Los parques de nuestra Mérida.

Por Santiago Burgos Brito (1965)

Los parques y jardines son esos rincones deliciosos de nuestra ciudad, que las exigencias del clima imponen a los centros de población de clima cálido como el nuestro. No son, pues, lugares de simple esparcimiento espiritual, sitios para pegar la hebra con el primer conocido que se asome, sino un a modo de prolongación necesaria del hogar, el del pobre muy especialmente, que requiere amplios espacios floridos, para ofrecerle a los pulmones un poco de aire puro, de aire respirable.

Esto ha impulsado a todos los grandes urbanitas desde el barón Haussman hasta Uruchurtu, a dotar de parques y jardines a las grandes y pequeñas ciudades. Por eso todas las ciudades del mundo cuentan con parques y jardines, solo que en aquellas que sufren rudísimos inviernos se guarecen bajo un manto de nueve y de tristeza, para esperar la llegada de la tibia caricia primaveral, en busca de la cual llenan chicos y grandes las arboledas y jardines.

El parque Hidalgo en los años cuarenta.

Mérida tuvo sus jardines desde los comienzos de su vida ciudadana. Algunos bellamente floridos y otros simples espacios abiertos a la más amplia respiración de los meridanos. La plaza de Armas o Plaza Grande, San Juan, Santa Lucía, Santa Ana, el Parque Hidalgo, hoy Cepeda Peraza. Y otros más, como San Sebastián, Santiago, El Centenario, Mejorada, San Cristóbal, Itzimná. El hambre de espacio que tiene todo yucateco ha realizado este milagro de una ciudad relativamente pequeña, que disfruta de una magnifica cosecha de aquellos amables y poéticos lugares.

La Plaza de Armas, desde los tiempos en que yo la cruzaba con los libros bajo el brazo, ha sufrido grandes transformaciones. En mis tiempos juveniles, recuerdo la Plaza Grande estaba totalmente rodeada de una verja torneada, acaso resabios de los tiempos pasados, en los que había que proteger los parques contra las importunas visitas del ganado que andaba suelto por las calles y plazas. Por aquellos días, Gollito Zavala se iniciaba todavía en el difícil arte de sacar los centavos al próximo, a cambio de sus interminables pero graciosas letanías. Pero el amo de la popularidad callejera, uno de los tipos más pintorescos de la urbe, era el incansable Rufo Cámara. Con su pintoresca indumentaria, que se resumía en una superposición de prendas de vestir, pero con los pies descalzos, se atraía las burlas de las gentes, de las que se defendía con un grueso garrote.

Era también la Plaza Grande el cuartel del Vate Corea, un bohemio arrancado de una página de Murguer o de Carrere, hombre de talento, a ratos poeta de las mas rancia y descarada picaresca; andaba siempre mal trajead, y con los bolsillos repletos de libros y periódicos. Otro tertulio de las gentes de categoría que hacían sus tertulias en la Plaza Grande, era el famoso Pichorra, otro celebre dipsómano de la época, poeta quevedesco, tan peligroso en sus composiciones como el Vate Correa. En verdad que Pichorra, exceptuando a los redactores del Bulle Bulle, y posteriormente a los hermanos Rio y Marcial Cervera Buenfil, no creemos que alguien haya cultivado la poesía festiva, cínica y rabelesiana si se quiere, como lo hiciera pichorra con sus atrevidos epigramas y fabulas.

En una esquina cualquiera de la Plaza se escucha un canto gracioso y sandunguero. Es una melodía de sabor afrocubano, que ya pregona las excelencias de la butifarra, o de la delicia de un helado de guanábana. Es el Negro Miguel que se aproxima, con su andar de legitima rumba cubana. En uno de los grupos, una viejecita limosnera, simpatía y de mal genio, discute eternamente con jóvenes y viejos acerca del debatido problema de su doncellez. Llamabanle la Revista de Mérida, porque habla de todo con oportunidades periodísticas. Otra joya engrandecida de la Plaza Grande era la sin par Tonicha, cuyas póstumas coqueterías oscilaban entre lo ridículo y lo conmovedor. Los días de la fiesta del Señor de las Ampollas y los de fiesta nacional, nuestra Plaza Principal se colmaba de gente, de música, de alumbrado a la veneciana, de fuegos de artificio y exploraciones de entusiasmo.

El parque Hidalgo, que podrá ser todo lo hidalgo que se quiera pero que nada tiene del iniciador de la Independencia Mexicana, luce en su centro la estatua del General Manuel Cepeda Peraza. Refugio predilecto de los estudiantes del cercano Instituto Literario, hoy Universidad de Yucatán, en él se preparaban algunas escapatorias o novillos, y muchos hicieron sus primeros ensayos oratorios, cantando las glorias de Cepeda y la excelencia del libre pensamiento. El parque de Santa Lucía, burgués, callado y serio, era un refugio de personas mayores, léase de viejos, que por las noches acudían a comentar sucesos del día. Los niños concurrían a él asiduamente. En un extremo de los bellos soportales coloniales, el Chino Mateo expendía en años no muy lejanos frutas y refrescos. En el otro extremo el hispano Vila surtía de petróleo y lubricantes a los vehículos motorizados. Siempre sonriente y con paso rápido, Miss Pitmann simpática maestra de inglés, ocupaba un departamento de los situados bajo los soportales. Y la campana de la iglesita llamaba sin descanso la misa y al rosario.

Santa Lucía a principios del siglo XX.

La Plaza de Santa Ana tenía una fuente que no sé si cantara alguna vez como sus congéneres de otros lugares y que fue trasladada a San Juan a presenciar el paso lento de los fúnebres cortejos. En su mentidero cotidiano, se reunían a la charla sabrosa profesionistas como el Lic. Arcovedo y el Dr. Villanueva. En ella celebraba sus sesiones el Club de los Viejos Verdes, y preparaban sus frecuentes excursiones, o su posible intervención en las fiestas carnavalescas. De la iglesia vuelan gavilanes y lechuzas, espantados ante la estupenda sonoridad de sus campanas.

San Juan  es otra de las plazas de corte burgués, que entonces cobraba gran animación en los días de su fiesta anual. Su silencio, como de retiro espiritual, le convertían por las noches en el mejor de los sitios para la preparación de exámenes, y alguna vez para el logro feliz de aventurillas amorosas.

San Sebastián ofrecía ancho campo para refrescarse el cuerpo y el espíritu, pero por lo general estaba triste y solitario. Probable rechazo de los que viven a los hacia un costado del Parque se van de viaje para siempre.

El parque de Santiago, es con el de Santa Ana, el más jacarandoso de los parques meridanos. Quizá se contagió con la rebosante alegría de sus incomparables festivales, que ahora están en un periodo de absoluta decadencia. Santiago era, y creo que sigue siendo el parque de la juventud, de la vida jocunda y bullanguera de los años mozos.

El parque del Centenario es, o ha querido serlo desde que nació, un Chapultepec en miniatura. Con sus pretensiones chapultepequnas, ofreció a los meridanos un lugar de sano esparcimiento, entre flores y animales del incipiente zoológico, con algunos animalejos más o menos interesante. Frente al Centenario extendía sus macizos de flores al llamado Parque de la Paz, que cerca de la Penitenciaría, y entre el Hospital y el Manicomio, no era un símbolo de paz precisamente.

San Cristóbal es uno de los parques más pequeños de Mérida, tan pequeño que tiene su complejillo de inferioridad. Es posible que desde entonces, lo ignoraran sus propios vecinos. Es tan chico como el de Santa Lucia, con la diferencia de que este siente el complejo de superioridad por razón de  su antiguo vecindario, el de antaño, y porque vive en pleno centro de la ciudad orgullo de tiempos pretéritos, a la inversa de los actuales en que lo que viste y pone un seño de elegancia y buen vivir, son las colonias en que residen los nuevos ricos, y hasta los viejos que se sienten nuevos

Por último, allí está el parque de la Mejorada, otrora cuasi abandonado, parque impetuoso, revolucionario, militarista y entonces en una semioscuridad prodiga en sorpresas de índole variada. A pesar de la distancia que los separa, tenía cierto parecido material y espiritual con el de Itzimná, un sitio que aun no llega a parque, pero que anhela serlo, para regocijo de las gentes de aquel rumbo. En la época a que me refiero, este parque cobraba los domingos inusitada animación. Los recreos de Itzimná le vestían de fiesta, de bullicio y alegría, en un remolino de seres que acudían a divertirse.

La Esquina del Moro Muza

Por Manuel Cirerol Sansores (1966)

Mérida, nuestra vieja ciudad yucateca, desde su fundación allá por el año de 1542, no sabía más de incendios que los de humildes casitas de paja hasta que en ella se instalaron, a mediados del siglo XIX, las compañías de seguros contra incendios.

Desde entonces, con inexplicable matemática precisión, pueden jactarse los meridanos de haber disfrutado de formidables y espectaculares “quemazones” dignas de provocar envidia a Nerón, el cesar romano.

De tantos “accidentales siniestros” ocurridos en esta capital, el de mayores consecuencias, en cuanto a nuestra historia se refiere, fue el que durante la noche del 14 de mayo de 1935, destruyo para siempre una de las esquinas meridanas ¡La esquina del Moro Muza! Gran pena fue para los enamorados de las cosas del pasado ver a las implacables y voraces llamas convertir en míseros y humeantes escombros las recias paredes de la vieja casona que, firme en su sitio –cruzamientos de las calles 56 con 65- había luchado arrogantemente contra el tiempo durante más de tres centurias.

La Esquina del Moro Muza, el edificio en aquel entonces era un hotel (56 con 65)
La Esquina del Moro Muza, el edificio en aquel entonces era un hotel (56 con 65)

Esta infortunada victima ya de la fatalidad o de la maldad humana, bien merecía mejor suerte, porque si era de lo muy poco que no quedaba de la legendaria parte de nuestra Mérida donde antaño luciera el arrogante monasterio de San Francisco y la romántica “Alameda”. También a esa casona debiese la clásica esquina del “Moro Muza”, de cuya extraña denominación a pesar de su popularidad, ningún investigador o historiador, hasta donde es dable saber, presto atención alguna.

En fecha difícil de precisa, pero cuando aún dominaba en España, vino al legendario Yucatán, en pos de fácil enriquecimiento y gloria, un humilde joven hispano oriundo de la provincia de Badajos. Al igual que sucedió a muchos otros aventureros, no encontrando las fabulosas montañas de oro abandono los sueños de “El Dorado” y se puso a trabajar para no perecer de hambre. Para esto nada más natural que dedicarse a lo que él conocía. Tabernero había sido en España, tabernero sería en América.

Después de escudriñar la ciudad entera, eligió al fin un punto que consideró estratégicamente situado para su negocio por su proximidad a un cuartel que le brindaba la perspectiva de una clientela de jóvenes y alegres oficiales del “Regimentó de Dragones” siempre dispuestos a levantar las copas de buen vino español para brindar, ya por su rey o por su rica “indiana” de sus esperanzas o para recordar, en momentos de nostalgia, a la lejana patria allende los mares.

Al fin y como pudo, consiguió unos duros y abrió en el lugar indicado una taberna, precursora de las muchas que hoy teníamos. Le puso por nombre “El Moro Muza” y, en cumplimiento a la usanza de aquellos tiempos, tuvo la ocurrencia de mandar colocar, fuertemente empotrado en las paredes del Angulo del edificio un extraño busto de piedra todo pintado de llamativos colores. Dicha estatua representaba a un caballero de tex morena, ojos negros y grandes mostachos y lucia yelmo en la cabeza y cota de malla en el pecho.

Muchas veces ante la insistencia de sus parroquianos, hubo de verse obligado aquel tabernero a explicar el significado de la extraña marca de su establecimiento, especialmente porque cuando solía sobrepasarse de copas se deshacía en alabanzas sobre las gloriosas hazañas de sus antepasados, así como también agotaba su extenso repertorio de blasfemias para con el odiado “Moro Muza” ¿incongruencia? ¿Contra sentido?, nada de eso.

Acercamiento al "Moro Muza".
Acercamiento al “Moro Muza”.

Por ser de donde era aquel locuaz tabernero, había sido enseñado a odiar, desde muy niño y, a nunca olvidar a Muza Ben Noseir. “El Moro Muza”, celebre capitán árabe  que al frente de diez mil jinetes del desierto y ocho mil infantes, desembarco en las costas de España en lejana fecha Luna de Rejeb del año 53 -702 A.D.- para conquistar unas tras otras las más ricas ciudades que sumisas se rendían ante la sola presencia del temido moro, a quien ofrecían rico botín y aun a sus más bellas mujeres. Así siguió aquella marcha triunfal del conquistador hasta que llego a la orgullosa Mérida, la en otros tiempos célebre “Augusta emérita” de los romanos. Sus valientes habitantes cerraron puertas y desafiaron las iras del hasta entonces temido capitán. Durante treinta días libraron una lucha a muerte, moros y meridanos, pero al fin estos, no pudiendo resistir el hambre se vieron obligados a capitular y en castigo sufrieron terribles penas. Los actos de crueldad de los vencedores, así como heroísmo de los vencidos, fueron pasando de generación en generación y por ello, siglos después, un hijo de la Mérida española, para conservar aquella tradición y aquel odio que jamás debía extinguirse, le puso de nombre a su taberna en la Mérida americana “El Moro Muza”.

Aquel pétreo “Moro Muza” desde su elevado sitial hubo de presenciar muchas cosas interesantes en el transcurrir de su larga distancia. El fin de la “colonia hispana” y el surgir de una república independiente. La increíble transformación del monasterio franciscano en una ciudadela”. Más de una vez habrá deseado tener vida al contemplar a las bellas meridanas cuando en sus calesas, justamente en su esquina, doblaban para entrar al paseo de la “Alameda”. Vio surgir ante él una calle comercial en la que unos se enriquecían y otros se empobrecían. Gozó con el pueblo cuando las fiestas que se celebraban en la “Calle Ancha del Bazar”, y a la vez sufrió cuando aquel mismo pueblo, instigado por el hambre se abalanzaban con furor de fiera sobre los acaparadores de comestibles.

Se sintió orgulloso de las nuevas calles pavimentadas y del alumbrado eléctrico. Quedó atónito al ir la primera bicicleta y el primer automóvil y, casi se salió de su sitio para seguir con la mirada al primer avión cuando cual fantástico pájaro, apareció entre las nubes. Lleno de emoción había contemplado terribles incendios tan cercanos a él como el del “Siglo XIX” del “Bazar” y varios otros, pero, jamás pensó que al fin habría de ser víctima de las llamas.

¡El destino, por su parte, dispuso que la enigmática estatua continuara viviendo, como en efecto vive y vivirá quien sabe cuántos años más! De los escombros del incendio fue rescatado, por quien estas líneas escribe, para su conservación como “reliquia colonial”, pero, cuán grande fue mi sorpresa al descubrir que el “Moro Muza” en realidad era un ídolo maya lo cual se comprobó al ser librada la piedra esculpida de la intrusa pintura que la cubría. Esta notable pieza se encuentra en nuestro Museo de Mérida.

La estatua cuando ya había sido retirada edificio tras el incendio.
La estatua cuando ya había sido retirada edificio tras el incendio.

Escuela de Música del Estado y la escena yucateca (1916 – 1936)

El pasado jueves, se ofreció en el MACAY la conferencia “Escuela de Música del Estado y la escena yucateca (1916 – 1936)” impartida por el Mtro. Enrique Martín Briceño en el marco de la celebración del centésimo aniversario del Centro Estatal de Bellas Artes.

El Conservatorio Yucateco.

El primer antecedente de la escuela de música del estado fue el Conservatorio Yucateco de Música y Declamación, fundado en 1873 cuando la sociedad filarmónica de Mérida, quienes ya tenían una academia de música para señoritas,  planteo a la legislatura del estado la creación de un plantel público que ofreciera educación musical gratuita a hombres y mujeres. En septiembre de 1873 abrió sus puertas el conservatorio; presidido por el empresario y pianista Rodulfo G. Cantón y bajo la dirección del destacado músico José Jacinto Cuevas. Entonces había 443 alumnos.

Por una década el conservatorio yucateco llevo a cabo su labor pedagógica impulsada por los ideales liberales y las creencias espiritistas de sus líderes y sus principales socios. Los conservadores se opusieron al plantel por la ideología de sus miembros y por su carácter mixto. Pese a esto el conservatorio se mantuvo e incluso trabajo en otros proyectos como el de la biblioteca, la academia de literatura y la escuela modelo de niñas.

Víctima de enemigos políticos, de la crónica falta de recursos y afectado por la muerte de José Jacinto Cuevas en 1878, el conservatorio cerró sus puertas en 1882. José Cuevas, hijo de José Jacinto, fue uno de los primeros meridanos que salió del estado para estudiar en el Conservatorio Nacional.

No obstante la labor del conservatorio, pasaron treinta años sin ningún institución que supliera la carencia de educación musical en el estado, sin embargo, durante el Porfiriato se generó un interés de la ejecución musical pues se valoraba como una práctica distinguida, muchos jóvenes aprendieron con maestros particulares.

Entre 1880 y 1910 una docena de ejecutantes salieron del estado para continuar sus estudios musicales en el Conservatorio Nacional o en Europa, a su regreso se desempañaron como profesores y trataban de influir en los gustos musicales imperantes en la región. Los pianistas Pablo Castellanos León y  Ricardo Rio estudiaron en París. Benjamín Aznar se graduó como pianista en el real conservatorio de Milán donde también estudió composición. Filiberto Romero, Alfredo Tamayo y Gustavo Rio, coincidieron en el conservatorio nacional, este último obtendría una beca para estudiar en París y Roma. La violinista Asunción Sauri después de ser alumna destacada del conservatorio nacional viajo a París para estudiar; también en la ciudad luz tomaban clase, becados por el gobierno, el violinista Justo Uribe y su esposa Mercedes Burgo y  violonchelistas Arturo Espinoza y Mercedes Rivas.

Varios regresarían a Mérida finales del Porfiriato para ser notables en la escena artística local, la cual se vería afectada por los movimientos que llevaron a la caída del antiguo régimen.

Composición de Ricardo Rio (1900)

El nacimiento de la Escuela de Música del Estado.

El campo artístico fue afectado por los acontecimientos que provocarían la caída del antiguo régimen, tenía que ser así por ser los artistas el sector dominado de la clase dominante, y además por ser los dos representantes de la oposición, distinguidos artistas; el poeta, abogado y periodista José María Pino Suárez, quien desde 1909 se adhirió a la causa de Francisco Madero, y el también poeta, abogado y periodista Delio Moreno Cantón.

Ambos literatos mantenían vínculos con artistas e intelectuales creados en el seno de revistas literarias y sociedades artísticas y su actuación política determino una recomposición del campo artístico sobre todo a raíz de su fallida participación en la contienda electoral de 1909 y su enfrentamiento por gubernatura del estado en 1911.

Probablemente muchos artistas e intelectuales se comportaron en la coyuntura política de 1909 de forma semejante a aquellos otros miembros de las elites que solían tratar de quedar bien con todos los candidatos; Muñoz Aristegui, Pino Suárez y Moreno Cantón. Fue una ventaja para los artistas que nadie viera mal en ellos la estrategia de quedar bien con todos.

Varios hechos obligaron a artistas y literatos a una definición a finales de 1909: la rebelión de Candelaria que llevo a la cárcel a varios opositores y que obligo a Pino Suárez y a Moreno Cantón a abandonar la lucha electoral, la llamada “primera chispa de la revolución” en junio de 1910, la renuncia del gobernador Enrique Muñoz Aristegui y del presidente Porfirio Díaz, y  la posterior contienda política entre  Delio Moreno Cantón y José María Pino Suárez.

Avatares de la Escuela de Música del Estado (1911 – 1936)

En 1911 Pino Suárez gano las elecciones estatales en un proceso duramente cuestionado, apenas duraría un par de meses en el gobierno del estado pues pidió licencia para ocupar la vicepresidencia del país. En este corto tiempo envió una iniciativa al congreso estatal para la creación de la Escuela de Música del Estado, la cual una vez aprobada fue promulgada el 14 de noviembre siendo gobernador interino Nicolás Cámara Vales.

El breve decreto clausuraba los cursos de música del Instituto Literario del Estado y creaba la Escuela de Música del Estado donde se impartirían gratuitamente teoría de la música, solfeo, armonía, composición, historia de la música, idiomas, clases de instrumentos entre otros.

Luego de casi treinta años, Yucatán volvía a contar con una escuela pública dedicada a la creación de profesionales de la música. Al frente del nuevo plantel, ubicado en la Casa Escuela de Mejorada, fue designado el guitarrista tabasqueño Francisco Quevedo y secretario Julio Ríos Ceballos.

Conservatorio
Casa Escuela de Mejorada.

El cuerpo académico, nombrado por el ejecutivo, lo integraron Arturo Cosgaya, Amílcar Cetina, Filiberto Romero, Gustavo Rio, Asunción Sauri,  Francisco Heredia entre otros.

Se excluyeron entonces a los músicos que habían demostrado su simpatía por la causa morenista. José Cuevas Pachón, hijo de Jacinto Cuevas, también fue ignorado, cuando fuera el músico más distinguido del Porfiriato.

La revolución había llegado para hacer a un lado a los representantes del antiguo régimen y reivindicar los ideales de los liberales que fundaron el conservatorio yucateco: educación pública, mixta y gratuita.

La llegada de Salvador Alvarado llega a Yucatán en marzo de 1915, lo cual significo la  demolición del viejo orden y la construcción de los cimientos de uno nuevo.

A lo largo de 30 años, la escuela fundada por Pino Suárez atravesó una serie de avatares que implicaron cambios de nombre, domicilio y periodos de vacas flacas.

En enero de 1914 la escuela cambia de nombre durante el interinato de Prisciliano Cortes a Conservatorio Yucateco de Música y fue nombrado su director José Cuevas, pero a fines del mismo año el Coronel Eleuterio Ávila regreso el nombre de Escuela de Música del Estado designando como director a Filiberto Romero, quien permanecería en el cargo hasta su muerte 1935.

En octubre de 1915, Salvador Alvarado expide el reglamento del plantel y le devuelve la categoría de conservatorio. Luego de una temporada en el edificio a espaldas de Tercera Orden, al crearse el Ateneo Peninsular, el plantel se trasladó a ese inmueble donde coexistiría en los años siguientes con la Escuela de Bellas Artes.

El nombre Escuela de Música vuelve a a adoptarse en años posteriores, aunque su presupuesto se ve recortado entre 1918 y 1921 durante las administraciones entre las administraciones de Carlos Castro y Manuel Berzunza.

Felipe Carrillo Puerto saca a la escuela de la postración pues al crear la Universidad Nacional del Sureste en febrero de 1922 incluyo entre sus planteles la escuela de música, lamentablemente la escuela sería separada del seno de la universidad en enero de 1926. En 1930 durante el gobierno de  Bartolomé García Correa se convierte en escuela popular de Música y arte escénico.

En 1936 durante la administración Fernando López Cárdenas fusiona los dos planteles que existían en el Ateneo para surgir la Escuela Popular de Artes que comprendía dos secciones: Artes plásticas a cargo de Armando García, y Música  arte escénico a cargo de Gustavo Rio.

No obstante los cambios y los momentos difíciles que paso, bajo el mando de Filiberto Romero, quien fue director durante 20 años, la escuela de música del estado ofreció educación musical a niños y jóvenes de distintas procedencias complementando la labor de los profesores particulares.

Además de sus fundadores dieron clases entre otros: Luis Garavito, Francisco Sánchez Rejón Alfredo Tamayo, Fausto Pinelo, Conrado Peniche Sierra, Fernando Burgos, Carlos Marrufo, Amelia Medina y un excéntrico compositor noruego llamado Halfan Jebe quien había llegado a Yucatán atraído por la cultura maya y el experimento socialista de Carrillo Puerto.

De sus aulas egresaron entre otros: Fausto Pinelo, Medina Herrera, Marrufo Carrillo y el violinista Daniel Ayala quien luego de realizar estudios de composición en el Conservatorio Nacional y estrenar varias obras en la capital en los años cuarenta, encabezaría una reforma en el plan de estudios del plantel.

Avatares de la Escuela de Música del Estado (1911 – 1936)

En 1911 Pino Suárez gano las elecciones estatales en un proceso duramente cuestionado, apenas duraría un par de meses en el gobierno del estado pues pidió licencia para ocupar la vicepresidencia del país. En este corto tiempo envió una iniciativa al congreso estatal para la creación de la Escuela de Música del Estado, la cual una vez aprobada fue promulgada el 14 de noviembre siendo gobernador interino Nicolás Cámara Vales.

El breve decreto clausuraba los cursos de música del Instituto Literario del Estado y creaba la Escuela de Música del Estado donde se impartirían gratuitamente teoría de la música, solfeo, armonía, composición, historia de la música, idiomas, clases de instrumentos entre otros.

Luego de casi treinta años Yucatán volvía a contar con una escuela pública dedicada a la creación de profesionales de la música. Al frente del nuevo plantel, ubicado en la casa escuela de Mejorada, fue designado el guitarrista tabasqueño Francisco Quevedo y secretario Julio Ríos Ceballos.

El cuerpo académico nombrado por el ejecutivo lo integraron Arturo Cosgaya, Amílcar Cetina, Filiberto Romero, Gustavo Rio, Asunción Sauri,  Francisco Heredia entre otros.

Se excluyeron entonces a los músicos que habían demostrado su simpatía por la causa morenista. José Cuevas Pachón, hijo de Jacinto Cuevas, también fue ignorado, cuando fuera el músico más distinguido del Porfiriato.

La revolución había llegado para hacer a un lado a los representantes del antiguo régimen y reivindicar los ideales de los liberales que fundaron el conservatorio yucateco: educación pública, mixta y gratuita.

La llegada de Salvador Alvarado llega a Yucatán en marzo de 1915, lo cual significo la  demolición del viejo orden y la construcción de los cimientos de uno nuevo.

A lo largo de 30 años, la escuela fundada por Pino Suárez atravesó una serie de avatares que implicaron cambios de nombre, domicilio y periodos de vacas flacas.

En enero de 1914 la escuela cambia de nombre durante el interinato de Prisciliano Cortes a Conservatorio Yucateco de Música y fue nombrado su director José Cuevas, pero a fines del mismo año el Coronel Eleuterio Ávila regreso el nombre de Escuela de Música del Estado designando como director a Filiberto Romero, quien permanecería en el cargo hasta su muerte 1935.

En octubre de 1915, Salvador Alvarado expide el reglamento del plantel y le devuelve la categoría de conservatorio. Luego de una temporada en el edificio a espaldas de Tercera Orden, al crearse el Ateneo Peninsular, el plantel se trasladó a ese inmueble donde coexistiría en los años siguientes con la Escuela de Bellas Artes.

El nombre Escuela de Música vuelve a a adoptarse en años posteriores, aunque su presupuesto se ve recortado entre 1918 y 1921 durante las administraciones entre las administraciones de Carlos Castro y Manuel Berzunza.

Felipe Carrillo Puerto saca a la escuela de la postración pues al crear la Universidad Nacional del Sureste en febrero de 1922 incluyo entre sus planteles la escuela de música, lamentablemente la escuela sería separada del seno de la universidad en enero de 1926. En 1930 durante el gobierno de Bartolomé García Correa se convierte en escuela popular de Música y arte escénico.

En 1936 durante la administración Fernando López Cárdenas se fusionan los dos planteles que existían en el Ateneo para surgir la Escuela Popular de Artes que comprendía dos secciones: Artes plásticas a cargo de Armando García, y Música  arte escénico a cargo de Gustavo Rio.

No obstante los cambios y los momentos difíciles que paso, bajo el mando de Filiberto Romero, quien fue director durante 20 años, la escuela de música del estado ofreció educación musical a niños y jóvenes de distintas procedencias complementando la labor de los profesores particulares.

Además de sus fundadores dieron clases entre otros: Luis Garavito, Francisco Sánchez Rejón Alfredo Tamayo, Fausto Pinelo, Conrado Peniche Sierra, Fernando Burgos, Carlos Marrufo, Amelia Medina y un excéntrico compositor noruego llamado Halfan Jebe quien había llegado a Yucatán atraído por la cultura maya y el experimento socialista de Carrillo Puerto.

De sus aulas egresaron entre otros: Fausto Pinelo, Medina Herrera, Marrufo Carrillo y el violinista Daniel Ayala quien luego de realizar estudios de composición en el Conservatorio Nacional y estrenar varias obras en la capital en los años cuarenta, encabezaría una reforma en el plan de estudios del plantel.

Gustavo Rio Escalante (1936)

Desde la llegada de Alvarado, las artes habían vuelto a mirar hacia lo maya y lo mestizo, en el seno del Ateneo Peninsular crecía la reivindicación del arte nacional; costumbre, historia y tradición serían continuadas a través de las obras realizadas por la Escuela de Música. Una la larga lista de obras de corte nacionalistas fueron generadas por los compositores yucatecos en los años posteriores a la revolución.

danielayala
Daniel Ayala.

El violinista Daniel Ayala Pérez retrato en su auto biografía “Suite biográfica” de 1959, algunos pasajes de la Escuela de Música del Estado durante sus años de estudiante, entre estos pasajes esta la descripción de algunos de sus maestros. Ayala llegó a Mérida en 1921 procedente de Abala, donde ya había a estudiar el violín y donde tocaba en vaquerías y fiestas patronales, en ese mismo año se inscribe en la escuela de Música del Estado donde tienen entre otros maestros a Fausto Pinelo, Filiberto Romero,  Amílcar Cetina y el noruego Halfan Jebe.

Sobre este último, Daniel Ayala escribió:

“La feliz llegada a Yucatán del eminente músico, violinista y compositor maestro Halfan Jebe de nacionalidad noruega, vino a inyectar un gran progreso al ambiente musical, vino desde Europa atraído por las ruinas mayas, por ser además un especialistas en arqueología acepto con gusto la catedra de violín y fue entonces que una plebe de violinistas futuro se inscribió en su clase este bondadoso maestro otorgo desde primer instante su predilección y afecto a Daniel siendo su alumno consentido por su dedicación al estudio le otorgo especial atención y trasmitió muchos secretos del instrumento este maestro desgraciadamente como artista lo dominaba el vicio del alcohol situación que le creo muchas dificultades en el medio social meridano muy exigente, aunque siempre le toleraron sus rarezas por ser un eminente músico. Su admiración por las ruinas mayas y un idilio que tuvo con una gran señora, Sara Molina Font una muy rica artista y escritora, también fueron los motivos que lo retuvieron  en Yucatán hasta nacionalizarse mexicano. Tuvo muchas rarezas como gran artista Siempre andaba desalineado, sucio, bebido hasta el extremo el mayor tiempo y muchas veces olvido un compromiso como director de orquesta y como violista. Fue un viola magnifico además de violín, en veladas y conciertos sinfónicos en el Peón Contreras. Vivió casi solo en una pequeña quinta que Sarita le facilito donde componía sus obras con maestría sorprendente casi como trabajaban los verdaderos genios.”