Vestigios Mayas en la Catedral de Mérida

*Transcripción de este artículo por AlaniaArchitecture

Por: CÉSAR LIZARDI RAMOS (1965)

Informó recientemente la prensa yucatanense, que existe el propósito de hacer algunas reformas en la Catedral de Mérida, la cual se levanta en el lado oriental de la plaza mayor de esa ciudad, capital de Yucatán. Las reformas, según los informes, háranse mayormente en el interior del magno templo, señalando como lacatedral más antigua de México, pues se terminó en 1598, es decir, 56 años después de fundada la urbe que los mexicanos del centro llamamos todavía Ciudad Blanca, pese al hecho, comprobado a lo largo de visitas incontables, de que sus autoridades municipales y la parte menos educada de su población, hacen todo lo posible por convertir su centro en un basurero.

La catedral, admirable entre otras cosas por la esbeltez de sus torres y la sencillez elegante de su arquitectura, fue construida, como los demás templos de Mérida, con las piedras, brutas o labradas, de los edificios de la ciudad maya de T-Hoo (T-Jo) o Ichcaanzihó (Ichcaanzijó), en cuyo asiento y sobre cuyas majestuosas plataformas levantaron después de 1542 sus palacios Francisco de Montejo Hijo, y sus lugartenientes.

Iglesias de Mérida

Como es natural, por más que el hecho es ignorado por muchos emeritenses, o meridanos, quienes pasan a diario junto al edificio, ya sea por el lado de la plaza, es decir, por la calle 60 o por su costado norte, que da a la Calle 61, son visibles algunos vestigios mayas y otros de la edad colonial, que sólo conocen unos cuantos yucatanenses y algunos, muy pocos, viajeros curiosos.

UN CENOTE BAJO EL FAMOSÍSIMO EDIFICIO.- El autor de este reportaje tiene la buena fortuna de llevar amistad con unos de los yucatanenses mejor informados en cuanto a las antigüedades, la lengua, la fauna y la flora del extraordinario Yucatán: el Profr. Alfredo Barrera Vásquez.

Y fue precisamente a principios de este año cuando Barrera le preguntó si conocía los fragmentos de columnas mayas que forman parte del sistema de construcción de la catedral. El autor contestó con rubor que no. Lo cual bastó para que el lingüista le guiara hacia el edificio, en cuya fachada principal identifica sin dificultad quien ha visitado y estudiado las ruinas mayas, piedras sin labrar y aún sillares, que formaron parte de edificios mayas antiguos cuya distribución general en un cuadrángulo describe con su pintoresca y no siempre fácil lengua, el obispo Diego de Landa.

Pero los vestigios principales parecen ser los de la fachada norte, muy visibles en la calle 61. Constan de unos fragmentos, o “tambores”, de columnas mayas, uno de ellos, completo y otro incompleto. Su base forma parte del paño del muro. Un poco más al oriente y casi frente a la entrada de un apostadero de coches contiguo a lo que fue Museo de Mérida, Barrera Vásquez mostró un arco empotrado, como de entrada tapiada y explicó que en ese lugar existía un cenote que mucho después de construida la catedral fue cubierto, para levantar sobre él parte del muro norte del edificio. Y en apoyo de su dicho señaló una inscripción tosca, hecha con una punta, que cruza, abajo del arco, la anchura toda de la “entrada tapiada” y que empieza y termina con sendas cruces muy mal diseñadas. La inscripción comienza con la palabra “cenote”. Los otros vocablos no pudieron ser leídos, salvo la fecha 1713, porque la luz no era adecuada; pero Barrera informó que hará 30 años él leía con facilidad relativa la inscripción, hecha, probablemente, por un alarife. Es de creer que dando una iluminación adecuada pueda leerla a su sabor cualquiera curioso inteligente, si acaso encuentra interesantes estos informes, y otros que acerca de la infortunada T-Ho podrán incluirse en esta serie de reportajes, redactados para dar a conocer algunas cosas importantes de las gloriosas provincias mexicanas.

CÉSAR LIZARDI RAMOS

México, Marzo de 1965.- (Especial para el DIARIO DE YUCATÁN en el S. E. de México).

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Leyenda de la esquina del “Toro Agachado” (61 x 74)

Las esquinas de Mérida fueron bautizadas por los vecinos de acuerdo a las historias que en ellas se desarrollaron, o por alguna característica que les hiciese identificable con el fin de poder usarlos de referencia para orientarse por la ciudad. La esquina del “Candado” (60 x 65) recibía ese nombre por que ahí estuvo la célebre ferretería de ese nombre; “La Palma” es como se referían a la esquina de la la 56 x 55.

La esquina que hoy nos compete es el cruce de la calle 61 por 74 en el barrio de Santiago, aquella ha sido bautizada como la esquina del “Toro agachado”, nombre que quizá ha despertado su curiosidad por lo peculiar del nombre y de la imagen que fue colocada en los ochenta para conservar la memoria del apelativo de la esquina. Don Felipe Escalante Ruz escribió en su novela La Tragedia de Isabel la siguiente historia sobre esta esquina:

“En la calle 61 por 74, la esquina fue distinguida con una frase original y rara: El toro agachado, lo cual, según  los vecinos del rumbo se debió a que había un solar; a menos de media cuadra, llamado entonces xtocoy-solar, donde junto a la albarrada se agachaba un sujeto apodado “El Toro”, a espiar la salida hacia el patio de su novia y tenerla cabe o cerca de si, con las reservas del caso, pues los padres de la nilña rechazaban al cornúpeta como futuro yerno. De allí el nombre tan especial al lugar, de esquina de “El toro agachado”. Y así poro todos los rumbos de la ciudad de los Montejo”.

Como sucede con muchas de las leyendas de las esquinas de la ciudad, esta esquina tiene otra versión la cual recogió don Felipe Escalante Ceballos en su libro “Alegría y Nostalgia: Semblanza de mi barrio”; libro del que realizamos una reseña la semana pasada. Don Pilo describe:

“Según la tradición oral, hacia la primera mitad del siglo XIX gobernaba en este península el general Francisco de Paula Toro, quien había recibido su desiginación nada menos que del presidente de la república Antonio López de Santa Anna, que más tarde usufructuó el título de Su Alteza Serenísima. El nombramiento del gobernador no se debió a los desconocidos méritos del general Toro, sino a la circunstancia de ser ese militar cuñado del déspota. Y Su Alteza, en el colmo de su megalomanía, nos envió al “orgullo de su nepotismo” -como alguna vez dijera otro ex presidente de ingratos recuerdos-, a mangonear estas tierras

Pues bien , un día en que el general Toro transitaba en calesa por las calles de la ciudad, que no estaban pavimentadas, al llegar al rumbo de Santiago, en la hoy confluencia de las calles 61 y 74, tuvo urgente necesidad de descargar su vientre y pidió al auriga que detuviera el cabllo. Realizada la maniobra el gobernador descendió con agilidad del vehículo y rápidamente se interno entre los árboles y matorrales de un solar cercano para satisfacer la apremiante necesidad fisiológica.

Mi tía Tulita no me dijo si en el sitio había alguien más que advirtiera el hecho y luego lo difundiera o si fue el cochero el que comunicó el suceso entre sus amistades. Como sea, desde esa época el chisme ya era característico del barrio. Pero lo cierto es que a partir de ese día, los vecinos del rumbo empezaron a señalar el lugar, diciendo: “Aquí se agacho general el Toro” y, más adelante, “aquí se agacho el toro”. Por ello, con el tiempo la esquina fue conocida como El Toro Agachado, nombre que todavía conserva”.

Esta es una de las tantas historias que se esconden en las esquinas de Mérida.

Esquina del Toro Agachado

Breve historia de la Catedral de Mérida

La catedral de Mérida es la más antigua de México. De sus dos esbeltas torres, la del norte o la de la calle 61 se concluyó en el año de 1600 y la del sur o del “Pasaje de la Revolución” en 1713; en esta torre esta la antigua caratula del reloj silenciado desde hace muchos años.

En el frente principal, hacia el poniente, como casi todas las iglesias franciscanas de Yucatán, está la puerta mayor formada por un gran arco en cuyo eje esta la puerta principal encuadrada por pilastras y entre estas, las esculturas de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Sobre la puerta principal una ventana correspondiente al coro y en el medio punto del gran marco un hermosos escudo que originalmente lucia las armas reales españolas las que fueron recubiertas por una capa de estuco en 1822 y sustituidas por escudo del Emperador Iturbide, o sea la conocida como “águila coronada” que años después también se recubrió en parte.

Esta cobertura fue retirada en el año cincuenta y ocho, por el arqueólogo Cirerol Sansores, para lucir el escudo que es el que hasta hoy puede admirarse. La fecha precisa de la terminación de la Catedral de Mérida se ubica en el año de 1598, cuando gobernaba Yucatán Diego Fernando Velasco.

En Bula del Papa Pío IV, el 16 de diciembre de 1561 se concedió a nuestra Catedral el título de San Ildefonso que tiene hasta el presente. Mucho antes del arribo del señor Francisco Toral, primer Obispo de Yucatán, ya estaba señalado el sitio donde sería construida la Catedral, para lo cual se acumularon materiales suficientes extraídos del gigantesco templo prehispánico de Bakluum Chaan. Una vez considerando que la pacificación de Yucatán era una realidad, vino de España el arquitecto Juan Miguel de Agüero en 1568 iniciándose la obra que terminó doce años más tarde.

Entre tanto, fue habilitada la iglesia de San Juan de Dios (hoy cerrada al público) en forma provisional, aunque el señor Sierra O’Reilly asienta en el registro yucateco en 1845 “De aquí la opinión común que hace valer la especie, de que San Juan de Dios fue la primitiva Catedral de Mérida; no fue así, sin embargo, porque la primera, aunque de pequeñísima apariencia y de pésima construcción estuvo erigida en el sitio en que hoy se encuentra el ala derecha del Palacio Episcopal y la capilla del señor San José, según se ha podido rastrear de algunos papeles antiguos y Agüero hizo demoler el miserable y raquítico edificio que existía, para erigir la espléndida obra que hoy poseemos, que tuvo de costo muy cerca de trescientos mil pesos que por tercias, dieron la Real Hacienda, los encomendados de esta provincia y los indios. Más puede decirse que casi la totalidad de su valor se debe a los últimos, pues aquella suma solo representa la mano de obra, porque la inmensa cantidad de materiales empleados, se exigió gratuitamente de los indígenas”

El señor Sierra, al referirse al “ala derecha del palacio episcopal”, señala lo que es en la actualidad la parte del Ateneo Peninsular correspondiente al cruce de la calle 60 con el Pasaje de la Revolución, lugar éste último donde estaba la capilla de San José.

Al describir el escudo en el hueco del vistosísimo “arco volado” que se eleva considerablemente sobre el nivel de la bóveda asienta “Existía un bellísimo escudo de las armas reales tan perfecto, que cuantos lo veían admiraban la destreza del artífice; pero desapareció este monumento en 1822, cubriéndolo con un feísimo emplasto en que esculpieron las armas nacionales, primero con el águila coronada y después ocultando la corona tras una capa de yeso y cal.”

Fue esta última capa de estuco, la que el señor Cirerol Sansores retiro en 1958 bajo su personal vigilancia y cuidado, volviendo a dejar con su originalidad el escudo, sin que veamos en que podría perjudicar u ofender algo que corresponde a una época de México.

La obra de la parte central de Catedral remata en una ancha plataforma a manera de espacioso corredor con antepecho de balaustres de cantería, apoyos y cuatro pedestales terminados con macetones tallados. En el centro –dice JSO- había mandado colocar don Manuel Rincón un corpulento mástil o palo-asta gigantesco, para enarbolar en los días clásicos, el pabellón de la república y también para que sirviera de telégrafo, anunciando la entrada de buques de Sisal. Pero luego que cesó en el mando de las armas aquel general se abandonaron ambas ideas y fue preciso arrancar de su sitio el colosal mástil por temor de que se desprendiese y causase alguna desgracia. Las dos torres de Catedral tienen detalles originales, producto tal vez de las etapas de construcción: el segundo y el tercer cuerpos no corresponden al primero, que es impresionante. Se asciende por una escalera interna de caracol o espiral de 124 peldaños de cantería, desembocando en un salón a nivel de la azotea. Otro caracol o espiral más estrecho, de 55 peldaños, guía al primero y segundo cuerpo. En la torre norte, donde está el campanario, la campana mayor ubicada al centro, a mediados del siglo pasado y posiblemente hasta los años de la Mérida tranquila, se podía escuchar su grave sonido a ocho kilómetros a la redonda. En el tercer cuerpo estaba “la matraca” que se usaba en la Semana Mayor al silenciase las campanas por el luto de la Iglesia.

En la torre del sur funcionaba el reloj que daba las horas y los cuartos. Fue construido en Londres en el año de 1731 y se colocó para sustituir el original, que ya añoso, estaba deteriorado a causa de un rayo. La parte del trascoro fue en una época cementerio. Era una bóveda o zanja cubierta de maderas donde estaban los sepulcros. También en las naves laterales se inhumaban ciertos personajes que costeaban esas sepulturas, pero todo eso se rellenó, sellando para siempre restos de ciudadanos del siglo XVIII

El primer altar mayor fue demolido por el señor Padilla y en su lugar se construyó otro que concluyó en 1762. Posteriormente, se hicieron modificaciones y cambios.

Catedral concluyó, ya se dice, en 1598, pero no fue sino hasta el 12 de diciembre de 1763 cuando se consagró, oficiando el Obispo Fray Antonio Alcalde siendo deán el Dr. José Martínez; arcediano Dr. Buenaventura Monsreal; chantre Dr. Pedro de Cetina; maestre escuela José Alarcón; canónigo de gracia Juan Antonio Mendicuti; racioneros Agustín Carrillo Pimentel y Dr. Agustín Francisco de Echano, según consta en los libros capitulares.

Y dice el licenciado Justo Sierra O Reilly, al evocar su primera impresión de la Catedral de Mérida cuando tenía cinco años de edad:

“… una pira, millares de luces, pirámides coronadas, cañones, autoridades vestidas de luto, canónigos con las cabezas ocultas en capuces negros, un venerable anciano con inmensa cauda morada ¡he allí lo que recuerdo! Celébrense las exequias de los Reyes padres, Carlos IV y María Luisa, muertos en Roma el año anterior. Esta escena pasaba en noviembre de 1819… postreros honores que tributó el pueblo yucateco a los antiguos monarcas, sus dueños… última señal de vasallaje, porque la libertad, el imperio de la libertar, iría a venir…”

Luis Ramirez Aznar (1987)

Catedral de Mérida