Los cines de Mérida en los años veinte

Andrés Ayuso Cachon (1978)

Cada uno de los alumnos que cursan en el sexto, cuarta sección de la Escuela “Hidalgo” y por supuesto los de otras aulas, tenían amigos con los que formaba grupo y compañía para asistir a los actos deportivos y sociales que organizaba la propia escuela o simplemente como compañeros para hacer “pudz escuela” cuando no teníamos la lección aprendida y no queríamos quedar en ridículo delante de los demás alumnos.  Los sábados solíamos reunirnos los que formábamos grupo intimo para ir al cine, que era una de nuestras diversiones predilectas, cuando aun nos sobraba algo de dinero que nos enviaba papá periódicamente o nos hacíamos préstamos entre si, como buenos camaradas que éramos, deuda que era saldada religiosamente en la primera ocasión.

Uno de los cines a que asistíamos con mas frecuencia, por estar ubicado en nuestro barrio era el “Esmeralda” de San Cristóbal. La entrada costaba 5 o 10 centavos. Como no existía entonces radio y mucho menos televisión y poca gente leía los periódicos, la publicidad del salón cine se hacía por medio de volantes de papel impreso que traía el horario, los actores, el nombre de la película y los precios; en la puerta del cine funcionaba un timbre intermitente que repicaba a gran velocidad, cuyo sonido se oía a varias cuadras de distancia, en señal de que ese día había función y se cerraban las puertas.

Para atraer a los caballeros, los dueños del cine ponían en práctica una estratagema que consistía en incluir en la parte baja del volante o “anuncios” ya dichos, un cupón que daba derecho a una dama para entrar a “gustar” la función gratuitamente. Estos anuncios los repartía un empleado en todas las casas del barrio, lo cual nos daba a nosotros una oportunidad de entrar al espectáculo, pues seguíamos discretamente, desde lejos al anunciante y cuando veíamos que la sala donde se tiró el papel estaba desierta, rápidamente entraba uno de nosotros y lo recogía y así, lográbamos reunir, a veces, hasta una docena de cupones, que en la noche, situados a media cuadra del salón vendíamos a las personas que iban al cine, a cinco centavos, ya que en las taquillas costaban diez. Cuando no teníamos cupones ni dinero para comprar nuestros boletos de entrada, solíamos “colarnos” escalando un poste del alumbrado eléctrico que estaba sobre la calle 50, para alcanzar el altísimo muro que había ahí, hasta que cierta vez nos atraparon los vigilantes y amenazaron con enviarnos a la policía. Jamás volvimos a intentarlo. Las salas de cines en ese tiempo estaban a la intemperie, si acaso un “tinglado” con techos de láminas de zinc cubría una parte del salón, para que , si llovía durante la función, los espectadores se refugiaran en ese lugar; cuando llovía antes de la función, ésta se suspendía debido al mal tiempo. No fue sino mucho tiempo después que se cubrieron con un techo como los vemos en la actualidad.

Las películas eran silenciosas porque no se había inventado aún el cine hablado; pero todos entendían muy bien, con solo la estupenda mímica de losa actores. Había películas como “El chico” por Charles Chaplin y Jackie Coogan y “La fiebre de oro”, donde Chaplin hacía gala de su genio y de su comicidad mímica; también se proyectaban cintas jocosas de Harold Lloyd y Buster Keaton. Cada película de largometraje constaba de cuatro o cinco rollos y después de pasar cada uno de ellos la máquina paraba para colocar un nuevo rollo, mientras en la pantalla aparecían anuncios por medio de unas placas fijas, como hasta hoy se hace en los intermedios. las películas de aventuras como “La moneda rota” y otras las dividían en tres episodios de a cinco rollos, de modo que tenían que pasar entres funciones. En el cine “Esmeralda” sólo había “cine” jueves, sábado y domingo.

Luego vinieron las grandes innovaciones en el cinematógrafo: el “vitáfono” que fue un invento que amplificaba grandemente el sonido de los fonógrafos por medio de magnavoces que se colocaban en el techo para anunciar las funciones, desapareciendo desde entonces el repiqueteo de los timbres eléctricos.

En este sistema se aplicó, asimismo, a las proyecciones de películas cinematográficas, que fue otra de las grandes innovaciones, pues se podía disfrutar de la imagen con voz y sonido. Este método de las cintas habladas consistía en que mientras se pasaba la imagen en la pantalla, la voz de los protagonistas, grabada previamente en un disco fonográfico, era puesto en el “vitáfono” o tocadiscos y se sincronizaba con la imagen para dar la impresión de que la voz venía directamente de los protagonistas, pero a veces resultaba que el disco se colocaba mal y se veía primero el movimiento de la boca del actor y después sonaba la voz o viceversa; en ocasiones se oía el galope de un caballo mucho antes de que éste se moviera.

Este inconveniente se superó más adelante al perfeccionarse una celdilla sonora impresa en la propia película. Vinieron después los prodigiosos inventos aplicados a la cinematografía, hasta llegar al cine a colores, tan común ahora; pero que en aquellos años ni remotamente se imaginaba nadie que algún día pudiera existir. Y todavía no sabemos qué inventos más sorprendentes veremos en los años por venir.

Cine Esmeralda

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