Una mirada a Mérida en el siglo XVI

Abelardo Barrera Osorio (1966)

Aquellos del Siglo XVI, feliz edad, y tiempos dichosos, aquellos que tocaron en suerte vivir a nuestros antepasados, que sin médicos, se enfermaban poco; sin sanatorios, sanaban con el simple empleo de saludables hierbas; sin grandes esfuerzos, ganaban para comer quizá más de los necesario, y en los que era más frecuente morir de apoplejía, que de anemia por desnutrición.

Distaban mucho de inventarse esos aparatos de tortura inquisitorial denominados radios; ni el más agudo adivino pudo advertir en las señales del futuro que los alaridos de los claxons y las bocinas automovilísticas nos destrozarían siglos después el cordaje de los nervios; ni los pocos químicos de entonces pensaron que congéneres suyos del siglo XXI llegarían a la fabricación de los Tranquilizadores, ataráxicos, hipnóticos, barbitúricos y otros venenos para la humanidad. Los habitantes de nuestra Mérida dormían a pierna suelta y hasta a pierna atada, como unos benditos.

En las postrimerías de este alabado siglo XVI, la ciudad de Mérida contaba con una población de más de 300 jefes de familia de raza europea, españoles o criollos, encomenderos unos, otros empleados públicos, comerciantes, industriales, o propietarios de haciendas rústicas. Eran gentes de trato afable, de medianos recursos pecuniarios y muy laboriosos.

Se dividía la ciudad, en los siguientes sectores: el centro, donde habitaban los españoles y los criollos, matrimoniados casi todos con mujeres de su raza y tres barrios: Santiago, Santa Catalina y San Cristóbal, habitados los dos primeros por mayas, y el último por indios naboríos que así llamaban a los mexicanos o descendientes de éstos que acompañaron a los españoles en la conquista de Yucatán.

Las calles eran, según dice el historiador don Juan Francisco Molina Solís, “anchas y tiradas a cordel”, lo cual con perdón suyo no me parece muy probable.

La plaza mayor medía 193 pies geométricos de norte a sur, y otros tantos de oriente a poniente, y entre los edificios se contaba ya el palacio del obispo, sumándose a los otros de que hablé en el capítulo anterior.

Terminaba la ciudad, al norte, en San Lucía; al Sur, en la ermita de San Juan Bautista: al poniente en Santa Catalina, y por el oriente, dos cuadras hacia el mismo punto del convento de San Francisco. Los barrios que citamos eran más bien pueblecillos.

Para alojamiento de viajeros procedentes de Campeche existía un mesón público ubicado a espaldas de la ermita de San Juan Bautista.  El mercado estaba situado a una cuadra del ángulo sureste de la plaza principal, donde años después se construyó el “García Rejón”, conocido popularmente por “la Placita” y ahora está el flamante bazar del mismo nombre ocupado por los baratilleros.

En la esquina formada por el ángulo sureste de la propia plaza, se encontraban la tesorería real y la aduana.

Las residencias de los conquistadores y sus descendientes, en esta época, estaban construídas de mampostería, en estilo morisco, con recámaras bajas cubiertas de azoteas, y gruesos muros de piedra y tierra. Se daba el caso de que algún encopetado cacique, de los que gozaban privanza por parte del gobierno disfrutara de una casa igual.

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Los indios de los barrios vivían en casas de paja y embarro, acotadas por medio de albarradas y se proveían de agua en los pozos de sus propios predios, o en los pozos públicos.

Las mansiones de los colonos contaban con aljibes que captaban el agua de las lluvias.

“Los españoles vestían de gorra o sombrero, justillo, jubón y capa, zapatos o alpargatas, calzas, zaragüelles y calzón; las mujeres, de camisa, chupetín, chamerluco, guardapiés o basquiña. Las más ricas llevaban la camisa de finísima holanda, la saya de terciopelo, el chupetín con encajes de Flandes y bordados de lentejuelas, lazos de chamelote y chinelas de paño con palillos o tacones de oro”.

“Los indios se vestían de camisa de manta, zaragüelles, alpargatas y sombreros de paja; cubríanse además con una manta cuadrada, de una braza de extensión que se anudaban al hombro derecho; traían el pelo según moda introducida por los franciscanos. Algunos caciques e indios principales andaban vestidos a la usanza española”.

“Los indios usaban el hipil, especie de camisa sin mangas, que les llegaba hasta las rodillas y debajo del hipil, enaguas o faldellín de manta con orlas, de varios colores y que les cubrían desde la cintura hasta los pies, los cuales llevaban generalmente descalzos”.

“Las esposas e hijas de los caciques e indios principales, llevaban los hipiles y naguas de hilo de algodón, tejido con estambres de colores y vistosas plumas de aves; las tocas de algodón o lienzo de Castilla según sus posibles, el cabello trenzado y la trenza atada a la redonda o hacia atrás con un hilo de estambre de color que denominaron thuchmit, bien limpios”.

Era costumbre, y ésta privó hasta más de mediado el siglo según me refería mi abuelita, el desayunar a las cuatro de la mañana, almorzar a las ocho, comer a la una de la tarde y merendar a las siete de la noche, tomando en esta colación algo muy sencillo, ya que después rezaba la familia el rosario a cuya terminación venía el besamanos de los hijos a los padres, y cada quien a su hamaca.

En el mercado, una gallina se adquiría por real y medio, los huevos a seis por un real, y una libra de carne, costaba medio y cuartilla, que puede convertirse en la siguiente forma: 18 centavos, 12 centavos y 9 centavos, respectivamente.

Por esta razón mi abuelita, allá del 1910, en que una gallina “ponedora” costaba cincuenta centavos, l kilo de carne 36, y los huevos a ocho por veinticinco centavos, me decía, suspirando por los tiempos que se habían ido, “que la vida estaba muy cara”, y añadía ¿A dónde iremos a parar?…

Si resucitara y viera a dónde hemos parado… Bueno, pero que ni siquiera hemos parado!… El único médico de la ciudad respondía al nombre de Fray Gaspar de Molina, que unos ratos asistía a los pocos enfermos y en otros despachaba en la botica instalada en el convento de San Francisco. Ya para entonces existía el hospital de Nuestra Se- ñora de los Remedios, atendido por religiosos y sostenido por el Ayuntamiento.

La primera escuela primaria se abrió en el convento de San Francisco, bajo la dirección del franciscano Juan de Herrera, quien enseñaba a leer, escribir y cantar en castellano. Al lado de la catedral existía una clase cubierta de gramática castellana y latina. Uno de los profesores de esta academia fue el Pbro. Melchor Telles. El movimiento en favor de la educación pública lo inició en 1547 Fr. Luis de Villalpando.

Las diversiones públicas consistían en torneos a caballo, cuca- ñas y sortijas, estas dos últimas conocidas por los que nacimos a principios de este siglo, ya que figuraban en todos los programas de festejos populares. Y también bailes, para el pueblo, con la típica música nacida de la jota española y el zapateado, la que llamaron después jarana, y los saraos para la nobleza; el pueblo efectuaba estos bailes bajo las enrramadas, y la aristocracia en las casas de los principales.

Los primeros con flautas y tunkules, y los segundos con música de instrumentos europeos. En los torneos se rememoraba la lucha entra los moros y los cristianos, y siempre ganaban éstos. Había también títeres y pastorelas. Recorriendo la naciente ciudad, el viandante encontraba talleres de herrería, zapatería, carpintería sastrería, platería y escultura.

Un carpintero conseguía alcanzar rendimientos hasta de dos reales diarios con los cuales una familia de cinco personas podía adquirir el maíz, el frijol, café, y pan de trigo para subsistir, y los domingos darse el gusto de saborear un pucherito de gallina, máxime que en todos los patios, o en la mayor parte las había así como pavos, verduras y frutas.

En la comarca de Mérida, desde el siglo XVI existían muchas fincas de campo. Las principales eran: “Mulsay” de Juan Montejo Maldonado; “Petkanché”, de Francisco Loaiza; “Nohpat”, de doña Jimena de Arana; “Tixkakal”, de doña María Jiménez; “Mulchechén”, de Bernardo de Sosa Velázquez; “Lacantún”, de Juan Jiménez Tejeda; “Tanil”, de Diego Solís Osorio; “Tehuitz”, La Mérida Colonial 58 P de Andrés Rodríguez; “Tecoh”, de Cristóbal Solís Montero; “Yaxnic”, de don Jerónimo de Anguas; “Pixyá” de don Jacinto de Montalvo; “Chichihé”, de don Nicolás del Valle; “Chichí”, de don Alonso de Rosado.

Había además no pocas estancias o ranchos de ganado mayor, entre otros los de Hernando de Ortega y Jerónimo de San Martín. Se proveían de agua para sus huertas y ganados, por medio de los pozos comunes o de las norias a la usanza andaluza. Como en los primeros tiempos de la colonia la moneda metal en circulación era bien escasa, se utilizó el cacao en grano para las pequeñas transacciones, y el trueque. Mi abuelita, nacida en esta ciudad en el año de 1833 me refería que cuando contaba unos diez años, todavía se utilizaban los granos de cacao como moneda.

Los templos religiosos fueron surgiendo, tanto en el centro, como en los barrios, y aunque someramente ya hablé de ellos en capítulo anterior.

La Nochebuena Meridana en 1868

Durante ese aquel año y parte del siguiente, se editó en Mérida, la interesante revista intitulada “Biblioteca de Señoritas” en la que colaboraban los más destacados literatos, poetas, periodistas e historiadores de Yucatán, siendo sus principales redactores los Sres. Francisco Sosa, Darío Mazuera y José García Montero. De la pluma de este último, poeta y costumbrista, aparece hermosa y erudita la descripción de la Navidad, en el número correspondiente al 26 de diciembre de 1868, en que relata costumbres de España, Francia, Inglaterra y Alemania.

Comienza refriéndose históricamente a la cueva original de Belén, donde nació Jesucristo, y luego al hablar del árbol navideño, que se coloca en Alemania dice: Es de abeto y lo llenan de bujías de colores, frutas, dulces con cintas, juguetes, etc. A los niños se les encierra en una habitación y cuando llega la hora, se les suelta para que se precipiten hacia el árbol”

Pero lo más interesante es su descripción de la Nochebuena en Yucatán. Recuerda con placer los “Nacimientos”, que ocupaban salones enteros con grandes mesas cuya variedad de figuras, trajes y edificios en miniatura tan llenos de anacronismos formaban un conjunto muy divertido. Habla con nostalgia de las veces que sus padres le llevaban a ver aquellos más afamados tales como el de la Sra. Da. Josefa Chacón de Médiz y el del Sr. Don José Antonio Zorrilla, magistrado de los tribunales de Mérida, quien se reservaba algún tiempo para adornar personalmente a su gran aparato de cuadro bíblicos.

Al margen del relato de Don José García Montero, en años posteriores, más o menos a fines del siglo XIX, existió en Mérida otro célebre nacimiento, muy visitado por niños y adultos. Su dueña y ejecutora. Da. María Jesús Castro Lara, lo ponía cada año en su casa en la calle 65 entre 58 y 60, que fue la de sus padres don Juan Miguel de Castro (uno de los principales creadores y fundadores del puerto de Progreso) y doña Josefa de Jesús Lara y Lara. De tan espléndida casa, donde hasta hace pocos años funcionó el café “La Balsa”, hoy no queda “piedra sobre piedra” y si el recuerdo de uno de los peores atentados contra edificio colonial alguno en nuestra ciudad. Actuales personas de avanzada edad aún recuerda haber sido llevadas por sus padres o nanas a solazarse con el famoso Nacimiento de doña “Chucha Castro”, que ocupaba gran extensión de las dilatadas habitaciones de la señorial casona.

El Dr. García Montero, al lamentar la gradual desaparición de aquellas inocentes costumbres de sus antepasados, señala que entonces subsistían las concurridas y amenas “Retretas de Nochebuena” y no que otro “soirée” en algunas casas particulares con el objeto de esperar la “Misa de Gallo” o de la “Aurora”. Al hablar de las “Retretas”, seguramente se refería a la que se efectuaban con gran alegría popular en la Plaza de Armas, ya que, por noticias de la misma revista, era costumbre establecida en Mérida festejar la “Nochebuena de Navidad” en la Plaza Grande, y la del Año Nuevo en el Paseo de la Alameda (hoy calle ancha del azar), que entonces se iluminaba profusamente y se llenaba de largas mesas con flores, frutas, refrescos, vinos, dulces, turrones y “Mercocha”, convirtiéndose en regocijante escenario donde los meridanos esperaban la llegada de la aurora que anunciaba un nuevo año, precisamente en esta parte oriental de la ciudad donde había de aparecer el sol.

Juan Francisco Peón Ancona (1979)

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Los cines de Mérida en los años veinte

Andrés Ayuso Cachon (1978)

Cada uno de los alumnos que cursan en el sexto, cuarta sección de la Escuela “Hidalgo” y por supuesto los de otras aulas, tenían amigos con los que formaba grupo y compañía para asistir a los actos deportivos y sociales que organizaba la propia escuela o simplemente como compañeros para hacer “pudz escuela” cuando no teníamos la lección aprendida y no queríamos quedar en ridículo delante de los demás alumnos.  Los sábados solíamos reunirnos los que formábamos grupo intimo para ir al cine, que era una de nuestras diversiones predilectas, cuando aun nos sobraba algo de dinero que nos enviaba papá periódicamente o nos hacíamos préstamos entre si, como buenos camaradas que éramos, deuda que era saldada religiosamente en la primera ocasión.

Uno de los cines a que asistíamos con mas frecuencia, por estar ubicado en nuestro barrio era el “Esmeralda” de San Cristóbal. La entrada costaba 5 o 10 centavos. Como no existía entonces radio y mucho menos televisión y poca gente leía los periódicos, la publicidad del salón cine se hacía por medio de volantes de papel impreso que traía el horario, los actores, el nombre de la película y los precios; en la puerta del cine funcionaba un timbre intermitente que repicaba a gran velocidad, cuyo sonido se oía a varias cuadras de distancia, en señal de que ese día había función y se cerraban las puertas.

Para atraer a los caballeros, los dueños del cine ponían en práctica una estratagema que consistía en incluir en la parte baja del volante o “anuncios” ya dichos, un cupón que daba derecho a una dama para entrar a “gustar” la función gratuitamente. Estos anuncios los repartía un empleado en todas las casas del barrio, lo cual nos daba a nosotros una oportunidad de entrar al espectáculo, pues seguíamos discretamente, desde lejos al anunciante y cuando veíamos que la sala donde se tiró el papel estaba desierta, rápidamente entraba uno de nosotros y lo recogía y así, lográbamos reunir, a veces, hasta una docena de cupones, que en la noche, situados a media cuadra del salón vendíamos a las personas que iban al cine, a cinco centavos, ya que en las taquillas costaban diez. Cuando no teníamos cupones ni dinero para comprar nuestros boletos de entrada, solíamos “colarnos” escalando un poste del alumbrado eléctrico que estaba sobre la calle 50, para alcanzar el altísimo muro que había ahí, hasta que cierta vez nos atraparon los vigilantes y amenazaron con enviarnos a la policía. Jamás volvimos a intentarlo. Las salas de cines en ese tiempo estaban a la intemperie, si acaso un “tinglado” con techos de láminas de zinc cubría una parte del salón, para que , si llovía durante la función, los espectadores se refugiaran en ese lugar; cuando llovía antes de la función, ésta se suspendía debido al mal tiempo. No fue sino mucho tiempo después que se cubrieron con un techo como los vemos en la actualidad.

Las películas eran silenciosas porque no se había inventado aún el cine hablado; pero todos entendían muy bien, con solo la estupenda mímica de losa actores. Había películas como “El chico” por Charles Chaplin y Jackie Coogan y “La fiebre de oro”, donde Chaplin hacía gala de su genio y de su comicidad mímica; también se proyectaban cintas jocosas de Harold Lloyd y Buster Keaton. Cada película de largometraje constaba de cuatro o cinco rollos y después de pasar cada uno de ellos la máquina paraba para colocar un nuevo rollo, mientras en la pantalla aparecían anuncios por medio de unas placas fijas, como hasta hoy se hace en los intermedios. las películas de aventuras como “La moneda rota” y otras las dividían en tres episodios de a cinco rollos, de modo que tenían que pasar entres funciones. En el cine “Esmeralda” sólo había “cine” jueves, sábado y domingo.

Luego vinieron las grandes innovaciones en el cinematógrafo: el “vitáfono” que fue un invento que amplificaba grandemente el sonido de los fonógrafos por medio de magnavoces que se colocaban en el techo para anunciar las funciones, desapareciendo desde entonces el repiqueteo de los timbres eléctricos.

En este sistema se aplicó, asimismo, a las proyecciones de películas cinematográficas, que fue otra de las grandes innovaciones, pues se podía disfrutar de la imagen con voz y sonido. Este método de las cintas habladas consistía en que mientras se pasaba la imagen en la pantalla, la voz de los protagonistas, grabada previamente en un disco fonográfico, era puesto en el “vitáfono” o tocadiscos y se sincronizaba con la imagen para dar la impresión de que la voz venía directamente de los protagonistas, pero a veces resultaba que el disco se colocaba mal y se veía primero el movimiento de la boca del actor y después sonaba la voz o viceversa; en ocasiones se oía el galope de un caballo mucho antes de que éste se moviera.

Este inconveniente se superó más adelante al perfeccionarse una celdilla sonora impresa en la propia película. Vinieron después los prodigiosos inventos aplicados a la cinematografía, hasta llegar al cine a colores, tan común ahora; pero que en aquellos años ni remotamente se imaginaba nadie que algún día pudiera existir. Y todavía no sabemos qué inventos más sorprendentes veremos en los años por venir.

Cine Esmeralda