“La Peni”: Historia de la Penitenciaria Juárez.

Fue inaugurado este penal el día primero de febrero de 1895, siendo el gobernador de Yucatán el Lic. Don Carlos Peón.

El 13 de septiembre de 1886, el entonces Gobernador del Estado, Gral. Don Guillermo Palomino, sancionó el decreto de la XI Legislatura yucateca en que se autorizó la construcción del edificio, y el 6 de enero del año siguiente fue colocada la primera piedra y se iniciaron así los trabajos de conformidad con el plano levantado por el Ing. D David Casares, cuyo plano fue reformado en 1887. En este año y los dos siguientes, se construyó el primer muro circular y quince piezas del departamento de administración con su corredor correspondiente y una parte de la galera No. 3 (la central), bajo la dirección del Ing. D. Rafael R. Quintero, habiéndose empleado en todo ello, la cantidad de $47,313.00 centavos.

En los años de 1890 a 1893, durante el Gobierno del coronel D. Daniel Traconis, se continuaron los trabajos, empleándose la cantidad de $27.238.32 centavos, y tomaron mayor impulso en los primeros meses del Gobierno del Lic. Peón, siempre bajo la dirección del Ing. Quintero, haciéndose a destajo, por contratas con tres diferentes alarifes encargados de otros tantos derroteros de la obra. En el lapso final de diez meses quedó concluido el edificio para inaugurarse  en la fecha antes dicha habiéndose empleado en esta tercera época $76,026.96 centavos, que unidos a las cantidades anteriores suman $150,578.28 centavos, valor total de la parte inaugurada, pero sin incluir el valor del terreno donde se edificó, que fue obsequiado para ese objeto por sus propietarios don Aznar Pérez y Lic. Don Carlos Peón, dueños de la quinta “Santa Catarina”.

Los anteriores datos económicos constan en el informe leído el día de la inauguración por el Ing. Quintero, publicado en la prensa de aquellos días (“La Revista de Mérida”) en que se da la crónica suscita de dicho suceso.

Apadrino el acto inaugural, en representación del Presidente de la República, el Presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado, Lic. Don José E. Castillo quien colocó la última piedra del edificio, y recordamos, tomándolo de la aludida crónica, que fue aquel suceso una verdadera fiesta, a la que concurrieron todo Mérida y numerosísimas personas que de exprofeso llegaron para ello, del interior de la península, no obstante lo cual solo a muy contadas se permitió la entrada al edificio en el momento solemne de la inauguración. Después de esta si se franqueó  la entrada, y, en determinadas horas hasta el 15 del mismo mes, se permitió el acceso a todos los que quisieron llegar hasta el interior del nuevo penal. Usted puede observar que aún existen en el edificio las rejas originales que señalan esta etapa constructiva.

En aquel tiempo, la hoy avecindada calle 59, desde poco más allá de la plaza de Santiago (hoy Santos Degollado), era una calle solitaria y triste hasta sin embanquetado y mucho menos, pavimentado; de lado y lado solo había solares poblados de vegetación silvestre, cercados de albarradas, diseminadas casas de palmas y algunas con cultivos que atraían a los visitantes algunas veces; no había tranvía hasta el moderno edificio cuya distancia del centro parecía enorme: y sin embargo el día de la inauguración los siguientes, era una verdadera romería aquel ir y venir de gente que visitaba la penitenciaría, haciendo el viaje a pie, la mayor parte del público, o bien en nuestros coches de sitios, nuestros “coche-calesas” que han perdurado has ahora.

Los presidarios que en número de ciento treinta y tres, se hallaban en la cárcel de la ex ciudadela de “San Benito” (que había funcionado desde 1867 como tal), fueron trasladados a la penitenciara “Juárez” el sábado 29 de junio del mismo año de la inauguración (1895), escoltados en su traslado por un piquete de tropa de 6º. Batallón federal, la gendarmería, la policía municipal y la Guardia Nacional, y alojados en las celdas de la galería número 3. En seguida se pasó la visita del tribunal superior de Justicia del Estado, presidiéndola el Lic. Nicolás Moguel.

Hasta aquí la crónica hecha por Carlos Escoffie en 1930. En 1906, la cárcel fue reformada de acuerdo con el modelo Penitenciario del Porfiriato cuyo objetivo era conseguir reformar a aquellos que habían faltado a las normas de convivencia. Esta remodelación transformo el edificio a como lo conocemos actualmente.

Fue dirigida la obra por el Ingeniero Militar Salvador Echegaray, y para la inauguración ocurrida a principios de febrero de 1906, se contó con la presencia del presidente Porfirio Díaz.

Funciono como penitenciaria hasta el 27 de agosto de 1981 cuando los reos fueron trasladados al nuevo. Durante los años en los que funciono como la cárcel, acumulo un número inimaginable de historias y relatos.

A continuación se reproducen fragmentos del reportaje que público el Diario de Yucatán el 1 de agosto de 1981, tras el traslado de los presos al nuevo CERESO:

Lo primero que encontraron los reporteros del Diario en su recorrido, durante el que fueron acompañados por el alcaide Ermilio Vela Pérez, fueron varios envoltorios de tortillas y decenas de bolillos desperdiciados por el suelo. Extraña actitud de los reclusos al momento de abandonar el penal. Una de sus preocupaciones más serias es el alimento diario, y las tortillas y el pan quedaron tirados por el piso, como en las fiestas donde sobre qué comer.

Las 5 galeras desembocan en un espacio conocido como “la redonda” donde se reunían la mayoría de los internos a ver televisión o, simplemente a platica, aunque debe aclararse que algunos de ellos llegaron a tener esos aparatos en sus mismas celdas. “Todo es cuestión de las posibilidades económicas”, explico Vela Pérez.

Contra lo que puede pensarse, los presos tienen inclinación más pronunciada hacia las cosas religiosas, que hacia cualquier otra actividad. Así se demuestra en el edificio de la Avenida Itzaez. En la mayoría de las celdas de cada una de las galeras –largos pasillos con pequeños cuartos a los lados- hay altares construidos con imaginación e ingenio dedicado a diversas imágenes principalmente a la Virgen de Guadalupe.

Pero no solo es cuestión de imágenes. También de citas bíblicas “Este es mi mandamiento: que os améis como yo os he amado”, se lee en una de las paredes del “gimnasio” que se encuentra en el interior de la galera No. 1.

Los altos muros, por donde muchas veces pasaron las famosas pelotas rellenas de mariguana, igual que las viejas y sucias paredes, parecen recordar con nostalgia a sus inquilinos. Hoy, los pasillos del penal están llenos de desperdicios y viejas pertenencias que no alcanzaron a viajar en el cambio.

El inmueble es mudo testigo de penosos acontecimientos que se vivieron en su interior y estremecieron a la sociedad yucateca en algunas ocasiones, y al país entero en otras veces: las muerte del “Conkalito”, la jerarquía que estableció entre sus compañeros “El jefe Espadas”, el intento de fuga y homicidio posterior de los asaltabancos el 6 de septiembre de 1970, el asesinato del “Chop” Santamaría, por ejemplo.

La galeras tienen la misma forma y tienen acceso a los patios donde los presos tomaban el sol o hacían algún ejercicio como jugar béisbol o futbol, en terrenos improvisados y valiéndose de los implementos con que los dotaban las autoridades carcelarias o el donativo generoso de algún visitante.

En la galera No. 1 estuvieron la mayoría de “los colombianos”, los que llegaron por “delito de droga”. Uno de ellos contaba con las posibilidades que mencionaba el alcaide. Su celda, aun cerrada porque quedaron algunas de sus pertenencias, tenía cama, mosquitero, estufa de dos quemadores, televisión, varias neveras de corcho, 2 pequeñas mesas, dos sillas y enseres de cocina.

Esa misma galera esta lo que se utilizaba como celda de castigo, que venía a ser la cárcel dentro de la misma cárcel. Vela Pérez aseguro que “don Ramito (Bautista Garduño) suspendió los castigos desde hace varios meses. Solo eran encerrados los que robaban a sus propios compañeros”.

En todas las galeras hay una línea roja pintada en el piso de principio a fin de largo pasillo. Ese era el sitio indicado donde tenían que pararse los reclusos al momento de pasar lista: a las 6:30 de la mañana y a las 5:30 de la tarde cuando ya se tenían que cerrar con candados y cadenas las galeras. Los celadores –también reclusos- eran los encargados de entregar las llaves al alcaide una vez cubierto el trámite de la lista de presencia.

Uno de los presos más populares, por el número de veces que fue encerrado, fue Mario Bencomo Aké, recientemente atropellado y muerto en Progreso.

Una semana antes del cambio –explico Vela Pérez-  fue “quinceado”. Así se les llama a quienes son enviados al penal para purgar una pequeña pena de 15 días. Cuando faltaban dos días para cumplir con su castigo, el director ordenó su libertad porque ya el cambio de presos al nuevo penal era inminente. Al día siguiente Bencomo fue atropellado en el vecino puerto y murió.

 “La talacha” era una obligación que se impone al reo y que puede consistir en lavar los pisos, el baño o deshierbar, según las necesidades del propio edificio. Aquellos con posibilidades pagaban a otros compañeros de castigo para que estos cumplieran con “la talacha” correspondiente.

La navidad es una fecha muy importante para los reos. En ese tiempo, el director Bautista Garduño organizaba concursos entre los ocupantes de las diferentes galeras, consistentes en confeccionar adornos propios de la época que se ponían a la entrada de cada galera. El ganador tenía premio.

En la celda No. 43 de la galera No. 2 estuvo preso Felipe Carrillo Puerto. Ese es un recinto donde solo se permitía la entrada al momento de arreglar el sitio. “Todos los días tenían que hacer “talacha” aquí, nunca se ocupó esta celda”. Felipe Carrillo Puerto estuvo en la prisión entre el 23 de diciembre de 1923 y el 3 de enero de 1924

Al fondo del cuarto hay una efigie del líder yucateco tallada en madera y con la inscripción M.C Cachón 1947. A un costado, una placa alusiva a Carrillo Puerto y a la entrada, un aviso escrito en cartón: “Se prohíbe el paso y tirar basura. El que lo haga será acreedor a 3 “talachas” personales” (de esos que no se pueden pagar sino que se tienen que cumplir).

El lugar que ocupo durante el mismo tiempo el Lic. Manuel Berzunza, ilustre acompañante del exgobernador yucateco, es una pequeña celda del departamento que durante los últimos años fue destinado a las mujeres. También ha en el lugar una placa alusiva.

Por cierto, el sitio destinado a las 31 mujeres presas es de los más limpios del edificio abandonado. Está ubicado en el sector conocido como el “norte”. Cuenta con “bateas” y 6 baños individuales, es bastante ventilado y, al decir del alcaide, tenía camas para todas las internas.

En uno de los sectores del norte, Vivian 8 reclusos encerrados por delitos especiales. Entre ellos estaba “El Delfín” (el alcaide no recordó su nombre, “aquel asaltabancos muy famoso”. En el lugar esta lo que un día funciono como lo más temible para los presos y que causa sombro a quienes conocen el interior de una prisión: La bartolina.

Aspecto actual.

Aunque ya no funciona el espacio de castigo, (la puerta esta tirada en uno de los patios de “la antigua peni”), se puede apreciar lo terrible que debió haber sido para quienes la tuvieron que ocupar en alguna ocasión. Pese a ser espaciosa, la bartolina es oscura y no tiene ningún tipo de ventilación. La entrada, donde estuvo la puerta, es de apenas 60 centímetros.

La puerta era de hierro y con un pequeño espacio de 15 por 15 centímetros donde se introducían los alimentos de los castigados. El cuarto, de unos 3 metros de largo por 4 de anchos y con altos techos, “hace como dos años que dejó de ser bartolina y se convirtió en lugar donde podían vivir algunos presos”.

Vela Pérez, por cierto dijo unas palabras que muy probablemente son compartidas por muchos ex huéspedes del antiguo inmueble: “Me da pena irme de aquí, ya me había acostumbrado”.

Hasta aquí los fragmentos del Diario; la penitenciaria desde entonces ha funcionado como oficinas de Gobierno, lo que ha permitido mantener el inmueble en un relativo buen estado. Actualmente alberga el foro alternativo Rubén Chacon y el Centro Cultural del ISSTEY.

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