El primer alumbrado público de Mérida (1883)

29 de agosto de 1883

En esta fecha se iniciaron los trabajos para la introducción del alumbrado eléctrico en la ciudad de Mérida, Yucatán, tan solo poco más de un año después de que el invento de la lámpara incandescente, Tomas Alva Edison, prendió por primera vez el sistema de alumbrado público en la ciudad de Nueva York.

Yucatán ha sido y es un pueblo progresista y está siempre al pendiente de los últimos adelantos de la ciencia para utilizarlos y así lo ha demostrado en todas sus actividades. Aunque los trabajos preliminares de esta importantísima mejora duraron nueve años, pues el servicio fue inaugurado el 5 de mayo de 1892 con motivo de conmemorarse el trigésimo aniversario de la gloriosa batalla de Puebla.

En medio de gran solemnidad, el gobernador del Estado, Don Daniel Traconis accionó el “swich” y la plaza grande y las calles adyacentes se llenaron de luz y “parecía de día” según dicen las viejas crónicas. La multitud que se había congregado en la plaza mayor quedó tan gratamente impresionada que tardaron varios segundos para que pudiera reaccionar y aplaudieran con gran entusiasmo, por aquella maravilla, que por aquellos tiempos, calificaron de milagrosa.

Por muchos años aquella novedad fue tema de conversación y muchas personas venían de las poblaciones del interior del estado especialmente para presenciar aquello, y todas las noches la plaza grande esta pletórica de gente que hacía los comentarios más variados acerca de aquel grandioso invento de Edison.

Pronto la luz eléctrica fue extendiéndose, no solo en la calles de la ciudad sino hasta en los domicilios particulares, más adelante su uso se generalizó, no solo para el alumbrado sino para mover otra clase de máquinas y demás artefactos menores.

El 31 de agosto de 1901 fue inaugurada la primera compañía, que instaló la primera planta eléctrica en Yucatán, que funciono bajo diversas denominaciones hasta la nacionalización de la industria eléctrica y la expansión en grado superlativo de esta importante empresa que es una dependencia del gobierno bajo la denominación de Comisión Federal de Electricidad, que proporciona alumbrado a casi todas las poblaciones de la república y energía para las industria de nuestro país.

Profesor A. Ayuso C. (1981)

Mérida (1906)
Mérida (1906)

La fundación de Instituto Tecnológico de Mérida

Pastor Ramirez Coello (1987)

El propósito de esta nota es, ubicar en tiempo y circunstancias la presencia de una obra que, desde su nacimiento está resolviendo serios problemas para la juventud yucateca.

En agosto de 1954 un “Boletín Informativo” de la Universidad de Yucatán en relación con los problemas de la Educación en el Estado, señalaba la gravedad de la evasión de jóvenes que salían del Estado hacía la capital de la República y otras entidades en busca de un profesionalismo que no existía, el tecnológico y así mismo del trabajo correspondiente.

En octubre del mismo año platiqué sobre la trascendencia del fenómeno socioeconómico con el C. gobernador del Estado Profesor Víctor Mena Palomo, quien me autorizo tratar de encontrar una solución favorable.

Después de numerosas pláticas con profesionales de diversos niveles sobre el proyecto de levantar un Instituto Tecnológico en Yucatán a mediados de diciembre de 1954, entreviste al C. Ing. Adán Cárdenas, jefe de la Delegación Estatal de la Secretaría de la Reforma Agraria para que me informara sobre la posibilidad de contar con un terreno de 10 hectáreas en Chuburná de Hidalgo.

En razón de circunstancias políticas prevalecientes en el medio, me hizo ver la conveniencia de volver a tratar sobre el particular, hasta después del informe del C. Gobernador del Estado el 31 de enero.

En los primeros días de febrero de 1955, el Ing. Cárdenas me informó que a los ejidatarios de Chuburná se les había quitado originalmente 10 hectáreas de tierras para una unidad avícola. No se les dio compensación alguna. Posteriormente les tomaron otras 10 hectáreas para una unidad porcicola y tampoco fueron compensados.

No obstante esos aconteceres y por razón de su simpatía hacia el proyecto me dijo “Le proporcionaré a usted a 10 topógrafos conocidos en Chuburná, y solicite del C. Gobernador 10 policías que lo acompañen vestidos de paisanos para que vaya usted protegido 20 guardias.

En mi calidad de director federal de Educación en el Estado, el martes de la semana siguiente platique con los directivos de los ejidatarios para que convocaran a una asamblea general para el jueves a partir de las 18 horas., informándoles sobre la necesidad de las 10 hectáreas para que se levantara el Instituto Tecnológico de Yucatán.

Protegido por 20 guardaespaldas, el jueves me presente a las 18 horas, padres, madres, jóvenes, ancianos y niños, nadie falto a la sesión. Después de haberme insultado hasta el cansancio, me expusieron la condición de que exclusivamente acataban el trato sobre la base de que yo les entregara el documento oficial que garantizara la reposición de las 10 hectáreas. Comprobaba la veracidad del documento firmarían el relativo a la entrega del terreno ejidal bajo su jurisdicción.

Con la anuencia y la ayuda del C. Gobernador, en marzo de 1955 me trasladé a la ciudad de México, D.F. y obtuve audiencia con el secretario de educación, Lic. José Ángel Ceniceros. El trámite de reposición de las 10 hectáreas de tierras (que anteriormente duraba 3 y 5 años), de poder a poder, la SEP y la jefatura del Departamento Agrario, hicieron que me entregaran un documento oficial en la tercera semana de septiembre de 1955.

En una asamblea preparada y sin guardaespaldas, el día 10 de octubre de 1955, hice entrega del documento solicitado de reposición ante la presencia de todo el pueblo de Chuburná de Hidalgo. Con vivas y aplausos y con testimonios de alegría firmaron el documento de la entrega de las 10 hectáreas para el Tecnológico de Yucatán.

Después de todas las investigaciones de rigor, tres ingenieros amigos que no cobraron por su trabajo, como demostración de simpatía hacia el proyecto, elaboraron los planos del futuro edificio que ocuparía el Tecnológico de Mérida.

En la primera semana de febrero de 1956, con la anuencia y ayuda del C. Gobernador, presenté al C. Lic. José Ángel Ceniceros los planos y los presupuestos para la construcción. Costo $12, 000,000.00. Ambos fueron sometidos a consideración del C. Ing. Guillermo Malo Schaffino, director general de Edificios y Construcciones del SEP. Aprobados planos y presupuestos se determinó que la SEP contribuiría con seis millones de pesos y el Gobierno del Estado con los otros seis millones de pesos. De esta suerte, a partir del mes de marzo hasta agosto la SEP, por conducto de hacienda, estuvo situando a Mérida un millón de pesos mensuales.

Ante la imposibilidad de que el Gobierno del Estado aportara ningún centavo, acudí a los CC. Diputados al Congreso Local, a los presidentes municipales, a los sindicatos de cordeleros, ferrocarrileros, electricistas, Alianza y Unión de Camioneros, ladrilleros, magisterio etc., al grado de que hasta los Leones y los Rotarios cooperaron. Nadie nos negó su ayuda y de este modo se cubrieron los otros seis millones de pesos. Administró los fondos el C. Dr. Ernesto Guzmán Jr., como presidente del patronato. Fuimos supervisores de obras y gastos el C. Ing. Amábilis, de Bienes Nacionales y un servidor como director federal de Educación e impulsor de la obra. Esta, estuvo a cargo del C. Ing. Echeverría Castellot, últimamente gobernador de Campeche.

En mayo de 1957 fui ascendido a director general de los Servicios Coordinados de Educación en Tabasco. Esta referencia sirve de marco para informar que la obra no estaba concluida, le hacía falta acabados, mobiliario y laboratorios. Como concluía el gobierno de Víctor Mena Palomo y faltaba un mes para las elecciones en favor de C. Agustín Franco Aguilar, la obra sufrió de parálisis.

Invitado oficialmente a la toma de posesión del C. Agustín Franco Aguilar, el 1 de febrero de 1958, como Gobernador del  Estado. El día 2 de febrero de 1958, en entrevista concedida por el C. Gobernador informé sobre el tiempo transcurrido de paralización de la obra y asimismo sobre lo que hacía falta a las instalaciones del Tecnológico. Gentilmente agradeció la información y se comprometió a concluirla a la mayor brevedad. Fui invitado a la ceremonia de inauguración (18 de enero de 1962) y en ella tuve conocimientos que se invirtieron cuatro millones de pesos para concluirla. Ello significa que el total de inversión fue de 16 millones de pesos.

Los antecedentes proporcionados constituyen la historia fiel del proceso que dio margen a la presencia de nuestro querido Instituto Tecnológico de la Ciudad de Mérida. Este desde su nacimiento ha evitado en cantidad considerable la evasión de jóvenes yucatecos en busca de nuevos horizontes en otras entidades. Acontecimiento que nos llena de satisfacción y orgullo.

El hecho de que en la placa conmemorativa no aparezca mi nombre, no me ofende, por virtud de que como tuve la inmensa fortuna de llegar a funcionario de alto nivel nacional, estoy informado de que en ese género de inscripciones solamente aparecen los nombre de quienes en el momento desempeñan el poder. Par aun servidor, es motivo de satisfacción y orgullo el haber dado cima a la resolución de un problema de enorme trascendencia local.

Formulo mis mejores deseos porque el alumnado tenga conocimiento canal sobre cómo, porque y para qué surgió la creación de Instituto Tecnológico de Mérida.

Tecnológico

El Impala: Entrada de Paseo de Montejo.

Seguramente fue en este punto, popularmente conocido como “el remate” dónde se colocó la primera piedra del Paseo, era febrero 1888 y nacía aquel sueño que sería el Paseo de Montejo el Adelantado; vía trazada para la alta aristocracia resultante de la bonanza henequenera que por aquellos años transformó a todo nuestro estado; el Paseo se terminaría hasta 1906 y durante aquellos albores del siglo XX se construyeron las casonas, algunas de las cuales aún engalanan el Paseo.

Paso medio siglo de la inauguración del paseo y por aquellos años cincuenta del siglo XX aún funcionaba el Círculo Deportivo Bancarios, el cual se encontraba en el cruce de Paseo de Montejo con la Avenida Cupules y la Avenida Colón, fue ahí donde Gustavo “Chavo” Escalante consiguió hacerse conocido entre los visitantes del deportivo y comenzó a servir algunas de sus especialidades para los comensales del Club.

1956 fue el año en el que la compañía Chevrolet comenzó a comercializar su nuevo modelo de vehículo; aquel, llevaría el nombre de un pequeño antílope africano: Impala. Probablemente, en 1958 llegó a Mérida la primera generación de estos autos que habían sido todo un éxito en Estados Unidos.

Ya le quedaría poco por vivir al Circulo Bancario en aquellos años, al igual que otros clubes que poco a poco irían disminuyendo en socios. “Chavo” inició entonces su propio negocio. Dejó a la clientela del Deportivo y montó su propio restaurante, para ello, eligió un local al inicio del Paseo de Montejo, justo donde se encontraba una concesionaria Chevrolet donde ya se podía admirar aquel nuevo modelo: el Impala, nombre con el que decidió bautizar la Cafetería.

En aquel local, de sencilla arquitectura característica de aquellos años, había existido un bar; contiguo se encontraba la sucursal del Banco Nacional del Sureste en la que a finales de la década de los sesenta se instaló un letrero luminoso en el que se podían leer las noticias nacionales e internacionales, lo cual habrá resultado muy interesante en aquella época donde las noticias no fluían con la velocidad con la que lo hacen hoy.

En la “Entrada de Paseo de Montejo” se instalaba el Impala, esa entrada que desde tiempos de Alvarado ambicionó convertirse en la extensión de Montejo hacía el sur y que en aquellos años sesenta consiguió dar un zarpazo en sus planes; la Avenida Manuel Cepeda Peraza sería aquella extensión que partiría desde la 47 para terminar en la 65 al unirse al parque Eulogio Rosado. Aquella extensión solo alcanzó a la primera manzana, la cual tristemente se convirtió en un desagradable lunar en el centro de nuestro Paseo.

La Cafetería El Impala se estableció con éxito y se convirtió en punto de reunión de jóvenes de aquella época y de las que han seguido hasta ahora, se hicieron populares desde entonces los Platillos Voladores y el Super Club entre otras especialidades del menú. También es común escuchar que políticos de los sesenta y setenta eran frecuentes parroquianos del Impala, aunque esos mismos cronistas informales suelen olvidar, o callar los nombres. El inmortal Ricardo López Méndez “El Vate” también fue asiduo visitante de la Cafetería según hemos podido referenciar, quizá llegaría ahí en alguna visita a “El Desván Romántico”, que se encontraba en el local de junto, donde comúnmente se vio pasar a los bohemios de la época como Pastor Cervera, Sergio Esquivel, Pepe Jara y Armando Manzanero.

Aquella manzana que ambicionó convertirse en la prolongación sur de Montejo, permaneció alrededor de treinta años como un lunar que contrastaba con la belleza de nuestra vía principal, hasta el aniversario de la ciudad en 1996 cuando el espacio se arregló para intentar hacerle lucir conforme a la elegancia del Paseo. En septiembre del año siguiente, el sitio se vistió de verde, blanco y rojo en lo que se convertiría en la tradicional Noche Mexicana que desde entonces se celebra cada sábado.

Y todo aquello frente a la mirada del antílope de neón que se eleva sobre la marquesina de la Cafetería Impala, aquel que al cambio de siglo vio llegar a los Montejo a su paseo y despedir al derrotero del Carnaval. Tras este medio siglo la El Impala se ha convertido en emblema indiscutible de la ciudad para locales, y para turistas que cada año preguntan por aquel puñado de negocios que pueden darse el lujo de decirse de visita obligada; con la popularidad innegable que sólo otorga el prestigio y la calidad.

 Impala