El Chac Mool de Augusto Le Plongeon

Luis Ramirez Aznar (1975)

Misterioso, espectacular, fantasioso, un auténtico pionero de la arqueología en Yucatán fue Augusto Le Plongeon. Gran divulgador de la teoría de la Atlántida se apasionó por la civilización maya, y aunque sus descubrimientos no fueron del todo ajustados a la realidad, no podrá negársele el derecho de haber sido un tenaz descubridor e investigador.

Sus teorías terminaron desmentidas años después cuando científicos o verdaderos estudiosos comprobaron que los objetivos del peculiar médico llevaban más de publicidad personal que de ciencia. Por ejemplo, él hizo un bosquejo de lo que imaginó fue la fachada y el edificio total del Templo de los Jaguares en Chichén pero que el bautizo como “Memorial Hall”, algo como el salón conmemorativo de alguno o varios sucesos.

Pero lo que ahora nos anima a recordarlo, es que fue el quien bautizó a las raras esfinges halladas primeramente en Chichén como Chac-Mool, y descubrió el primero de estos sensacionales dioses mayas exactamente, en diciembre del año de 1875, formando de paso el primer caítulo público de los saqueos producidos por las excavaciones arbitrarias, a veces autorizadas por funcionarios públicos y a veces propiciadas por el aislamiento, el abandono y la indiferencia.

Estaban en ese año de 1875 Le Plongeon y su esposa haciendo sus investigaciones y descubriientos en Chichen Itzá. No se sabe si en realidad ya habían descubierto o detectado alguna pieza de importante tamaño, o fue la caualidad lo que le permitió pasar a la historia, el caso es que encaramado sobre un montículo acabado de despejar de arbustos y malezas, y al que había llegado en una súbita y violenta carrera, como impulsado por algo interior, exclamó lo suficientemente alto, como para que lo escucharan algunos visitantes que se habían atrevido hasta ese sitio, y los nativos mayas que estaban al servicio del singular explorador.

¡Aquí esta!

Y rápidamente los jornaleros llevados desde Pisté comenzaron a quitar escombros hasta que fue descubierto un tigre con cabeza humana que posiblemente estuvo en la parte alta de aquel adoratorio o montículo. Fue indescriptible el asombro de los presentes, que incluso llegaron a otorgar poderes sobrenaturales al venerable y barbudo Le Plongeon.

Cuando quedó solo con sus peones, dedicó todo su tiempo en la excavación de aquel montículo, y a 23 pies de profundidad (unos siete metros) halló una tumba de piedra tallada que encerraba el extraño monolito que revolucionaría el mundo de la arqueología.

Y lo llamó Chac Mool

Conforme se iba librando aquello de piedras y tierra, el asombro de los peones nativos aumentaba. Al fin quedó totalmente descubierto y todos tiraron sus herramientas y se alejaron de la cúspide del montículo. Le Plongeon observó que ese era un gran momento para una des sus espectaculares decisiones y corriendo hasta el Castillo llamó a los asustados indígenas. Subió los escalones y pegando la cara a uno de los relieves de rostros barbados, guardo silencio.

Logró que los azorados peones interpretaran sus intenciones: él era alguna clase de superhombre, algún predestinado, como el patriarca de piel clara y larga barba de los primeros pobladores de la Península como el que eternizaba aquel bajo relieve del Castillo.

Todos retornaron al montículo para terminar de extraer al misteriosos dios que él había bautizado con el nombre de Chacmool (Jaguar).

Como es de suponer, la anécdota suena a leyenda o a uno de los pintorescos relatos de Le Ploneon, pero medio siglo después a los arqueólogos que llegaron con fines científicos e históricos a Chichen, se les hizo el relato idéntico, incluso por viejos que habían participado en el espectacular episodio.

Pero al margen de estas cosas peliculescas, Le Plongeon anunció que su Chacmool era una obra maestra de la escultura maya, sólo comparable con las esculturas de Egipto o de Asiria. Esa figura maya no es ninguna filigrana, y mucho menos un trabajo estético. Representa a un hombre de un tanto y medio mayor que el tamaño natural, parcialmente reclinado y en complicada y casi imposible posición anatómica, con las piernas encogidas, la cabeza vuelta a un lado y las manos sosteniendo un recipiente asentado sobre el estomago.

El fracasado intento de llevarse el Chac Mool.

Antes se dice que las excavaciones arbitarias -Edward Thompson usaba dinamita- y la falta de vigilancia, sin negar la existencia de complicidad, fueron la causa de los primeros, saqueos en gran escala, los que continuaron hasta nuestros días sin que por esa razón, los culpables perfectamente identificados y hasta denunciados, dejaran de figurar entre distinguidos hombres de negocios, o respetables ciudadanos.

Se aproximaban las celebraciones del centenario de la independencia de los Estados Unidos, y esas fechas estimulaban a las grandes concentraciones. Para Le Plongeon era una oportunidad de incalculable valor aprovecharse de las festividades para proclamarse “el mejor arqueólogo del mundo” o algo parecido, exhibiéndose en Filadelfia junto con el Chacmool.

Removió la escultura del montículo a base de palancas, motones y sogas, y una rampa que terminaba en una carreta o paralelas de gruesas maderas, similar a lo que se utiliza con frecuencia para el transporte de durmientes de la selva hasta la orilla de las carreteras, tirado por una o dos bestias mulares.

Hizo a punta de machete un camino bajo el monte, de cuatro kilómetros de longitud, hasta Pisté, dónde los nativos organizaron una romería para dar bienvenida al misterioso ídolo y a su descubridor, el superdotado “hombre barbado, de ojos azules” y extraordinaria personalidad.

Cuando Le Plongeon iniciaba su recorrido hasta Mérida para hacer las gestiones necesarias y embarcar el Chacmool, le salió al paso un mensajero para participarle que el gobernador (posiblemente el propio don Eligio Ancona) reclamaba el Chacmool como propiedad del Estado. Como primera providencia y confiando en su labia proverbial, Augusto y Alice ocultaron la pieza arqueológica entre la maleza, y continuaron su viaje a Mérida donde realizaron múltiples como inútiles gestiones ante las autoridades.

“Esa gente era de una mente muy estrecha. No comprendían el esfuerzo científico y no cedieron a la entrega del Chacmool”, decía Le Plongeon años después.

Una carta al presidente.

Inconforme con las disposiciones de Yucatán, el inquieto explorador escribió una carta al presidente don Sebastían Lerdo de Tejada (en 1876) diciéndole en la parte referente a su problema:

“…hoy yo puedo asegurar, sin duda alguna que los descubrimientos de mi esposa y míos, nos ponen a la cabeza de los viajeros y arqueólogos que se han ocupado de las antigüedades americanas”.

Y señalaba ante las leyes que prohibían -al menos legalmente- el saqueo de joyas arqueológicas:

“…mientras los gobiernos autocráticos, como los de Turquia, Grecia y Persia, interponen dificultades, no imaginé que pudiera sucederme lo mismo, cuando yo estaba lleno de admiración, porque el esfuerzo de artistas y escultores americanos, podría haber entrado en competencia con los de Siria y Egipto (se refería a la exhibición del Chacmool).”

Y ponía en juego su habilidad y labia.

“Yo tengo fe en la justicia, inteligencia y patriotismo del hombre que rige los destinos de la República Mexicana. ¿Podría el presidente permitir que el más grande descubrimiento jamás hecho en la arqueología americana permanezca perdido y desconocido a los hombres de la ciencia, a los artistas, a los viajeros, a los escogidos de las naciones que muy pronto se reunirán en Filadelfia? ¡No! , no lo creo, yo no lo espero, yo no lo puedo creer.

Pero la audacia de Le Plongeon no terminaba allí, trataba de cerrar todos los caminos al presidente y exponía su plan legalista:

“Insisto en que para llevar la estatua a Filadelfia, debe ir conmigo una comisión mexicana hasta la exposición porque no hay otra persona calificada para hablar del descubrimiento más que quien había estado ya en las ruinas mayas y además, solicito protección armada para continuar sus excavaciones”.

Así de importante era para el original excavador y descubridor del prier Chacmool esa gran oportunidad. Pero al pasar el tiempo y darse cuenta que no obtendría el pérmiso para sacar del país esa pieza, se decidió por tomar más de cien fotografías, incluso una serie del proceso de excavación que dispuso ampliar convenientemente y con algunos objetos arqueológicos fáciles de transportar sin permiso, para su “stand” en la exposición.

Pero la “maldición del Chacmool” parecía concentrarse en su suerte. El paquete de fotos y objetos fueron a parar a manos de un juez de la ciudad de Nueva York y no hubo exhibición.

El famoso Chac Mool terminó en la capital.

¿Qué había sucedido con aquella escultura sensacional? Simplemente que las autoridades de Yucatán que habían interpuesto sus buenas gestiones para impedir a Le Plongeon que la sacará del país, decidieron exhibirla, pero en Mérida, para lo cual se organizó una festividad. A base de gente de Pisté, el Chacmool llegó hasta Mérida, en medio de un júbilo sin precedente, ya que Augusto y Alice Le Plongeon habían hecho un réclame sin meditarlo.

Pero aquella estatua misteriosa jugo otra mala pasada a sus poseedores. El gobierno federal envió un barco de guerra y la trasladó hasta la capital del país, donde aún se encuentra como una verdadera joya arqueológica en el Museo de Antropología e Historia. A Le Plongeon, tiempo después le reintegraron sus documentos de apelación asu cason, con una cortés explicación. Pero apeló al embajador de los Estados Unidos en México, John W. Foster quien investigó la situación para terminar comprobando que no existía nada obligatorio de parte del gobierno mexicano y si, en cambio, podría haber alguna forma de sancionar al quejoso por haber tratado de extraer para beneficio propio una pieza arqueológica, como desmotraba el haberla ocultado en Pisté.

Jamás comprendió Le Plongeon de por que ciertas leyes entrometidas interferían planes y trabajos al “gran científico” que era él. El caso es que Silvanus Morley el inolvidable que tanto amó a los mayas y a su historia, entre los años 1926 a 1927, había descubierto, rescatado y entregado a las autoridades mexicanas, nada menos que una docena de chamooles. Pero era medio siglo después del peculiar Le Plongeon.

 

 

Sergio Ceballos Castillo

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