Revisionismo histórico en el caso de Porfirio Díaz.

El día de ayer, coincidiendo con el aniversario de la batalla de Puebla, se presentó el libro “Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La Guerra (1830-1867)” por el autor Carlos Tello Díaz.

“Porfirio Díaz es el personaje más controvertido de la historia de México” advirtió el autor al inicio de la presentación realizada en la Escuela de Bellas Artes, escuela que se encuentra en el que fue el sanatorio Leandro León Ayala el cual fue inaugurado por el General Díaz en febrero de 1906.

El libro abarca desde el nacimiento de Díaz en 1830 hasta el triunfo de la república en 1867, retrata como era el México en el que nació y creció el general, un México en el que la vida aún estaba determinada en gran medida por la iglesia católica.

El autor.
El autor.

La religión estaría muy presente en la vida temprana de Porfirio Díaz a través de diferentes familiares sobre todo de su padrino José Agustín Domínguez y Díaz, tanto así que llegaría a ingresar al Seminario de Oaxaca. Más tarde entraría al Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca donde conocería a Benito Juárez el 28 de diciembre de 1849.

Continuar leyendo “Revisionismo histórico en el caso de Porfirio Díaz.”

El Paseo de Santa Ana.

Lo que hoy conocemos como calle 60 nació en el primer cuarto del siglo XVII, se trazó en lo que sería el primer paseo que hermosearía la ciudad de Mérida, que se iniciaba en el Palacio Episcopal y terminaba en el pueblo de Santa Ana. Este paseo sería concluido mucho antes de la tan famosa alameda de Gálvez y sin embargo es muy pocas veces mencionado. El principal promotor de este primer paseo fue Don Antonio de Figueroa y Silva a quien apodaban “El Manco”.

Don Victor Suárez Molina recopilo en 1981 la historia de este paseo a propósito de un proyecto de revitalización de la calle 60 en el tramo que en alguna época fue el Paseo de Santa Ana, reproducimos aquel texto.

El Paseo de Santa Ana por Victor Suárez Molina (1981)

La feliz iniciativa, próxima a convertirse en hermosa realidad del presidente municipal de Mérida, Lic. Gaspar Gómez Chacón, de dar forma al corredor turístico que se extenderá a lo largo de la hoy calle 60, desde la Plaza de la Independencia hasta el Parque Andrés Quintana Roo o de Santa Ana, saca a colación un importante acontecimiento poco conocido sobre la historia de nuestra ciudad, la construcción del primer paseo público que esta tuvo, el Paseo de Santa Ana, obra llevada a cabo por el gobernador y capitán general de la Provincia de Yucatán, brigadier Antonio Figueroa y Silva, quien rigió los destinos de esta península de 1725 a 1733.

Iglesia de Santa Ana

Corría ese paseo, según las crónicas de la época, desde el Palacio Episcopal hasta la recién construida iglesia de Santa Ana. Poco era lo que entonces la ciudad de Mérida había crecido hacia el norte, más allá de la ermita de Santa Lucía, la que no obstante estar situada a tres cuadras de la Plaza Principal era considerada como fuera de la ciudad, cuyos límites septentrionales no pasaban de la actual calle 57.

Al norte de Santa Lucía no existían construcciones de importancia. De ahí partía un camino pedregoso que conducía a la población indígena de Itzimná, camino a cuyo comienzo se había hecho el trazo de varias calles transversales con sus correspondientes manzanas cercadas de blancas albarradas, patrios con rusticas casas, tierras sembradas de árboles frutales y corrales con animales domésticos ocuparían hemos hecho de suponer, esos terrenos cercados.

La extensión de la ciudad era reducida, no pasaba de unas cuarenta manzanas su núcleo central, donde residían españoles y criollos. Más allá estaban los barrios habitados por indígenas mayas, por descendientes de los indígenas tlaxcaltecas traídos por Montejo para la conquista de Yucatán, y por negros y mulatos.

Para delimitar en parte este núcleo central se levantaron a fines del siglo XVII varios arcos en la ciudad, tres de los cuales subsisten, uno al sur, en el de San Juan y dos al oriente, los después llamados de Dragones y del Puente.

Algunos autores modernos al hablar de estos arcos interpretaron erróneamente que su objeto era servir de puertas a la ciudad y que formaban parte de un proyecto para amillarar esta, proyecto que nunca existió. De hecho, no tuvieron más fin que el indicado anteriormente de servir para delimitar el núcleo central de la capital, señalado el comienzo de la jurisdicción de los barrios indígenas, tal como en 1814 asentaron en sus “Apuntaciones” Calzadilla, Echanove, Bolio y Zuaznavar.

El 24 de diciembre de 1725 tomó posesión del gobierno y capitanía general de Yucatán el mariscal de campo y brigadier de los reales ejércitos, don Antonio de Figueroa y Silva, Lazo de la Vega, Ladrón del Niño de Guevara.

En las páginas de nuestra historia encontramos elogiosos comentarios para su obra como estadista, político práctico y bravo militar y estratega, realizada en Yucatán desde la fecha citada hasta su muerte ocurrida en agosto de 1733 en el rancho Chocal o Las Viboras, cerca del pueblo de Chunhuhub, cuando regresaba de su victoria en Bacalar contra los ingleses de Belice; pero poco encontramos sobre los esfuerzos de Figueroa y Silva para embellecer a la capital, ampliarla por el Norte y dotarla del primer paseo que para su disfrute tuvieron los meridanos.

Lápida del Capitán Antonio Figueroa y Silva en la Iglesia de Santa Ana.

Fue este paseo una profética prefiguración de aquel gobernador de lo que sería el crecimiento urbanístico posterior de Mérida, que él inició, concepción de Figueroa y Silva que no ha sido valorizada con la atención que se merece.

Luz sobre este paseo la encontramos en dos números de La Gaceta de México, publicada a la sazón en la ciudad de México por el P. Juan Francisco Sahagún de Arévalo, continuador de la obra iniciada por el Dr. Juan Ignacio María de Castorena, Urzúa y Goyeneche, obispo que fue de Yucatán de 1730 a 1733, año en que murió en nuestro suelo.

Esta Gaceta de México la había publicado inicialmente el Dr. Castorena. Suspendida esta revista, la primera de carácter periódico impresa en México, tuvo después por sucesor otro semanario del mismo título, que publicó de 1728 a 1739 el ya mencionado Pbro. Juan Francisco Sahagún y Arévalo.

Revisando las páginas de esta revista encontré en el número 8 de la segunda semana del mes de julio de 1728, una noticia transmitida desde Campeche, que en su parte conducente reproduzco a continuación.

“… Y también, que el Gobernador de Yucatán, D. Antonio de Figueroa y Silva Caballero del Orden de Santiago, Brigadier de los Reales Ejércitos de S.M.  Hizo acabar el Paseo, que en el barrio de Santa Ana de la Capital de Mérida dispuso para pública recreación de sus vecinos, con ocho arcos que hizo edificar, los seis en las seis bocacalles y uno a la entrada y a la otra a la salida, que con la amenidad de los árboles que suben sobre sus cercas lo hace muy vistoso.”

“Y el mismo ha comenzado a levantar desde sus cimientos, la Iglesia de Santa Ana, que es ayuda de Parroquia de la de Santiago de los Indios de aquella capital. Tiene ya labrada toda la cantería para el edificio que ha emprendido hacer a sus expensas y con las multas, que su gran celo y justicia saca a los que delinquen en el juego, o excesos semejantes; asistido personalmente todos los días a esta obra con la que fábrica otra más hermosa de reformación de costumbres.”

Otro número de La Gaceta, el 68, correspondiente al mes de julio de 1733 trae una nueva noticia enviada desde Campeche, en la  que después de mencionar la erección de la ayuda de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, extramuros de la villa y puerto de Campeche, hecha por el que ya entonces era obispo de la diócesis, Dr. Castorena y Urzúa, dice en la parte conducente a nuestra historia:

“… Otra semejante erección hizo S. Ilma. en la Ciudad de Mérida, en el Templo suburbano de Señora Santa Ana, que está muy pulido y hermoso, dejándose ver la Santa de bulto en medio del Altar, que está adornado de ochenta láminas de cristal, y hermosas imágenes de pintura de diversos Santos, en una situación tan amena que solo en el patio la circundan más de cincuenta naranjos tan copados y vistosos, que sirven de recreación a la fatiga y de lisonja a los ojos: desde dicho templo hasta el Palacio Episcopal, se viene por una calle tan derecho, en que apuró sus cuidados el nivel, hermoseada con dos arcos altos de sur a norte y otros pequeños, todos de cantería de oriente a poniente; en este sitio la Alameda de esta ciudad…”

Curiosa es la noticia proporcionada en la información de 1728 y ratificada en la crónica de 1733, acerca de los arcos menores que en las bocacalles de los costados oriente y poniente del paseo se levantaron para adorno de esa primera “alameda” que tuvo nuestra ciudad, paseo cuyo pavimento fue cuidadosamente nivelado.

Posiblemente de inferior calidad, esos arcos laterales en los cruzamientos de las hoy calle 53, 51 y 49 con la actual calle 60, no se conservaron por largo tiempo en pie.

En cuanto a los dos arcos mayores, sobre los que si nos hablan los historiadores, el que estaba en la calle 60, al desembocar en la Plaza de Santa Ana, fue demolido en 1822 por orden del ayuntamiento, porque por su estado ruinoso representaba un peligro para los habitantes de la ciudad. Sin embargo, hasta fines del siglo XIX todavía se conservaban sus bases.

El otro arco, levantado en el extremo norte de la plazuela de Santa Lucía, fue demolido en 1842 por igual razón que el anterior y sus bases se conservaron hasta 1856 cuando fue construida la casa de portales al norte la plazuela.

Hasta aquí la crónica de Don Victor Suárez Molina.

Aquel proyecto de rescate permitió recuperar la fisionomía de la iglesia del barrio, aunque lamentablemente no se pudo revitalizar el paseo de Santa Ana.  Han pasado más de treinta y cinco años desde entonces y poco se ha podido hacer para recuperar tan emblemático sitio aunque la calle aún presume algunas de sus hermosas fachadas pérdidas entre adefesios que “la modernidad” nos regalo.

La tercera es la vencida: La Iglesia de San Cosme.

El 7 de febrero de 1906 se coloco la primera piedra de lo que sería la Iglesia del entonces rumbo de San Cosme, hoy García Gineres. El acto tuvo como invitada de honor a la señora Carmen Romero Rubio de Díaz, esposa del general Porfirio Díaz. La pareja presidencial se encontraba en la ciudad de visita en lo que fueron las Fiestas Presidenciales. Aquel día el presidente se encontraba en la Hacienda de Chunchucmil.

Doña Carmen Romero.

Durante el gobierno de Porfirio Díaz el estado mexicano estableció una  política de reconciliación con la iglesia católica y se dice que la figura de Doña Carmen fue crucial para esta nuevo etapa en las relaciones Iglesia – Estado, sobre todo al participar de este tipo de eventos de carácter religioso.

La ceremonia se realizo la tarde del miércoles 7 de febrero de 1906 según recogen las crónicas y contó con la participación del dramaturgo José Peón Contreras quien pronunció una composición referente al evento.

Dice un colega que el 7 del corriente, siendo Obispo de Yucatán D. Martín Trischler y Córdova, fue colocada la primera piedra del templo que bajo la advocación de “Nuestra Señora del Carmen” “perpetuará” en la colonia de San Cosme las creencias religiosas que son “el manantial virtudes de nuestra familia”. Agrega el colega que ese templo “perpetuará” el recuerdo de la visita hecha a Yucatán por doña Carmen Romero Rubio de Díaz, que apadrinó el acto. EL PADRE CLARENCIO, 18 de febrero de 1906.

También se coloco la  primera piedra de un arco de mampostería sobre la actual calle 18, el arco delimitaría el terreno del parque  “Carmelita” en honor de la primera dama del país.

La invitada la Sra. Doña Carmen Romero Rubio de Díaz para presidir la ceremonia de la colocación de la primera piedra del templo a Nuestra Señora del Carmen en aquella Colonia, asistió por la tarde al parque “Carmelita”, donde una pataforma preparada al efecto se colocó un estrado, el cual ocupó la Sra. Romero Rubio de Díaz y otros varias principalísimas damas. El diocesano asistido de Canónigos bendijo solemnemente el sitio y la Sra. Romero Rubio Díaz, con una cucharilla de oro y nácar, depositó una mezcla sobre la primera piedra del nuevo templo.  El acta de inauguración fue autorizada por el Notario Don Avelino López. La banca, el comercio y la industria del Estado de Yucatán. Febrero de 1906.

Lamentablemente aquellas primeras piedras se quedaron en ello, y la construcción de aquel conjunto iglesia nunca se termino.

En 1945 inicio la construcción de una nueva iglesia para el rumbo de San Cosme, estaría dedicada a Santa Teresita; sin embargo una tragedia detuvo la obra según nos dice el escritor Roldan Peniche Barrera en uno de los relatos de su libro “Crónica del Asombro“, la narración sobre este evento la citamos a continuación:

El sonado derrumbe de la Iglesia de San Cosme.

Hoy nadie le llama “San Cosme” al rumbo del Parque de las Américas, “San Cosme” era el nombre con el que se conocía a toda esa gran zona urbana al comienzo y a mediados del siglo XX. Pues bien, ahí existió una vieja iglesia que finalmente se derrumbó en 1947. Se hablaba de muertos que yacían bajo los escombros del templo y quizá de alguien con vida. Animosos voluntarios ayudaron a la Policía Municipal de Mérida en la búsqueda de algún sobreviviente, pero mientras más buscaban entre los escombros, la atmosfera se hacía más pestilente y las moscas (las moscas verdes) más numerosas.

La Segunda Iglesia.
Segunda Iglesia, dedicada a Santa Teresita.

Casi no se soportaban el hedor cuando se presentó a la escena el jefe del Departamento de Obras Públicas del Estado Arq. Manuel J. Castillo Montes de Oca quien los reprendió severamente: “¡Váyanse cuanto antes de este lugar, señores! Tanto la cúpula como la fachada del edificio están por desmoronarse. Si aprecian sus vidas, retírense a sus casas”. Todos cumplieron con la advertencia y abandonaron el lugar. Al día siguiente se procedió con la demolición de lo que restaba de la fábrica. Hubo lamentos pues se pensaba que ahí se hallaban los cuerpos de dos mendigos que acostumbraban pasar la noche en la vieja Iglesia, y el del Sr. Alberto Quijano Kantún, velador de medio tiempo del templo. Ya demolido el edificio, se reanudó la búsqueda de las posibles víctimas pues la fetidez iban en ascenso. Buscando, buscando, y guiados del terrible hedor, encontraron, a eso de la una de la tarde, parte del cadáver de un hombre en total estado de descomposición. Se hallaba de bruces y tenía encima una inmensa piedra que le había destrozado la cabeza. Con grandes trabajos arrancaron el cuerpo de entre los escombros. Resultó ser el del velador Quijano Kantún, a quien logró identificar su hermana Feliciana por virtud del tatuaje de un corazón con el nombre de Julia esgrafiado en su brazo izquierdo. Los cadáveres de los mendigos nunca fueron encontrados.

Roldan Peniche Barrera.

Así pues, al año siguiente se inicio la obra de la iglesia que finalmente se terminaría, “Nuestra Señora de Fátima” en lo que actualmente llamamos la colonia García Ginerés.

Iglesia de Fátima.

Fuentes

  • Revista de la Revolución.
  • El Tiempo Ilustrado.
  • 77 Fragmentos Meridanos.
  • El Padre Clarencio.