El fantasma del Matadero Viejo

Dr. Argos, 7 de Noviembre de 1940.

El tramo de la calle 66, entre la 65 y la 67, se le llamaba en otro tiempo “Calle del Matadero Viejo” por haber estado el rastro público de Mérida en la esquina sudoccidental de la cuadra siguiente hacia el Sur. Todavía se conserva el pórtico del establecimiento que le dio su nombre, y la tradición lo señala el lugar donde culminó la tragedia que se contaba como real y verdadera, en aquellos días ya lejanos, en los que no eran muchos por cierto los trasnochadores que se aventuraban después del toque de queda, por las calles de la ciudad de los Montejos, apenas alumbradas y no siempre, por los rojizos resplandores de los mecheros de aceite.

En la misma calle 66, que hoy pueden recorrerse sin ningún obstáculo de Norte a Sur cuan larga es la ciudad, en aquel entonces (antes de 1867) se interponían los elevados muros del Convento de las Concepcionistas, hermoso edificio que ocupaba más de una manzana, desde la que hoy es calle 64, entre la 61 y la 63, hasta el que fue Callejón de las Monjas y hoy se conoce como calle 66-A (aunque el nombre oficial fue Benito Juárez). En este callejón hubo empotrada, en el muro conventual, una enorme cruz de madera… y se contaba que un fantasma al filo de la medianoche se levantaba de la esquina del Matadero Viejo, cruzaba lentamente toda la calle hacia el norte, y reconociendo luego el Callejón de las Monjas, caía de hinojos ante la cruz aquella, clamando a Dios el perdón de sus culpas que debieron ser muy grandes, ya que, al implorar su perdón, daba tan grandes muestras de dolor.

Cuenta la leyenda… -No recuerdo ya de quien la oí, hace muchos años… Cuenta que, en aquellos tiempos ya muy lejanos en aquel viejo Matadero que daba en las goteras de la ciudad, más allá, en el suburbio de San Sebastián, estaba encargado de la parroquia un siervo de Cristo, de vida ejemplar. Su austeridad, su ascetismo, su humildad y sus virtudes todas, le daban aureola de santo, que bien ganada se la tenía con sólo el ejercicio continuo de la caridad para con los pobres de su parroquia. El también era muy pobre. Su sayal lo revelaba a la lengua, sin embargo, podía decirse que era el más pobre de todos los pobres, porque las escasas limosnas que le correspondían en el ejercicio del culto le servían para las necesidades ajenas antes que para las propias. Hombre en plena madurez de la vida -representaba treinta y cinco años-, a pesar de su modestia dejaba traslucir toda la arrogancia de su edad imposible de ocultarse: pero corría la versión de que en la noche, cuando el templo se cerraba y el sacristán que lo acompañaba en el día se retiraba a su casa, el Padre Mariano, tal era su nombre, de rodillas desde su humilde aposento avanzaba sobre la piedra labrada del interior del santuario, hasta el altar mayor, para elevar su plegaria al Eterno Hacedor. El Sacristán, lo sabía porque en cierta ocasión, en vez de retirarse a su casa, intrigado por lo que del señor Cura se decía se ocultó en un confesionario y fue testigo de la religiosidad del sacerdote.  Este salió de la sacristía, andando de rodillas, llegó ante el altar y estuvo rezando en silencio largo rato, hasta que poco a poco, levantando la voz, dejando entender sus palabras, y orando amargamente imploraba:

– “Dios mío, Dios misericordioso, ¿por qué tu misericordia no ha llegado hasta mí? ¿Por qué no me haces olvidar? ¿Por qué, Señor, ¿por qué?” Y como si no fuera demasiado todo el fervor de su oración, con fuerte mano agitaba las disciplinas, azotándose las espaldas.

Aquella noche cayó desfallecido por el cansancio o por el dolor de sus heridas, y el sacristán, no pudo contenerse y corrió en su auxilio; lo levantó y lo condujo a su lecho, y enjuagó su sangre y sus lágrimas. El sacerdote tuvo para él unas palabras de gratitud y de humildad; pero desde el día siguiente, al llegar el momento en que el sacristán debía retirarse a su casa, el Padre Mariano lo acompañaba hasta la puerta del atrio de la iglesia, y allí se estaba hasta que lo veía alejarse.

Los grandes méritos del párroco de San Sebastián no eran ignorados por el señor Obispo. Un día, su señoría ilustrísima mandó llamarlo para encomendarle una delicada misión. Acababa de fallecer el confesor de las Monjas Concepcionistas, y el Prelado consideró que nadie mejor para ocupar la vacante que aquel sacerdote modelo de humanidad, cuya vida era verdaderamente ejemplar. Con su nuevo cargo, además de la parroquia que ya tenía, el Padre Mariano atravesaba todos los días las calles que separaban su humilde iglesia de la de las Monjas, para escuchar en esta, en confesión, a las esposas del Señor; y así transcurrían los días y las semanas y los meses, siempre dando el virtuoso sacerdote señales inequívocas de su elevado espíritu de santidad.

Pero una vez… cuando el confesor escuchaba atentamente a través de la rendija del confesionario a una de las siervas de Cristo, que, de rodillas le decía sus pecados, llegó a sus oídos un suspiro, como un lamento que le conmovió hasta lo más recóndito del alma y que removió en su imaginación los recuerdos de otros tiempos, de otros días, que tanto lo martirizaban y que había querido inútilmente borrar para siempre. Obligado por algo superior a su voluntad, el sacerdote sacó medio cuerpo del confesionario para reconocer a la monja que tenía a sus pies, con mano firme y atrevida, bajo el velo que ocultaba su semblante.

– ¡Mariano, que haces… Mariano…! exclamó la monja, pero sin procurar siquiera contenerlo.

– ¡Dolores!… ¡Ah eres tú, me lo decía el corazón por mi desgracia- Dijo también el confesor, ¡cayendo de nuevo dentro del confesionario anonadado por el dolor!

Solo estaban en el templo aquellas dos almas martirizadas. Nadie presenció aquella escena que ya no fue una confesión común y corriente d ellos pecados que necesitan el perdón de Dios, sino una penitencia infinita, enorme, inmensa como ella sola, de dos seres a un mismo tiempo atormentados por el suplicio de un deseo imposible… solo posible más allá del sacrilegio

El pórtico del Matadero Viejo, hoy empotrado en el sur del Parque del Centenario.

Y la lampara que ardía ante el tabernáculo de Cristo consagrado en la forma eucarística, única luz que iluminaba la estancia comenzó a chisporrotear y lentamente se apagó.

Años atrás, un joven de humilde familia, enamorado de una dama de la mejor sociedad, en una de las noches en que ambos hablaban de su amor, fue sorprendido por el iracundo padre de la novia y lanzado de allí.

¿Cómo podría figurarse que llegaría a ser su esposa mediando tan grande distancia social entre los dos? El padre ofendido le reprochó la humildad de su cuna, y no le cruzó la cara “por no mancharse las manos”. Desde aquella noche, Mariano y Dolores no volvieron a verse, y más tarde supo él que su siempre bien amada había dios llevada a un convento y que había profesado. Entonces creyó que él también podría encontrar el remedio de su dolor, la curación de su alma en el servicio de Dios; se hizo seminarista y poco después recibió las sagradas ordenes; le fue encomendada la parroquia de San Sebastián donde lo encontramos al principio de esta leyenda y seguimos sus pasos hasta el momento en que él y ella, que han jurado votos de religión vuelven a encontrarse.

El padre Mariano seguía ocupando todas las tardes su confesionario en la Iglesia de las monjas. El tribunal de la penitencia diariamente era profanado por él y por Dolores: allí tenían lugar los coloquios de un apasionado amor que solo había estado adormecido y que más ardiente, más avasallador, revivía para ser más cruel, porque era un enorme suplicio, un martirio sin nombre para dos almas encadenadas por lo imposible.

Tal vez ella quiso alguna vez que los dos siguieran amándose en Cristo; que ambos, al servicio de Dios se redimieran inmolando aquella pasión mundana en aras de la Divinidad y que tal vez él no pudo sobreponerse a los imperativos mandatos de su corazón. Quizá fue el quien lo propuso y ella quien no pudo aceptarlo. Nadie pudo saberlo: pero es de suponerse que fue el confesionario diariamente profanado, donde se urdió el desenlace de aquella tragedia de sus dos almas.

Fue una noche, poco después de las doce: la puerta de la sacristía de San Sebastián se abrió lentamente y por ella pasaron unas sombras: un hombre llevando de la brida una cabalgadura. Jinete en ella, reconoció la calle del Matadero y siguió hacia el norte hasta donde se interponían los muros del Convento, y tomando allí hacia el poniente, fue a detenerse en el Callejón de las Monjas. El jinete se apeó y lanzó hacia dentro de la casa de las siervas de Dios, una piedra por encima del muro poco después cayó otra piedra cerca de él. Entonces desprendió de la albarda de su bestia, una escalera de cuerdas cuya extremidad aventó con fuerza varias veces, hasta que el gancho se clavó en el extremo de la pared. Con la agilidad increíble subió aquel hombre, hasta encaramarse; pasó la escalera al otro lado, y poco después, apareció junto a él, que sostenía las cuerdas desde lo alto, otra sombra, otro cuerpo, el de una mujer con habito talar. La escalera volvió hacia la calle, bajó el hombre, rápidamente para sujetar las extremidades inferiores, esperando que la monja acabara de descender.

Entonces intervino la fatalidad. Fue el demonio para burlar aquel supremo esfuerzo, o fue la mano de Dios para castigar el sacrilegio que se consumaba, para ponerle fin ejemplarmente a la profanación. El gancho de la escalera rompió la pared y se desprendió, y la monja cayó sobre las baldosas de la calle. Su cabeza chocó contra el muro con tal fuerza, que la muerte fue instantánea.

Ya nada tenía que hacer allí aquel desgraciado… atormentado más por su fracaso por sus remordimientos y acobardado por enormidad de su sacrilegio delito, solo pensó en huir… huir, sin saber a dónde, no podía comprenderlo. Cabalgó de nuevo, picó espuelas, fustigó a su bestia con furor, con locura, con verdadera insania… y la bestia corrió por la misma calle hacia el Matadero. En aquella esquina una partida de ganado se interpuso a su carrera; la bestia se asustó y lanzó al jinete contra el pórtico del rastro. El filo de la piedra labrada le partió el cráneo, y el cadáver quedó en aquel lugar.

Al amanecer, el cuerpo del padre Mariano, con los sesos de fuera, fue encontrado en aquella esquina, sin que nadie pudiera explicarse por qué, y casi a la misma hora, en el Callejón de las Monjas, fue levantado también el cráneo destrozado, una sierva de Dios.

El mismo día fue colocada en la pared, en la calle, en el propio lugar donde Dolores encontró la muerte, una gran cruz de madera, signo de la redención con los brazos abiertos hacia el cielo; y desde entonces, todas las noches, poco después de las doce, se levantaba del mismo lugar donde pereció el Padre Mariano, una sombra con figura humana, cubierta con burdo sayal que por en medio de la calle avanzando lentamente, llegaba hasta el pie de la enorme cruz de madera, en el Callejón de las Monjas y caía de hinojos clamando desesperadamente: ¡Misericordia! ¡Perdón!

 

Historia de los Arcos de la Ciudad de Mérida

Del conjunto de arcos que existió en la ciudad de Mérida, sobreviven tres cuya permanencia solo podría atribuirse a la buena fortuna, pues nuestro medio no ha sido amable con la conservación de este tipo de elementos patrimoniales que si bien pierden sentido respecto a la función para la cual fueron edificados, son testimonio de la historia.

Estos arcos son contemporáneos de las murallas de Campeche construidas alrededor de la última década del siglo XVII y fueron realizados por el mismo Ingeniero Manuel Jorge de la Zezera. Aunque existió el proyecto de amurallar la ciudad[1], tal y como lo hiciera Campeche para protegerse del ataque de piratas, esta medida nunca se concretó y se redujo al levantamiento de arcos, cuya función coinciden investigadores contemporáneos, no es otra que la de delimitantar el espacio urbano; se tomaron algunas otras medidas como la excavación de subterráneos para ocultar a la población en caso de ser atacados ataque.[2]

Durante este periodo se habrían construido entre siete y ocho arcos, de entre los cuales se encuentran los tres que aún existen; el de San Antonio de Padua (50 x 61), conocido popularmente como de Dragones por estar enclavado en el edificio que alguna vez fue Hospital Franciscano y que posteriormente albergó a la Infantería de Dragones nombre con el que trascendió. Este arco lleva en el nicho la figura de piedra de San Antonio, se le distingue por llevar en brazos al niño Jesús. El de la Cruz (50 x 63) y que se le conoce como Del Puente pues la calle que lo atraviesa solía inundarse en la época de lluvia obligando a los vecinos a colocar un puente para poder cruzar la calle. En el arco de San Juan Bautista (64 x 69) se distingue en el nicho al santo profeta por llevar en la mano izquierda un báculo en forma de cruz y en la derecha un libro sobre el que aparece el cordero, símbolo de su condición de precursor de Cristo.

Detalle del Arco conocido como Dragones, se aprecia al Santo de piedra con el niño Jesús, según la iconografía corresponde a San Antonio de Padua

De los arcos desaparecidos apenas y hay información, en realidad a penas y se puede afirmar que fueron alrededor de ocho pues como veremos se llegan a mencionar otros, pero la mayoría de los escritores e investigadores coinciden en esta afirmación. En lo que fue la entrada a la Campaña de la desaparecida ciudadela de San Benito existió uno que fue conocido como el Arco de la Campaña (56 x 65) y que eligiendo de entre los nombres de santos que se han mencionado, probablemente habría sido el de San Sebastían. Al Poniente de la ciudad se encontrarían dos arcos en situación paralela al de Dragones y El Puente; el Arco de Nuestra Señora de la Consolación (70 x 63) conocido como “El Caído” porque así estuvo durante gran parte de su existencia y uno más que nunca llegó a concluirse conocido como el Xcul arco (70 x 61). Respecto a estos nombres, hay variaciones respecto a cuál es el Xcul y cual “El Caído”, pero la afirmación que he hecho me parece la más lógica[3]. Uno más sería el de San José (62 x 53) sobre el que tampoco hay más información que el de su demolición como veremos más adelante. Entre los arcos mencionados, construidos alrededor de 1690, podemos encontrar paralelismos entre los que se construyeron de oriente a poniente, sin embargo, entre los que se encontraban al norte y sur no queda tan claro, haciendo parecer incluso que haría falta un arco más en el norte, aunque para la fecha mencionada no hay noticia de otro.

Ubicaciones hipotéticas de los Arcos de la Ciudad.

Quizá la primera nota periodística respecto al ordenamiento urbano de la ciudad sea la publicada en la Gaceta de México en julio de 1728; en breves líneas se anuncia la conclusión del primer paseo de la ciudad:

“Y que también, que el Gobernador de Yucatán, D. Antonio de Figueroa y Sylva Cavallero del Orden de Santiago, Brigadier de los Reales Ejércitos de S.M. hizo acabar el Paseo que en el Barrio de Santa Ana de capital de Mérida dispuso para publica recreación de sus vecinos, con arcos, que hizo edificar, los seis en la seis boca calles, uno a la entrada y otro a la salida, que con la amenidad de los árboles, que suben sobre sus cercas lo hace muy vistoso.”

Estos arcos que unirían a la ciudad con el Barrio de Santa Ana, en teoría no tendrían la función delimitante de los primeros y más bien serían para formar el Paseo. Tomando en cuenta los señalamientos publicados en la Gaceta, estos arcos correrían a través de lo que hoy es la calle 60. De aquellos solo ha quedado memoria de dos el de Santa Lucía y el de Santa Ana, pero al ser seis, este paseo iniciaría en el cruce de la 60 con 57 donde entonces se encontraba la Universidad de San Francisco Javier y el Seminario de San Pedro[4] y desde esa esquina hasta llegar a la Plaza de Santa Ana.

Detalle del Arco de San Juan, se aprecia al profeta con un báculo y en la otra mano sostiene un libro sobre el que se encuentra un cordero.

El investigador Luis Millet relaciona el desuso de los arcos con el crecimiento de la ciudad y la mezcla de los grupos étnicos en el espacio que alguna vez estuvo delimitado al menos de forma virtual. En el cabildo del 8 de abril de 1783 se leyó un escrito del teniente coronel don Juan Francisco Quijano en que se decía que el arco que estaba situado junto a su casa, el cual había sido construido a costa de su padre, se había caído a consecuencia de un rayo, pero que habían quedado en pie los pilastrones, los cuales eran un estorbo por medio del escrito solicitaba permiso para demolerlos, a lo cual accedió el ayuntamiento, pero en el cabildo del 1 de octubre se le pidió al síndico procurador una especie de fiscal de la ciudad que reclamase los materiales obtenidos por la demolición “no debiendo permitir se despojase a la ciudad del valor de dichos materiales procedentes de un arco de su pertenencia y propiedad”.

Estando presente en este último cabildo el gobernador Merino Ceballos, manifestó que: habiendo varios arcos caídos subsistentes únicamente sus gruesos pedestales que hacen rincones y forman guaridas y uno y otro que amenaza desplomarse, dijo le parecía conforme se dejasen los cuatro principales de las entradas y se demoliesen hasta el asiento los demás para que vendida la piedra redonda y caliza se pudiese emprender la referida fábrica (de la real cárcel)”[5]

El alcalde Juan Antonio Elizalde declaró en el cabildo del 7 de octubre del mismo año que en compañía del síndico procurador había reconocido “los ocho arcos que corren por las ocho calles de la plaza y que solo encontró el que se dice de San Sebastián amenazaba ruina y que los demás estaban útiles, lo que oído, se determinó que se tumbase éste y que los otros, previo justiprecio que hará el avaluador de la ciudad don José Jacinto del Pino, el procurador general con respecto a dicho avalúo venda los materiales y caliza, siendo dé cuenta de los compradores la demolición de ellos”.

Don Juan Francisco Quijano pagó diez y nueve pesos por los materiales del arco de su casa, y ofreció seis pesos por el “santo de piedra” lo cual fue aceptado por el ayuntamiento. En el cabildo del 11 de noviembre de 1783 “propuso el señor alguacil mayor don José Cano dar (25 pesos) por las piedras y materiales de los pedestales del arco que va hacia la quinta del señor licenciado Estanislao del Puerto con todas sus pirámides, se determinó admitirlos como se admitió”: este arco llamado de San José se encontraba en el cruce de las calles 62 y 53 y la quinta del Señor Puerto era la que hasta hace algunos años ocupó el hospital del niño. A la semana siguiente el chantre Dr. Don Pedro Faustino Brunet ofreció al ayuntamiento quince pesos “por las piedras calizas y demás materiales de los pedestales del arco de San Cristóbal que se halla en la plaza de San Juan”; el cabildo comisionó al síndico procurador para que con base a esta oferta efectuase la venta a favor de quien mayor cantidad ofreciese. Otras solicitudes fueron presentadas al ayuntamiento y por fortuna esta destrucción no llegó a ser completa.

A principios del siglo XIX se le pidió al arquitecto de la ciudad que reconociese los arcos de Santa Ana y Santa Lucía que amenazaban caerse y determinarse si convenía mandarlos a reedificar. En el cabildo de noviembre de 1815 se presentó la cuenta de lo gastado en la demolición del arco de Santa Ana efectuada “por indicaciones del finado gobernador don Manuel Artazo”.

El escritor Gerónimo Castillo Lenard reseñó los Arcos de Mérida en 1866 con la información con la que contaba: Son como los términos o puertas de la ciudad, que después se ha engrandecido y pasado mucho más allá de sus límites. Son siete: los de Santa Lucía y Santa Ana al Norte, los de Dragones y el Puente al Este, el de S. Juan al Sur y el Caído y el Xcul (truncado) al Oeste. Hacia el Sur, en dirección del Seminario del S. Ildefonso, existen las bases y fustes de otro, que ignoramos porque no se concluyó.

Es de notar que este y el de S. Juan no corresponden en situación a los de Santa Lucía y Santa Ana, como sucede con los de Dragones y el Puente respecto del Caído y el Xcul: nótase también que los de Santa Lucía y Santa Ana están en una misma dirección; pero esto se explica con que por ese rumbo se extendió más rápidamente la población, y hubo por tanto necesidad de alejar sus límites.

Los arcos de Santa Lucía y Santa Ana fueron demolidos por los años de 1820 a 1823 porque amenazaban ruina: lo mismo sucedió con el llamado Caído impropiamente; pero se conservan las bases, fustes y capiteles cuadrangulares de dos de ellos hasta la elevación del arranque: el Xcul no llegó a concluirse y por eso se le da ese nombre, bien que ascendió a la altura correspondiente: los de Dragones, el Puente y S. Juan existen en buen estado, y no dejan de tener elegancia, guardando sobre todo las proporciones debidas.[6]

Aquí se menciona un arco más, que existió en el cruce de la calle 58 x 61 en la esquina donde estuvo el Seminario Tridentino y también el autor considera que la existencia del Arco de Santa Ana a una distancia posterior al de Santa Lucía es producto del crecimiento de la ciudad aunque como vimos es porque conformaban un paseo a través de la calle 60. Esto nos hace pensar que para entonces y quizá mucho antes, ya existían dudas respecto al origen y nombres de los arcos. Aún con las demoliciones mencionadas es probable que para principios del siglo XX, aún se conservaran algunos pedestales. Afortunadamente en 2016 los tres arcos de la ciudad recibieron nueva vida con el apoyo de la Asociación Yucateca de Especialistas en Restauración y el Ayuntamiento de Mérida. Hasta aquí este breve análisis, esperando que nos pueda compartir sus impresiones e hipótesis sobre el tema.

[1] Victoria Ojeda, J. (2013). Arquitectura militar colonial en Yucatán. Un patrimonio sin valoración: experiencias, realidades y comparaciones. En J. García Targa, Patrimonio Cultural Mexicano: Modelos Explicativos (págs. 151 – 160). Oxford: Information Press. Obtenido de https://www.academia.edu/31477266/Arquitectura_Militar_colonial_en_Yucat%C3%A1n._Un_patrimonio_sin_valoraci%C3%B3n_experiencias_realidades_y_comparaciones

[2] Victoria Ojeda, Jorge. (2011). Hallazgo de una garita colonial: historia y arqueología en el temprano camino real a Campeche (siglo XVII). Península6(2), 47-70. Recuperado en 04 de agosto de 2019, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-57662011000200003&lng=es&tlng=es.

[3] Cámara Zavala, G. (1950). Catálogo Histórico de Mérida. Mérida, Yucatán: Area Maya.

[4] Vázquez Cardeña, I. (2004). La Universidad de San Francisco Javier, la Compañía de Jesús en el Yucatán Colonial. Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán, 28 – 39

[5] Millet Cámara, L. (8 de enero de 1984). Los Arcos de Mérida. Diario de Yucatán, pág. Tercera Sección.

[6] Castillo Lenard, G. (1866). Diccionario Histórico, biográfico y monumental de Yucatán, desde la conquista hasta el último año de la dominación española en el país. Mérida: Imprenta Castillo y Compañía. Pp 59 – 60