La Alameda de Gálvez o el Paseo de las Bonitas

El término “Alameda” debió aludir originalmente a un paseo en cual destacaban los árboles de aquella especie; Álamos. Sin embargo el dicho popular ha querido que se acepte como definición de cualquier paseo con árboles sin distinción de especie.

La tradición de las Alamedas nació en España durante el siglo XVI, teniendo como figura pionera la Alameda de Hércules en Sevilla construida entre 1574 y 1579. La construcción del paseo respondía a la necesidad de circulación de los coches de caballo que ya habían alcanzado generalización y cuyas necesidades correspondían ya a un tema importante dentro de la urbanización de las ciudades, aunque al pasar del tiempo los carruajes se convirtieron en medios de sociabilidad y galanteo.

Ya convertidos en espacio de recreación, esparcimiento y cortejo; los paseos fueron exportados a América para disfrute de los vecinos de aquellas nacientes ciudades. En 1592 se trazó la Alameda de la ciudad de México, considerado el primer jardín de América construido a instancias del Virrey Luis de Velasco quien propuso al ayuntamiento su construcción para la “recreación de los vecinos”.  (Mir, 2015)

La ciudad de Mérida careció de este tipo de sitios de esparcimiento hasta 1730 cuando el gobernador Antonio Figueroa y Silva estableció un paseo entre el Palacio Episcopal y la entonces recién construida Iglesia de Santa Ana. Este paseo estuvo embellecido por arcos que corrían por el espacio mencionado y que se iniciaban con uno en las cercanías de la capilla de Santa Lucía y concluían con uno en lo que hoy esta marcado como el cruce de la calle 47 por 60. De este paseo apenas hay referencias, aunque se sabe que hasta principios del siglo XX aún existían los restos de algunos de los arcos que lo componían, mismos que fueron eliminados durante las reformas que hiciera en la ciudad el gobernador Don Olegario Molina Solis. Durante el gobierno del militar José Merino y Ceballos trazó un paseo en las cercanías de la ciudadela de San Benito aunque nunca fue usado como debería; sitio de esparcimiento.

El anciano José Merino, fue sustituido en el cargo por Don Lucas de Gálvez y Montes de Oca quien se encargaría de emprender obras de embellecimiento de la ciudad. El nuevo gobernador, quizá se influenció en el paseo de San Pablo, de su natal Écija en Sevilla para idear la Alameda principal de Mérida.  Según la placa, que aún se encuentra en la zona la Alameda de Gálvez se inicio en 1789 y concluyó en 1790.

La Alameda se construyó en el espacio que hoy se conoce como la calle 65 entre 54 y 56, el costado norte de la ciudadela de San Benito.

Geronimo Castillo Lenard, realizó en 1866 una descripción técnica de la Alameda de Gálvez en su inconclusa obra “Diccionario histórico y monumental de Yucatán” en la cual se refiere:

La Alameda corre de Oeste a Este entre la ciudadela de San Benito y el cuartel llamado de Milicias. Tiene ciento setenta y cinco varas de longitud y el ancho correspondiente, dividido éste en tres calles, una central para la gente de a pie y dos laterales para los jinetes y carruajes: la calle central tiene treinta y un escaños de piedra de sillería por cada lado, y las colaterales están cerradas con pretiles de poca altura, de modo que pueden salvarlos fácilmente los transeúntes: las tres calles ostentan en sus extremos pirámides, obeliscos y jarrones no de mal gusto.

En su construcción primitiva tenía una glorieta en el extremo; pero el año de 1834 o 1835, gobernando el general D. Francisco de Paula Toro, se formó otra en el centro lo que verdaderamente fue una mejora así como las escalinatas que en lugar de las antiguas poco elegantes, se construyeron en las dos entradas principales; más en cambio fueron sustituidos a los siempre verdes y frondosos robles que había, naranjos, ciprés y otros árboles que exigen continuo riego

Por los años de 1815 a 1816 se colocó en la glorieta del Oeste, a expensas del teniente de gobernador y auditor de guerra Lic. D. Juan López Gavilán, una estatua de piedra de sillería del rey D. Fernando VII, pero a pesar de la verja de fierro que tenía, una noche, después de restablecida la constitución española a 11 de mayo de 1820, fue asaltada, habiendo amanecido el monarca con un sombrero de vaquero en la cabeza, una cuerda al cuello y un plátano en la mano en lugar de cetro. Practicaronse diligencias judiciales sobre el particular, y aun fueron reducidas a prisión algunas personas por sospechas, más o menos fundadas, pero nada se descubrió, y al gin hubo que sobreseer en la causa. (Castillo, 1866)

Reconstrucción de la Alameda de Ernesto Solis Puente (1972)

Reconstrucción de la Alameda de Ernesto Solis Puente (1972)

La estatua de Fernando VII es aquella que se conoció popularmente como “El Monifato”. Recibió este nombre debido a la poca gracia que tiene la estatua; algunos cronistas consideran que los artesanos que fabricaron la imagen eran enemigos de la monarquía borbónica por lo que realizaron la estatua de forma poco favorable para la imagen del rey. Aunque quizá la fealdad de la efigie tenga que ver con la falta de escultores de calidad en la provincia, pues en Mérida apenas se conocieron esculturas de calidad y las pocas que se distinguen en la ciudad datan de finales del siglo XIX. “El Monifato” fue rescatado por algún vecino curioso y le colocó en el techo de su casa en la calle 65 por 42, la esquina se conoció por ese nombre.

A la izquierda la estatua de Fernando VII "El Monifato", a la derecha la placa alusiva a la conclusión de la obra de la Alameda.

A la izquierda la estatua de Fernando VII “El Monifato”, a la derecha la placa alusiva a la conclusión de la obra de la Alameda.

Otra descripción de la Alameda de Mérida, la encontramos en los apuntes que hizo el explorador estadounidense John Stephens Lloyd durante su estancia en Mérida en el año de 1841; Stephens recorrió la península interesado en las ruinas de la civilización maya.

Cuando hubo pasado la multitud, nos dirigimos hacia la Alameda. Este es el lugar principal de paseo de Mérida, y consiste en una amplia avenida pavimentada, con una sucesión de bancos de piedra a cada lado y detrás, también a ambos lados, un paseo de coches sombreado por hileras de árboles. A plena vista, y confiriendo a la escena una belleza pintoresca, se alza el Castillo, una fortaleza en ruinas con bastiones de oscura piedra gris sobre los que asoman las torres de la antigua iglesia franciscana que ocupa el interior, de aspecto romántico y evocadora de la época de la conquista española. Cada domingo tiene lugar el paseo alrededor del castillo y a lo largo de la alameda, y aquel día, con ocasión de fiesta, era uno de los mejores y más alegres del año.

Lo más llamativo del paseo, su vida y su belleza eran sin duda las calesas. Aparte de uno o dos calcetines y de algún negro carreron cuadrado que de cuando en cuando afean el paseo, la calesa es el único carruaje habitual en Mérida. La caja se parece en cierto modo a la de nuestros antiguos calesines, solo que mucho mayor, y se apoya en el eje un poco por delante de las ruedas. Va pintada de rojo, con ligeras cortinillas de vistosos colores para proteger del sol, y tirada por un solo caballo montado por un muchacho; un carruaje simple, fantástico y peculiar de Yucatán. Cada calesa lleva dos y a veces tres damas, y en este último caso la más guapa va sentada en medio y ligeramente adelantada, todas sin sombrero ni velo, pero con el pelo hermosamente peinado y adornado con flores. Aunque expuestas a las miradas de millares de personas, no muestran ningún descaro en sus maneras o aspecto, sino al contrario un aire de modestia y sencillez, y todas tienen una expresión dulce y afable. En realidad, paseando sin compañía a través de la nutrida multitud de viandantes, parece como si su propia gentileza les sirviera de protección contra cualquier insulto.

Nos sentamos en uno de los bancos de piedra de la Alameda entre la bella y alegre juventud de Mérida. (Stephens, 1841)

Según la crónica de Stephens, podríamos deducir que fue durante mediados del siglo XIX que se habló de la Alameda con el mitificado nombre de Paseo de las Bonitas. Podemos concluir por las fuentes citadas; que la Alameda de Mérida funciono hasta finales de la década de 1870, pues por aquellos años la exploradora Alice Dixon Le Plongeon fotografió la zona sin que en ella se pudiese apreciar algo de lo descrito por Stephens o Castillo Lenard.  El profesor Paulino Novelo Erosa menciona que fue en 1881 cuando se desmontó la Alameda definitivamente. Las bancas que menciona Stephens fueron trasladadas a la Plaza Grande y posteriormente serían trasladadas al Parque del Centenario.

"The Alameda" fotografía de Alice Dixon del espacio conocido como la Alameda; aunque como se aprecia no parece existir el mobiliario original.

“The Alameda” fotografía de Alice Dixon del espacio conocido como la Alameda; aunque como se aprecia no parece existir el mobiliario original. Fotografía de la década de los setenta del siglo diecinueve.

Por aquellos años, gobernando Yucatán Manuel Cirerol y Canto (1870 – 1872), se iniciaron las transformaciones en los parques de la ciudad, sin que en este proyecto renovador se incluyera la reconstrucción o rescate de la Alameda.  En 1883 se construyó el Parque Eulogio Rosado en lo que fue el extremo poniente de la Alameda, por aquella misma década se estableció el mercado Lucas de Gálvez lo que provocó que la zona se convirtiese en una zona comercial que florecería hacia el final del siglo XIX y principios del XX, terminando con cualquier vocación recreativa que tuviera aquella calle, y adoptando el nombre de “Calle Ancha del Bazar”. El concepto de Paseo se trasladaría al norte de la ciudad en lo que sería el Paseo de Montejo iniciado en el año de 1888.

Referencias.

Mir, Á. R. (2015). Alamedas, paseos y carruajes: función y significación social en España (siglos XVI-XIX). Sevilla: Universidad de Sevilla.

Castillo, Gerónimo. (1866). Diccionario Histórico y Monumental de Yucatán. Mérida: Yucatán.

Stephens, John. (1841). Incidentes del Viaje a Yucatán. México. Fondo de Cultura Económica.

Montejo Baqueiro, Serapio D. Mérida en los años veinte, Mérida, Maldonado Editores, 1986.

Sergio Ceballos Castillo

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