empleado en esta tercera época $76,026.96 centavos, que unidos a las cantidades anteriores suman $150,578.28 centavos, valor total de la parte inaugurada, pero sin incluir el valor del terreno donde se edificó, que fue obsequiado para ese objeto por sus propietarios don Aznar Pérez y Lic. Don Carlos Peón, dueños de la quinta “Santa Catarina”.

Los anteriores datos económicos constan en el informe leído el día de la inauguración por el Ing. Quintero, publicado en la prensa de aquellos días (“La Revista de Mérida”) en que se da la crónica suscita de dicho suceso.

Apadrino el acto inaugural, en representación del Presidente de la República, el Presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado, Lic. Don José E. Castillo quien colocó la última piedra del edificio, y recordamos, tomándolo de la aludida crónica, que fue aquel suceso una verdadera fiesta, a la que concurrieron todo Mérida y numerosísimas personas que de exprofeso llegaron para ello, del interior de la península, no obstante lo cual solo a muy contadas se permitió la entrada al edificio en el momento solemne de la inauguración. Después de esta si se franqueó  la entrada, y, en determinadas horas hasta el 15 del mismo mes, se permitió el acceso a todos los que quisieron llegar hasta el interior del nuevo penal. Usted puede observar que aún existen en el edificio las rejas originales que señalan esta etapa constructiva.

En aquel tiempo, la hoy avecindada calle 59, desde poco más allá de la plaza de Santiago (hoy Santos Degollado), era una calle solitaria y triste hasta sin embanquetado y mucho menos, pavimentado; de lado y lado solo había solares poblados de vegetación silvestre, cercados de albarradas, diseminadas casas de palmas y algunas con cultivos que atraían a los visitantes algunas veces; no había tranvía hasta el moderno edificio cuya distancia del centro parecía enorme: y sin embargo el día de la inauguración los siguientes, era una verdadera romería aquel ir y venir de gente que visitaba la penitenciaría, haciendo el viaje a pie, la mayor parte del público, o bien en nuestros coches de sitios, nuestros “coche-calesas” que han perdurado has ahora.

Los presidarios que en número de ciento treinta y tres, se hallaban en la cárcel de la ex ciudadela de “San Benito” (que había funcionado desde 1867 como tal), fueron trasladados a la penitenciara “Juárez” el sábado 29 de junio del mismo año de la inauguración (1895), escoltados en su traslado por un piquete de tropa de 6º. Batallón federal, la gendarmería, la policía municipal y la Guardia Nacional, y alojados en las celdas de la galería número 3. En seguida se pasó la visita del tribunal superior de Justicia del Estado, presidiéndola el Lic. Nicolás Moguel.

Hasta aquí la crónica hecha por Carlos Escoffie en 1930. En 1906, la cárcel fue reformada de acuerdo con el modelo Penitenciario del Porfiriato cuyo objetivo era conseguir reformar a aquellos que habían faltado a las normas de convivencia. Esta remodelación transformo el edificio a como lo conocemos actualmente.

Fue dirigida la obra por el Ingeniero Militar Salvador Echegaray, y para la inauguración ocurrida a principios de febrero de 1906, se contó con la presencia del presidente Porfirio Díaz.

Funciono como penitenciaria hasta el 27 de agosto de 1981 cuando los reos fueron trasladados al nuevo. Durante los años en los que funciono como la cárcel, acumulo un número inimaginable de historias y relatos.

A continuación se reproducen fragmentos del reportaje que público el Diario de Yucatán el 1 de agosto de 1981, tras el traslado de los presos al nuevo CERESO:

Lo primero que encontraron los reporteros del Diario en su recorrido, durante el que fueron acompañados por el alcaide Ermilio Vela Pérez, fueron varios envoltorios de tortillas y decenas de bolillos desperdiciados por el suelo. Extraña actitud de los reclusos al momento de abandonar el penal. Una de sus preocupaciones más serias es el alimento diario, y las tortillas y el pan quedaron tirados por el piso, como en las fiestas donde sobre qué comer.

Las 5 galeras desembocan en un espacio conocido como “la redonda” donde se reunían la mayoría de los internos a ver televisión o, simplemente a platica, aunque debe aclararse que algunos de ellos llegaron a tener esos aparatos en sus mismas celdas. “Todo es cuestión de las posibilidades económicas”, explico Vela Pérez.

Contra lo que puede pensarse, los presos tienen inclinación más pronunciada hacia las cosas religiosas, que hacia cualquier otra actividad. Así se demuestra en el edificio de la Avenida Itzaez. En la mayoría de las celdas de cada una de las galeras –largos pasillos con pequeños cuartos a los lados- hay altares construidos con imaginación e ingenio dedicado a diversas imágenes principalmente a la Virgen de Guadalupe.

Pero no solo es cuestión de imágenes. También de citas bíblicas “Este es mi mandamiento: que os améis como yo os he amado”, se lee en una de las paredes del “gimnasio” que se encuentra en el interior de la galera No. 1.

Los altos muros, por donde muchas veces pasaron las famosas pelotas rellenas de mariguana, igual que las viejas y sucias paredes, parecen recordar con nostalgia a sus inquilinos. Hoy, los pasillos del penal están llenos de desperdicios y viejas pertenencias que no alcanzaron a viajar en el cambio.

El inmueble es mudo testigo de penosos acontecimientos que se vivieron en su interior y estremecieron a la sociedad yucateca en algunas ocasiones, y al país entero en otras veces: las muerte del “Conkalito”, la jerarquía que estableció entre sus compañeros “El jefe Espadas”, el intento de fuga y homicidio posterior de los asaltabancos el 6 de septiembre de 1970, el asesinato del “Chop” Santamaría, por ejemplo.

La galeras tienen la misma forma y tienen acceso a los patios donde los presos tomaban el sol o hacían algún ejercicio como jugar béisbol o futbol, en terrenos improvisados y valiéndose de los implementos con que los dotaban las autoridades carcelarias o el donativo generoso de algún visitante.

En la galera No. 1 estuvieron la mayoría de “los colombianos”, los que llegaron por “delito de droga”. Uno de ellos contaba con las posibilidades que mencionaba el alcaide. Su celda, aun cerrada porque quedaron algunas de sus pertenencias, tenía cama, mosquitero, estufa de dos quemadores, televisión, varias neveras de corcho, 2 pequeñas mesas, dos sillas y enseres de cocina.

Esa misma galera esta lo que se utilizaba como celda de castigo, que venía a ser la cárcel dentro de la misma cárcel. Vela Pérez aseguro que “don Ramito (Bautista Garduño) suspendió los castigos desde hace varios meses. Solo eran encerrados los que robaban a sus propios compañeros”.

En todas las galeras hay una línea roja pintada en el piso de principio a fin de largo pasillo. Ese era el sitio indicado donde tenían que pararse los reclusos al momento de pasar lista: a las 6:30 de la mañana y a las 5:30 de la tarde cuando ya se tenían que cerrar con candados y cadenas las galeras. Los celadores –también reclusos- eran los encargados de entregar las llaves al alcaide una vez cubierto el trámite de la lista de presencia.

Uno de los presos más populares, por el número de veces que fue encerrado, fue Mario Bencomo Aké, recientemente atropellado y muerto en Progreso.

Una semana antes del cambio –explico Vela Pérez-  fue “quinceado”. Así se les llama a quienes son enviados al penal para purgar una pequeña pena de 15 días. Cuando faltaban dos días para cumplir con su castigo, el director ordenó su libertad porque ya el cambio de presos al nuevo penal era inminente. Al día siguiente Bencomo fue atropellado en el vecino puerto y murió.

 “La talacha” era una obligación que se impone al reo y que puede consistir en lavar los pisos, el baño o deshierbar, según las necesidades del propio edificio. Aquellos con posibilidades pagaban a otros compañeros de castigo para que estos cumplieran con “la talacha” correspondiente.

La navidad es una fecha muy importante para los reos. En ese tiempo, el director Bautista Garduño organizaba concursos entre los ocupantes de las diferentes galeras, consistentes en confeccionar adornos propios de la época que se ponían a la entrada de cada galera. El ganador tenía premio.

En la celda No. 43 de la galera No. 2 estuvo preso Felipe Carrillo Puerto. Ese es un recinto donde solo se permitía la entrada al momento de arreglar el sitio. “Todos los días tenían que hacer “talacha” aquí, nunca se ocupó esta celda”. Felipe Carrillo Puerto estuvo en la prisión entre el 23 de diciembre de 1923 y el 3 de enero de 1924

Al fondo del cuarto hay una efigie del líder yucateco tallada en madera y con la inscripción M.C Cachón 1947. A un costado, una placa alusiva a Carrillo Puerto y a la entrada, un aviso escrito en cartón: “Se prohíbe el paso y tirar basura. El que lo haga será acreedor a 3 “talachas” personales” (de esos que no se pueden pagar sino que se tienen que cumplir).

El lugar que ocupo durante el mismo tiempo el Lic. Manuel Berzunza, ilustre acompañante del exgobernador yucateco, es una pequeña celda del departamento que durante los últimos años fue destinado a las mujeres. También ha en el lugar una placa alusiva.

Por cierto, el sitio destinado a las 31 mujeres presas es de los más limpios del edificio abandonado. Está ubicado en el sector conocido como el “norte”. Cuenta con “bateas” y 6 baños individuales, es bastante ventilado y, al decir del alcaide, tenía camas para todas las internas.

En uno de los sectores del norte, Vivian 8 reclusos encerrados por delitos especiales. Entre ellos estaba “El Delfín” (el alcaide no recordó su nombre, “aquel asaltabancos muy famoso”. En el lugar esta lo que un día funciono como lo más temible para los presos y que causa sombro a quienes conocen el interior de una prisión: La bartolina.

Aspecto actual.

Aunque ya no funciona el espacio de castigo, (la puerta esta tirada en uno de los patios de “la antigua peni”), se puede apreciar lo terrible que debió haber sido para quienes la tuvieron que ocupar en alguna ocasión. Pese a ser espaciosa, la bartolina es oscura y no tiene ningún tipo de ventilación. La entrada, donde estuvo la puerta, es de apenas 60 centímetros.

La puerta era de hierro y con un pequeño espacio de 15 por 15 centímetros donde se introducían los alimentos de los castigados. El cuarto, de unos 3 metros de largo por 4 de anchos y con altos techos, “hace como dos años que dejó de ser bartolina y se convirtió en lugar donde podían vivir algunos presos”.

Vela Pérez, por cierto dijo unas palabras que muy probablemente son compartidas por muchos ex huéspedes del antiguo inmueble: “Me da pena irme de aquí, ya me había acostumbrado”.

Hasta aquí los fragmentos del Diario; la penitenciaria desde entonces ha funcionado como oficinas de Gobierno, lo que ha permitido mantener el inmueble en un relativo buen estado. Actualmente alberga el foro alternativo Rubén Chacon y el Centro Cultural del ISSTEY.

La iglesia del Jesús de la Tercera Orden.

Después de la Catedral, el templo más notable por su elegancia y dimensiones, sin duda alguna, es el Jesús, que disputa una cuadra al norte de la plaza mayor de Mérida. Obra de los jesuitas, en la época de su poder e influencia lleva congio el sello característico de aquella orden famosa tan aplaudida, tan poderosa, tan rica, tan misteriosa y tan perseguida ya al tiempo de su extinción.

La compañía de Jesús fundada S. Ignacio de Loyola en 1534, y aprobada en 1540 el papa Paulo III. Fue su objeto consagrarse a la propagación de la fe católica, a la conversión de los infieles y herejes y a ale educación de la juventud; haciendo, además, el voto de someterse ciegamente a las órdenes y voluntad del romano pontífice.

Establecida en México desde fines del siglo XVI, la gran reputación de la compañía había alcanzado hasta Yucatán, y sus vecinos deseaban con las más vivas veras verla en el país; pero no faltaban algunos obstáculo el menor la falta de fondos para sostener a los padres. Sin embargo en el año de 1604, se pensó seriamente en realizar aquel designio; y para conseguirlo escribió el cabido secular al padre provincial residente en México, pidiéndole por carta de 12 de octubre, enviase algunos sujetos para la fundación de un colegio. Vinieron en efecto al siguiente año de 1605 los padres Pedro Días y Pedro Caldera y la ciudad les hizo un recibimiento magnifico cual se hacía a los obispos y capitanes generales. Los arbitrios creados no fueron suficientes, y los fundadores se volvieron a México, hasta que en el año de 1618, habiendo dejando el capitán Martin de Palomar sus casas principales, varios solares y un capital de veinte mil pesos, destinado todo para su fundación del colegio y construcción de la iglesia y la vivienda, se llevó a efecto la proyectada idea, construyéndose el colegio de San Javier en el local que hoy ocupan el palacio de la asamblea, la calle del congreso y el coliseo.

Los jesuitas que llegaron a efecto la obra, según refiere Cogolludo, fueron los PP. Tomas Domínguez rector, Francisco de Contreras predicador, Melchor Maldonado maestro y Pedro Menan portero. Dioseles posesión en dicho año por el obispo D. Fr. Gonzalo de Salazar y el gobernador D. Francisco Ramírez Briseño. Erigiéndose una escuela de primeras letras, otra de gramática, otra de casos de conciencia, otra de filosofía y otra de teología. Más adelante, por fundación particular se erigió una catedra de canones que regenteo el célebre P. Alegre veracruzano. Tuvo universidad este colegio en virtud de una bula de Pio IV, fecha en Roma a 19 de agosto de 1561, por la cual se concedió facultad al propósito general de la compañía para que por sí, o por medio de los rectores de los colegios, otorgándose grados mayores y menores, cuyo privilegio fue aceptado por una real cedula fechada en S. Lorenzo a 5 de septiembre de 1620. Muchos de nuestros personajes eclesiásticos del siglo pasado recibieron sus grados en esa universidad, y el colegio susbstitio en un regular pie de enseñanza hasta la explosión de jesuitas, el 6 y 7 de junio de 1767 siendo gobernador D. Cristóbal de Zayas.

Templo de la Tercera Orden.
Templo de la Tercera Orden.

Al principio la iglesia del Jesús fue pequeña y mal construida; pero a fines del siglo XVII, con el auxilio del vecindario, los jesuitas edificaron el hermoso templo que hoy existe, y cuya vista exterior representa la adjunta litografía. El Jesús es un Mérida lo que en México y Puebla son los soberbios templos de la Profesa y la Compañía: la iglesia más amplia, sólida y elegante después de la catedral. Sus proporciones están perfectamente calculadas; y las dos corpulentas torres que decoran la fachada, son evidentemente de una arquitectura más bella y perfecta que las de la catedral. En cuanto a los altares son del gusto antiguo y ninguna mejora ha recibido desde su construcción hasta la fecha.

Al tiempo de la expulsión de los jesuitas, cerraron la iglesia y el colegio de San Javier. Así estuvieron hasta el año de 1774, en cuyo transcurso de tiempo sufrieron bastante deterioro. Se pensó en trasladar allí el hospital de pobres, en razón de ser entonces sumamente pequeño e incómodo el que existía; pero no tuvo efecto la idea en virtud de las representaciones del padre prior de S. Juan de Dios Fr. Blas de León Galera. La junta municipal de temporalidades, compuesta de los Sres. Dr. D. Agustín Francisco de Echano vicario capitular, Dr. D. Domingo de la Rocha asesor de gobierno, Lic. D. Estanislao del Puerto regidor, y D. Juan Esteban Quijano procurador general, determino en 20 de junio de 1774, que la parroquia de morenos y pardos que existía en la iglesia de Jesús María, se trasladase al templo de los jesuitas, destinándose el colegio para seminario de corrección de clérigos, siendo el cura su director; y así substio hasta el año de 1822, en que se extinguió esta parroquia pasándose a la iglesia la tercera orden de penitencia.

El edificio se habría reducido, sin duda al triste estado que hoy conserva el vasto convento capitular de los franciscanos, si en el año de 1823 el general del colegio, la inmensa sacristía y las piezas adyacentes no se hubieran ocupado para el congreso constituyente. Abrióse una ancha calle, y la parte del norte del colegio se vendió para construir el coliseo, en 1830, existiendo hasta hoy varias piezas de bóveda que prueban la solidez y gusto con que edificaron los jesuitas.

Campeche 5 de abril de 1846.
José Turrisa

Los edificios a los que se refiere el maestro don Justo Sierra O’Reilly, bajo el seudónimo de José Turrisa, en el último párrafo fueron demolidos en 1900 cuando se inicio la construcción del nuevo Teatro Peón Contreras. En 1915, el templo fue incautado y sus retablos destruidos, en el año de 1920 el templo se devolvió al culto y poco después se iniciaron las tareas de la reconstrucción del templo, cuyas pinturas estuvieron a cargo del hermano jesuita Manuel Tapia.

Leyenda del siglo XIX: amor y tragedia bajo los arcos de Mérida.

Funesto Error
Leyenda Tradicional (1869)

El hecho fundamental de esta leyenda y sus principales circunstancias se nos han referido hace algunos años por varias personas antiguas, únicas responsables de su verdad. En cuanto a los detalles con que la adornamos y nombres que figuran en el todo es obra de la imaginación, pues lo que nos refirieron el hecho, no nos dijeron jamás, ni nosotros lo sabemos, el verdadero nombre de los actores de tan terrible drama.

I

Si a principios de este siglo y en la hermosa mañana de un domingo, alguien hubiera penetrado con silencioso pie, para no turbar los augustos misterios, en la severa y majestuosa iglesia del convento de Mejorada a las ocho de la mañana, hora en que se celebraba la misa de costumbre; y, colocándose en un sitio apartado y propio para la observación, hubiese fijado su vista en la piadosa concurrencia de fieles, que en aquel momento se arrodillaba para recibir la bendición del oficiante poco antes de terminar el santo sacrificio, habría llamado desde luego su atención, un pequeño grupo de dos personas hincadas en medio del templo, y frente al altar mayor en que se decía la misa.

Una de ellas, mujer de avanzada edad, saya negra de alepín, rosario de gruesas camándulas y rostro vulgar y benévolo, adornado de dos redondas gafas y encajonado en unas blancas tocas que cubrían su cabeza y bajaba a cruzarse pulcramente sobre un pecho recargado de diferentes escapularios, era el tipo más perfecto de la tía de aquellos tiempos: la otra, joven de diez y ocho años, con su modesto aunque vistoso traje de muselina azul celeste, su mantilla de punto, cuyos anchos pliegues envolvían, como una nube, un talle delicado y un seno que acaso había empezado a palpitar con más violencia a impulsos de un sentimiento que se adivinaba en la dulce y melancólica inquietud de sus bellos y rasgados ojos negros, con su tez morena y ligeramente sonrosada y sus facciones agradables, era el ideal de esa belleza sin brillo y sin pretensiones que, tímida azucena en el jardín del mundo, tiene, sin embargo, un perfume suavísimo y perdurable que embalsama y alegra el hogar doméstico.

Ambas parecían absorbidas por la devoción; pero hubo un instante en que la joven separo sus ojos del altar para dirigirlos con temor a una de las capillas laterales, en cuya reja se apoyaba un joven de veinticinco años, de fisionomía llena de interés, y un vestido con moderado esmero. Un relámpago de amor cruzo entre los dos jóvenes, una sonrisa dulce e inexplicable se dibujó en sus labios, no sin que un hombre entrado en años, de rostro severo, y de apostura decente, hubiese dejado de sorprender esta muda correspondencia desde una de las puertas laterales de la sacristía en que se hallaba de pie y de lanzar sobre la anciana y sobre la muchacha una penetrante y significativa mirada que pasó desapercibida para el enamorado gala.

Algunos momentos después, y acabada la misa, salían de la Mejorada D. Blas Peredo, tendero de la “Calle del Comercio”, dando el brazo a su hermana D. Matea y a Lucianita su interesante hija, y dirigiéndose por la de “Dragones” a su casa situada al pie del “Arco del Puente”, seguidor de cerca por Vicente Rambla, joven empleado en Correos, que recibió en cambio de su respetuoso saludo una forzada cortesía de Don Blas y otra dulce mirada de Lucianita.

Arco del Puente, en alguna de las casas de la imagen vivió Lucianita y su padre.

II

En una sala amueblada con mucha sencillez y al gusto de aquella época, estaba sentado D. Blas, mirando alternativamente y con aire irritado, a Lucianita, que hacía lo posible por disimular su turbación, enjuagando con el dorso de su diminuta mano una lagrima escapada de sus bellos ojos, y a D. Matea que, a su lado, estrujaba maquinalmente entre sus manos una carta abierta.

–Vamos a ver si, al fin, se me dice la verdad. A diez minutos que Luciana no hace más que mudar de color y lloriquear y tú…

–¡La Santa Virgen del Carmen me valga! Yo no sé…

–Matea, hace doce años que te recogí en esta casa, porque te supuse capaz de suplir cerca de Luciana el afecto y los cuidados de su madre. En cuanto a lo primero, nada tengo que decir; pero lo segundo… ¡por última vez! ¿De quien es esa carta que tienes en la mano y que hallé por casualidad en tu libro de oraciones? ¡O me lo dices, o sales de mi casa!

–No, padre, no; esta carta es la tercera que me escribe Vicente Rambla, aquel joven que nos siguió ayer a la salida de la Mejorada: mi buena tía consintió, por mis suplicas, en guardarla y en callar a V. el secreto hasta que el mismo Rambla hablase a V. como me lo promete. Perdónela V. y castigue en mí a la única culpable.

–Luciana, ¿has correspondido a la confesión de este joven imprudente? ¿Le amas?

–Sí, señor.

–Pues bien: solo perdonaré la falta que ambas habéis cometido, si me obedeces ciegamente, Luciana.

–Haré lo que V. quiera

–Vas a escribir por última vez a Rambla, rompiendo las relaciones iniciadas: no has de volver a verle hasta tanto que él se dirija a mí y yo me informe de sus precedentes: tú no puedes casarte sino con un hombre honrado que pueda hacerte feliz.

Luciana inclino la cabeza para ocultar un sonrisa involuntaria de alegría que contrastaba con sus lágrimas: era que la pobre niña pensaba que un aviso suyo, sobre lo que había pasado, trocaría en placer la desesperación de su amante al recibir su carta, que, escrita en aquel instante, fue leída y recogida por D. Blas para hacerla llegar a su destino

III

Vicente Rambla tenía un alma noble y sencilla, un corazón ardiente y apasionado: amaba a Luciana como se ama por la primera vez: la adoraba con toda su alma, con todo su corazón, y sabía que ella le correspondía del mismo modo. Una decepción, una sospecha sola, habrían bastado, por lo mismo, a desencadenar tempestades desconocidas en el tranquilo mar de su vida, nunca surcado sino por la dorada barquilla de sus ilusiones y de sus esperanzas. ¡Casarse algún día con Luciana! He aquí la fórmula de todas ellas.

Es verdad que su posición no era buena: pero su honradez, su aptitud, su dedicación al trabajo, le habían granjeado el aprecio de los superiores de su oficina, que le habían prometido ascenderlo: y esto solo esperaba para abrir su corazón al padre de su adorada, confiado en que este que, aunque de carácter áspero, era honrado y bueno, no le rehusaría con la mano de su hija, su soñada dicha.

Acariciando estos proyectos y apretando contra su corazón un billete de Luciana que acababa de recibir, se dirigía por la “Calle del Comercio” a su casa, para leerlo, pues era ya de noche, cuando fue detenido por un amigo íntimo suyo y confidente de sus amores.

–Te buscaba, Vicente, para decirte cosas que te interesan mucho aunque temo que no me has de escuchar con calma.

–¡Habla, por Dios Felipe!

–Sábelo todo de una vez. Luciana te engaña: la he visto en diferentes noches, que de propósito he pasado por la esquina de su casa, conversas a la reja de su ventana con un hombre embozado que no me ha sido posible conocer. Tal vez tú serás más feliz, y no seguirás siendo víctima de una mujer indigna de ti. Ten calma y olvida. ¡Adiós!

El pobre enamorado se quedó como quien ve caer un rayo a sus pies; pero repentinamente, loco, desatentado, se metió en la primera tienda, abrió el billete de Luciana, lo devoró de una mirada y ahogando un grito desgarrador, se lanzó a la calle. Unos momentos después se encontró bajo el macizo arco del “Puente” y a pocos pasos de la casa de su amada; a tiempo que la melancólica campana de la Mejorada daba el toque de ánimas.

IV.

La noche estaba muy obscura: soplaba un violento norte acompañado de una lluvia fría y cortante como el filo de acero, y nuestro pobre enamorado, con la respiración anhelosa, el cabello erizado, la mirada aterradora, la razón perdida y la rabia en el corazón, espiaba, con la impaciencia y la avidez de una fiera, las ventanas de la casa de Luciana, oculto en el arquillo de uno de los fuertes estribos del arco colosal.

Al cabo de veinte minutos se escucharon los pasos de una persona que se acercaba por la calle del Puente; y pocos instantes después, un hombre embozado en una ancha capa se detuvo sin cuidado y sin temor alguno a la ventana del aposento de Luciana: dio dos golpes, se abrió el postigo, y una armoniosa voz de mujer se mezcló con la del hombre.

Vicente Rambla quiso gritar; pero su pecho no produjo más que un rugido ahogado, y su crispada mano buscó convulsivamente en sus bolsillos una pequeña navaja sevillana que servía en su oficina: una ola sangrienta pasó por sus ojos, empuño el arma y se lanzó.

Tres gritos, confundidos en uno, turbaron el silencio de aquella tranquila y silenciosa calle. Cuando los vecinos acudieron con sus linternas encontraron a D. Blas con el corazón traspasado de una navaja, a la desventurada Luciana desmayada en su aposento y a Vicente Rambla arrodillado junto al cadáver, con la vista extraviada y sin poder articular una sola palabra.

El hombre que había visto Felipe hablar todas las noches con Luciana, era su padre que la llevaba las llaves de su tienda y se despedía de ella para ir a la tertulia de un amigo.

La carta que tanto desespero al desgraciado Rambla era la que Luciana le había escrito por mandato de D. Blas.

V

Algunos años después, pronunciaba sus solemnes votos en el convento de la Concepción, Sor Luciana de los Dolores Peredo; y el desdichado Vicente Rambla, cumplida la condena que le impusieron los tribunales, salía de la cárcel con el corazón ya muerto, y con los ojos hundidos, si no cansados, de llorar su error funesto.

Ramón Aldana
La Revista de Mérida.
Febrero de 1869.