Historia del Convento de Monjas Concepcionistas

Distinguido edificio meridano el Convento de las Monjas Concepcionistas, cuyo imponente mirador domina el angulo poniente de nuestra ciudad y desde donde las monjas de claustro, aquellas cuyos votos les confinan a permanecer en el interior de su convento, podían observar el horizonte del mundo al que habían renunciado.

Este, el único convento para mujeres de la península, esta próximo a cumplir 150 años de su clausura ocurrida el 12 de octubre de 1867 al hacerse cumplir las leyes de reforma dictadas el 26 de febrero de 1863 habitaban entonces  veinte religiosas de clausura dedicadas a al cultivo de huertas, al asilo de mujeres desvalidas así como a la enseñanza de niñas.

Al finalizar el siglo XVI se hizo evidente en la sociedad meridana, la necesidad de un sitio de recogimiento para las mujeres que, según lo dictado en la época y por distintas razones no hubiesen alcanzado la vida matrimonial.

Yucatán era gobernado entonces por Antonio Vozmediano (1586 – 1593) quien solicitó el apoyo de los vecinos de la región para poder edificar el convento siendo Fernando de San Martín quien más apoyo a la causa.  Cogolludo recogió que fueron de Valladolid de donde también llegaron apoyos para la obra; se solicitó al rey que dispusiera asignar alguna renta para el sostenimiento de las religiosas, era el año de 1589.

“Monjas” es el título con el que se conocería hasta nuestros tiempos al conjunto religioso que se construiría en el poniente de la plaza grande y es que como ya se ha mencionado, es el único en su tipo en toda la península. Esto se debe a que la pobreza de la región complicaba el sostenimiento de instituciones de este tipo.

Las religiosas tomarían posesión del Convento en junio de 1596, las fundadoras provenían del Convento Concepcionista de la Ciudad de México, aquel convento de la capital de Nueva España fue fundado en 1540 por Fray Juan de Zumarraga, primer arzobispo de México.

El templo que acompaña al convento fue realizado entre 1610 y 1633 y el fraile Cogolludo le describe así “Es la fábrica obra de mampostería, cubierta de bóveda de una nave alegra y capaz. Tiene además del altar mayor otros tres en el cuerpo de la iglesia, el uno a la banda del sur, y dos a la norte, siendo el más celebrado uno de Santo Domingo Soriano, porque por intercesión de este glorioso santo confiesan los fieles muchos beneficios de la Majestad Divina que reciben encomendándose a el. Para consumar esta fábrica, fue necesario gastar mas de catorce mil pesos de dotes de las religiosas, que se privaron de aquella renta con mucho gusto porque la Majestad de Divina fuese con mas decencia venerada en este santo templo.”

Cogolludo escribe a mediados del siglo XVII la obra “Historia de Yucatán”  y en el pasaje dedicado al convento también describe la difícil situación económica por la que, como se había advertido, pasaba el convento. “La vivienda interior se dice, que es estrecha la tierra calurosa, y con decir que desde la fundación hasta hoy no ha tenido el convento para dar vestuario a las religiosas, se manifiesta bien cuan pobremente lo pasan.”

Por el año 1645 el gobernador Esteban de Azcarraga construyó sobre el templo el característico mirador del Convento, único en su tipo.

Durante el siglo XVIII el convento alcanzó mayor esplendor y logro conseguir cuantiosas sumas de dinero que fueron enriqueciendo las arcas de las religiosas. El convento llego a abarcar desde la calle 64 hasta la calle 68.

En 1821 se cumplieron las disposiciones de las Cortes de Cádiz en contra de las ordenes mendicantes, únicamente se salvaron las monjas concepcionistas.

“En 1825 el obispo Pedro Estévez logró que se anulase la ley de las cortes españolas sobre la extinción de las comunidades religiosas, y el 8 de marzo del mismo año el Congreso expidió un decreto para reabrir el noviciado de las religiosas concepcionistas de Mérida, en cuya iglesia había fijado el mismo prelado el centro de la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús” (Grosjean, 2009)

Entre los años 1834 y 1836 el explorador Frederick Waldeck escribió sobre la situación de comodidades de las que gozaba el Convento:

“Mérida es quizá el único punto en el mundo cristiano donde las monjas gozan de una libertad absoluta en el recinto del claustro, y donde sin embargo observan mejor la prohibición de comunicarse con los hombres. Únicamente el médico penetra en el convento para asistir a las enfermas y durante toda la visita esta acompañado de puerta en puerta por viejas monjas de rostro avinagrado. Cada religiosa tiene 3 y hasta cuatro piezas, con jardín, muchas tienen criadas. Sus bienes son privados y no comunes. La más pobre goza de un alojamiento conveniente, de una alimentación abundante y sana. Aunque cada una tenga su habitación particular, 2 religiosas pueden vivir bajo el mismo techo. Se encargan de costura para fuera, fabrican chocolates en tablillas, hacen pan, tortas y dulces y suplen con ello la insuficiencia de sus recursos pecuniarios. Una muchacha que no tiene más de $1,000 por todo capital, se hace monja desde que perdió toda esperanza de casarse y con esta suma vive tranquilamente el resto de sus días. Las que no poseen absolutamente nada y que son demasiado virtuosas para ganarse la vida en la prostitución, pueden hacerse admitir en el convento en calidad de domésticas y sirven a aquellas de sus compañeras que tienen recursos para alimentarlas ¿por qué todos los monasterios no ofrecen un espectáculo tan edificante?”

Tras el restablecimiento de la república en Yucatán tras el fallido Segundo Imperio Mexicano, se ordenó al gobernador Manuel Cepeda Peraza se cumpliese la disposiciones de las leyes de Reforma que incluía exclaustar a las monjas.

Un grupo de mujeres encabezadas por doña Pascuala Argüelles, esposa de Cepeda Peraza, envió una súplica al presidente Juárez “Pidiéndole a nombre de la humanidad, de la justicia y de la libertad, y por lo innumerables hechos y razones aducidas, se digne exceptuar el convento de Religiosas Conecpcionistas de esta ciudad de la Suprema Ley General de exclaustración […] decretando permanezca tal como hoy está, en todo y por todo.” En la misiva se exponían los beneficios en los que obraban las monjas concepcionistas tales como el asilo a ancianas y la educación de niñas.

Sin embargo la petición fue negada y aunque el gobernador les permitió fundar ahí una escuela que ellas mismas administraran tuvieron que negarse a esta propuesta pues el obispo considero que tal actuar era consentir la secularización de las religiosas.

“Así, el 12 de octubre de 1867, día de la expulsión, se dice que el citado coronel don Matías de la Cámara, a impulsos de fobia clerical llegó al extremo de situarse en la puerta del convento, y armado de un fuete se dedicó a injuriar a las religiosas que iban saliendo, amenazándolas con azotarlas si no se marchaban pronto. Sin embargo, la reverenda madre abadesa y las 19 religiosas expresaron “sólo dejamos de ocupar este recinto por la fuerza” (Grosjean, 2009). Era abadesa del convento Sor Epifanía Sierra, hermana de Justo Sierra O’Reilly.

Otro evento sucedido durante la exclaustración fue el siguiente, descrito por Juan Francisco Molina Solis:

“Mientras tanto la calle colmada de curiosos, la banda republicana de música militar ejecutaba marchas y otros marciales aires. Una vez terminada la exclaustración, insatisfecho el coronel, penetró montado a caballo en el templo anexo de las monjas y dirigiéndose al presbiterio, tuvo la osadía de encender su cigarro con la lámpara del santísimo sacramento. Ya satisfecho retornó a su casa donde le esperaba una “grata” sorpresa: su madre Doña Asunción Sosa, enérgica mujer y piadosa cristiana de tradición, quien acababa de enterarse de las hazañas de su hijo en aquella mañana. Después de echarle en cara amargamente su vergonzosa conducta, ordeno a dos fornidos mozos de su servidumbre sujetar firmemente al coronel, a quien sin miramiento alguno, propinó ella misma, soberana paliza que el milite —en plena adultez— hubo de recibir con charreteras, espada, espuela y todo. ¡Mentecato! —gritaba doña “chona”— ¡conque “chicoteaste” a las madres! […] ¡Pues ahora te “Chicotéo” yo a tí!”

En marzo de 1868 el gobierno local ordenó el fraccionamiento en lotes del ex convento, los cuales fueron vendidos. Después se abrió la calle 66 entre las 61 y 63 nombrada como “Juárez”.

El espacio que ocupaba el templo fue destinado para escuela de niñas . Según el catálogo de construcciones religiosas de Yucatán fue hasta la llegada de Alvarado cuando se destruyeron los retablos del templo para posteriormente ponerse a disposición de la Comisión Regulador de Henequén, institución que le convirtió en bodega hasta septiembre de 1920 cuando regresó al clero.

Actualmente el conjunto sirve al culto religioso como el Templo expiatorio de Nuestra Señora de la Consolación, el gran claustro del convento funciona como casa de las artesanías y la casa de cultura del mayab, lugar donde en los años cincuenta se estableció la escuela Adolfo Cisneros Cámara.

Fuentes.

  • Sergio Grosjean, El Convento de Monjas de Mérida la de Yucatán.
  • Documentos para la historia de la exclaustración de las R.R. M.M. Concepcionistas de Mérida de Yucatán [folletería] / Gabriel Aznar.
  • Catálogo de Construcciones Religiosas del Estado de Yucatán / formado por la Comisión de inventarios de la cuarta zona, 1929-1933

Sergio Ceballos Castillo

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