El Impala: Entrada de Paseo de Montejo.

Seguramente fue en este punto, popularmente conocido como “el remate” dónde se colocó la primera piedra del Paseo, era febrero 1888 y nacía aquel sueño que sería el Paseo de Montejo el Adelantado; vía trazada para la alta aristocracia resultante de la bonanza henequenera que por aquellos años transformó a todo nuestro estado; el Paseo se terminaría hasta 1906 y durante aquellos albores del siglo XX se construyeron las casonas, algunas de las cuales aún engalanan el Paseo.

Paso medio siglo de la inauguración del paseo y por aquellos años cincuenta del siglo XX aún funcionaba el Círculo Deportivo Bancarios, el cual se encontraba en el cruce de Paseo de Montejo con la Avenida Cupules y la Avenida Colón, fue ahí donde Gustavo “Chavo” Escalante consiguió hacerse conocido entre los visitantes del deportivo y comenzó a servir algunas de sus especialidades para los comensales del Club.

1956 fue el año en el que la compañía Chevrolet comenzó a comercializar su nuevo modelo de vehículo; aquel, llevaría el nombre de un pequeño antílope africano: Impala. Probablemente, en 1958 llegó a Mérida la primera generación de estos autos que habían sido todo un éxito en Estados Unidos.

Ya le quedaría poco por vivir al Circulo Bancario en aquellos años, al igual que otros clubes que poco a poco irían disminuyendo en socios. “Chavo” inició entonces su propio negocio. Dejó a la clientela del Deportivo y montó su propio restaurante, para ello, eligió un local al inicio del Paseo de Montejo, justo donde se encontraba una concesionaria Chevrolet donde ya se podía admirar aquel nuevo modelo: el Impala, nombre con el que decidió bautizar la Cafetería.

En aquel local, de sencilla arquitectura característica de aquellos años, había existido un bar; contiguo se encontraba la sucursal del Banco Nacional del Sureste en la que a finales de la década de los sesenta se instaló un letrero luminoso en el que se podían leer las noticias nacionales e internacionales, lo cual habrá resultado muy interesante en aquella época donde las noticias no fluían con la velocidad con la que lo hacen hoy.

En la “Entrada de Paseo de Montejo” se instalaba el Impala, esa entrada que desde tiempos de Alvarado ambicionó convertirse en la extensión de Montejo hacía el sur y que en aquellos años sesenta consiguió dar un zarpazo en sus planes; la Avenida Manuel Cepeda Peraza sería aquella extensión que partiría desde la 47 para terminar en la 65 al unirse al parque Eulogio Rosado. Aquella extensión solo alcanzó a la primera manzana, la cual tristemente se convirtió en un desagradable lunar en el centro de nuestro Paseo.

La Cafetería El Impala se estableció con éxito y se convirtió en punto de reunión de jóvenes de aquella época y de las que han seguido hasta ahora, se hicieron populares desde entonces los Platillos Voladores y el Super Club entre otras especialidades del menú. También es común escuchar que políticos de los sesenta y setenta eran frecuentes parroquianos del Impala, aunque esos mismos cronistas informales suelen olvidar, o callar los nombres. El inmortal Ricardo López Méndez “El Vate” también fue asiduo visitante de la Cafetería según hemos podido referenciar, quizá llegaría ahí en alguna visita a “El Desván Romántico”, que se encontraba en el local de junto, donde comúnmente se vio pasar a los bohemios de la época como Pastor Cervera, Sergio Esquivel, Pepe Jara y Armando Manzanero.

Aquella manzana que ambicionó convertirse en la prolongación sur de Montejo, permaneció alrededor de treinta años como un lunar que contrastaba con la belleza de nuestra vía principal, hasta el aniversario de la ciudad en 1996 cuando el espacio se arregló para intentar hacerle lucir conforme a la elegancia del Paseo. En septiembre del año siguiente, el sitio se vistió de verde, blanco y rojo en lo que se convertiría en la tradicional Noche Mexicana que desde entonces se celebra cada sábado.

Y todo aquello frente a la mirada del antílope de neón que se eleva sobre la marquesina de la Cafetería Impala, aquel que al cambio de siglo vio llegar a los Montejo a su paseo y despedir al derrotero del Carnaval. Tras este medio siglo la El Impala se ha convertido en emblema indiscutible de la ciudad para locales, y para turistas que cada año preguntan por aquel puñado de negocios que pueden darse el lujo de decirse de visita obligada; con la popularidad innegable que sólo otorga el prestigio y la calidad.

 Impala

Sergio Ceballos Castillo

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