Historia del Templo y Barrio de San Juan

 “…En el campo, fuera de la ciudad, a la parte sur, está una ermita, cuya invocación es del señor San Juan, que hicieron los vecinos por promesa, tomado por abogado a este Santo contra la langosta que hubo el año de 1552…”[1]

Estás líneas fueron escritas en 1579 por el vecino y regidor de Mérida Martín de Palomar. Quizá hoy resulte increíble que lo que conocemos como Barrio de San Juan a cuatro manzanas de la plaza principal fuesen para aquel encomendero las afueras en aquella Mérida de apenas 220 vecinos españoles.

El elegido, San Juan Bautista, el profeta. La siguiente referencia sobre esta ermita la brinda Gil González Dávila solo acota a los datos antes mencionados “Y en su ermita está sepultado el venerable don Pedro de Borges, chantre de la santa iglesia de Mérida, que fundó en ella una capellanía con 300 pesos de renta”[2], el cronista español escribió su “Teatro Eclesiástico en 1649.

La descripción de Francisco de Cárdenas Valencia en la “Relación Historial Eclesiastica de la Provincia de Yucatán” de 1638 es muy similar a la que realiza el Fraile Diego López de Cogolludo en “Historia de Yucatán” escrita a mediados del mismo siglo, reproducimos esta última:

En lo occidental de la Ciudad hay una ermita de San Juan Bautista cuya erección tuvo origen de haber sobrevenido recién conquistada la tierra tan gran multitud de langosta, que cubría la luz del sol. Con esta aflicción se recurrió al obispo, y se echó suerte con los nombres de algunos santos: para tener por patrón al que saliese, rogando intercediese en la divina presencia, para impetrar remedio contra tan grave daño. Salió el del glorioso precursor San Juan Bautista, cantándosele aquel día una misa con mucha solemnidad y Dios nuestro Señor, que es admirable en sus santos, tuvo por bien, que casi como instantáneamente se vio esta tierra libre de aquellas sabandijas. Agradecidos al Santo por tan singular beneficio, le edificaron esta ermita con limosnas de todos los vecinos. Con el progreso de muchos años se resfrió la devoción con el glorioso santo, y el año de 1618, víspera de su festividad pareció tan gran multitud de langostas, que cubrían los campos y caminos: cosa que puso gran temor en toda esta tierra, y recordó la devoción del Santo. Viendo esta desdicha el obispo y gobernador con ambos cabildos, hicieron voto de ir todos los años con procesión desde la catedral a su ermita el día del Santo, donde se le cantaría una misa con mucha solemnidad, y se predicarían sus alabanzas. Fue cosa admirable, que desde luego comenzó a cesar aquella plaga. Lo mismo casi sucedió gobernando Diego de Cárdenas (1621 – 1628)”[3]

Hacia 1690 se construyó el arco que sigue siendo referencia del barrio y del que hablamos en otra nota, en la que también mencionamos la probable existencia de otro en la misma plaza.

“La fachada se compone de un solo cuerpo, rematado por dos torres entre las que se encuentra un frontón quebrado y ornamentado con figuras formado con el aplanado, y rematado por una pequeña escultura de dos vistas (San Juan). En este cuerpo de la fachada y a los lados de la puerta principal, hay tres medias columnas con pequeños remates. Sobre la puerta y en el eje del frontón, está la ventana del coro con barandal corrido de fierro. Las torres se componen de tres cuerpos, con cuatro pequeñas arcadas para campanas en cada una de ellas” (Catálogo de Construcciones Históricas de Yucatán, 1933, p. 396). Sobre la ventana, dos leones en alusión al rey de España y en la torre izquierda se encuentra la leyenda en latín “hec est domus dei”, “esta es la casa de Dios”.

El templo mantuvo la devoción de los meridanos pues la primitiva ermita dio paso al actual templo, según la placa ubicada en el sur de templo y transcrita en 1966 por Humberto Lara y Lara menciona.

“Se acabo esta santa iglesia en 23 de junio de 1770, habiéndose abierto los cimientos el día 14 de octubre de 1769”[4] (Lara y Lara, 1966)

Unos años más tarde, durante el Gobierno del Capitán General e Intendente de Yucatán Lucas de Gálvez se realizaron los trabajos del Camino Real a Campeche cuyo inicio se da en esta plaza de San Juan según la placa que consigna el hecho para el año de 1790, mismo lugar que dos años más tarde se escucharía el galopar del caballo que montaba el asesino de dicho gobernador.

Uno de los hechos más importantes ocurridos en este barrio fue la formación en 1810 del grupo liberal conocido como los sanjuanistas por darse en este lugar. Formaban el grupo Lorenzo de Zavala, José Matías Quintana, Francisco Bates, el padre José María Velásquez; grupo que en la coyuntura de la caída de Fernando VII del trono español vieron en la Constitución de Cádiz de 1812 la oportunidad de aplicar los principios de un nuevo régimen.

En 1821 al abrirse en el sur de la ciudad el Cementerio General, la plaza se convirtió en punto de partida de los cortejos fúnebres.

Durante el siglo XIX circundaba al parque verjas de hierro, en cada esquina había una artística entrada forjada en hierro que se abría a las 6 de la mañana para ser cerrada a las 10 de la noche. Estaba dotado también de bancas de fierro y contaba con frondosos flamboyanes que prodigaban la sombra y fresco; alrededor de 1877 se bautizó el parque como Velázquez en memoria del sacerdote sanjuanista. Por aquellos años se realizaban tertulias en el parque y en 1909 se convirtió en punto de reunión para las audiciones musicales con la banda municipal del maestro Justo Cuevas [5] En los días de feria la verja llegaba a permanecer abiertas toda la noche, porque allí materialmente se volcaba toda la ciudad de Mérida y sus pueblos aledaños. Estas fiestas duraban normalmente 15 días, para culminar el 24 de junio, día de San Juan. [6]

En 1966 el desaparecido Diario del Sureste entrevistó a un anciano vecino del barrio llamado Gregorio Mena Torre “Don Goyo” en la que contó los siguientes detalles de lo que le había contado su padre

“Afirmaba que por aquellos tiempos en la ahora explanada donde esta el mercado municipal y el colegio “Carrillo Puerto”[actual mercado de San Benito], había dos grandes cerros; en la cima de uno estaba el fortín de San Benito y en el otro una iglesia, que él designa como de la crucifixión.

El jueves santo, los jesuitas de la Tercera Orden organizaban una gran procesión en la que soldados romanos caracterizados llevaban a un sujeto personificando a Jesucristo y cargando pesada cruz con rumbo al supuesto calvario. (N. del editor: equivocó el narrador al mencionar a los jesuitas, pues la orden a la que se refiere es la Tercera Orden de San Francisco que se encontraba en el templo que actualmente recibe ese nombre)

El escenificado cortejo salía del templo de Jesús, en lo que ahora es el parque Hidalgo por aquellos días una pequeña explanada polvorosa en verano y terrible lodazal cuando llovía. Hacia su primera parada en San Ildefonso, seguía por San Cristóbal, Mejorada, Santa Ana, Santiago, San Sebastián, la Ermita de Santa Isabel y San Juan.

De este último lugar el Jesucristo criollo era llevado al cerro donde estaban la iglesia de la Crucifixión y allí colocado en la cruz entre los dos ladrones a los que se ha dado en dar los raros calificativos de “ladrón malo” y “ladrón bueno”.

Los organizadores del acto demostrando un profundo conocimiento del sencillo corazón de las gentes de su tiempo, tenían preparadas grandes cantidades de cohetes, bombas y unos artefactos que al estañar en el aire lanzaban sobre el cerro espesas nubes de humo negro, dando la impresión de pavor que estremecía a las gentes. Como había pocas csas por ese rumbo de la ciudad, el espectáculo era más impresionante desde San Juan y afirmaba mi padre que muchas veces vio caer postradas de hinojos y pidiendo clemencia al cielo, a muchas personas de claro entendimiento y buena posición social.

Hace poco mas o menos 50 años [se referiría a principios de los años veinte, pues la entrevista es de 1966], en San Juan se hacía derroche de buen humor y cortesía. El centro de reunión eran las loterías de las que había tres muy famosas: La de números, de Justo Adán Pereyra; la de figuras de la baraja española, de Arturo Moguel; y la llamada campechana, en la que los números se formaban con la imagen de frutas, que era de Manuel Sosa Granados.

“Mientras la juventud de otros barrios dedicaba buena parte de su tiempo y no pocas de sus angustias a cultivar rivalidades de barriada, nosotros lo dedicábamos a organizar bailes” Explicaba que existieron tres clubes sociales “El 13”, “Crisalida” y “Terpsicore” en los que actuaban las orquestas famosas de aquellos días, el primero fundado en 1917 por igual número de jóvenes entusiastas que se reunían en el también cine de ese barrio titulado Mérida que se ubicaba en la calle 69 entre 64 y 66, y que el primer baile del Club de los 13 se realizó en la casa del señor Delfin G. Cantón en la calle 60 entre 51 y 53 en el que participó la Orquesta del Indio Vázquez, que fue la primera en Mérida en incluir una batería al frente del grupo estaba “El Negro Moguel”[7]

Al finalizar el siglo XIX, y en medio del auge henequenero varias iglesias de la ciudad fueron reformadas, entre ellas la ermita del profeta por donación del hacendado Manuel Zapata Bolio. Entre las mejoras estuvieron el retablo mayor traído de Valencia, España hecho en caoba y concluido en 1904:

El retablo es de un gusto sobrio y se levanta sobre un zocalo de mármol negro velado. Sobre este zocalo, se van acondicionando hábilmente marmoles de otros colores, formando las ojivas que abren los nichos y se van repartidas discretamente las columnas.[8]

Al sur del templo, en el espacio que probablemente formaba parte importante de la fiesta del patrono en la que se instalaba el tablado de toros y llegaba el circo[9], se colocó en 1909 la estatua de Benito Juárez, sitio en el que hasta hoy las autoridades del Estado llevan a cabo el homenaje al oaxaqueño cada 21 de marzo, día de su natalicio.

Al fondo los arcos moriscos de la sacristía de San Juan, lugar de reunión de los “sanjuanistas”. Al frente el Monumento a Benito Juárez.

Frente al templo se formó el actual parque alrededor de “La Negrita”. Replica de una fuente traída de París para adornar la Plaza de la Independencia hacia el año de 1872 y que permaneció ahí hasta finalizar el siglo, cuando fue trasladada a la plaza de Santa Ana en la que estuvo hasta 1917 cuando se colocó ahí la estatua de Andres Quintana Roo. En aquellas fechas habrá llegado a su actual ubicación.[10]

El parque perdió su enverjado durante el gobierno revolucionario de Salvador Alvarado y hasta hace relativamente poco, corría una calle entre la iglesia y el parque, lugar al que los últimos carnavales que corrían por el centro de la ciudad veían terminado el derrotero iniciado en el Monumento a la Patria.  Ahora es el punto de encuentro para el recorrido de reciente instauración llamado “El Paseo de las Animas” que parte hacia el Cementerio General.

En la ruta al aniversario 250 del actual Templo de San Juan Batista (23 de junio de 2020), se organizaran diversas actividades, fue la primera de ellas la conferencia del Dr. Jorge Castillo sobre los sanjuanistas realizada en el templo el mes pasado. Si quiere seguir estas actividades puede hacerlo a través del sitio en Facebook de la Catedral de Mérida.

[1] de la Garza, M., Izquierdo, A., León y Tolita Figueroa, M., & Figueroa, T. (1983). Relaciones Histórico-geográficas de la Gobernación de Yucatán. México: Universidad Nacional Autónoma de México. p. 83

[2] Gonzáles Dávila, G. (1649). Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias Occidentales, vidas de sus arzobispos y obispos (2004 ed.). (J. Pérez Paniagua, M. Viforco Marinas, & J. F. Domínguez Domínguez, Edits.) León: Universidad de León. p. 391

[3] López de Cogolludo, D. (1688). Historia de Yucatán. Madrid: Juan García Infanzon. p. 218

[4] Lara y Lara, H. (1966). El barrio de la Ermita de Santa Isabel: un rincón colonial de Mérida. Mérida: Gobierno del Estado de Yucatán.

[5] Montejo Baqueiro, F. (1986). Mérida en los años veinte. Mérida: Maldonado Editores. p. 243

[6] “El barrio de San Juan”, Zulaga Suárez, José. Diario del Sureste. Abril de 1966.

[7] El barrio de San Juan”, Zulaga Suárez, José. Diario del Sureste. Abril de 1966.

[8] La Revista de Mérida, 23 de julio de 1904

[9] LXI -1886 -3/4 -036 Francisco Quijano pide se le exima de los arbitrios que debe pagar por las funciones de circo que se darán en la próxima fiesta de San Juan [manuscritos] / Francisco Quijano, Filomeno Burgos, Escalante Lara

[10] Cirerol Sansores, M. (1966). Nuestra Linda Mérida. Mérida p. 24

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*