Mi amiga “La negra” de San Juan

Una de las tallas más carismáticas que adornan los parques de nuestra ciudad es la de “La negra” de San Juan; a diferencia de lo que ocurre en otras plazas de Mérida, esta no corresponde a ningún personaje ilustre de nuestra historia, aunque la plaza oficialmente lleva el nombre de “Parque Velázquez” en honor del sacerdote que reunió en su casa cural a aquel grupo de libre pensadores denominados “Los Sanjuanistas”.

Según recoge el multifácetico don Manuel Cirerol Sansores en su libro “Nuestra Linda Mérida” la biografía material de “La negrita” inicia en 1872. El Ayuntamiento de Mérida informa sobre los eventos más importantes ocurridos en aquel año y en el apartado denominado “Ornato Público” se escribe lo siguiente:

“En la plaza principal de esta Capital existe un jardín sembrado de flores y laureles y en sus calles centrales instaladas cómodas bancas de fierro, todo lo cual está a cargo de una comisión del seno de este Ayuntamiento que atiende a su cultivo por medio de un jardinero con sueldo de diez y seis pesos mensuales. Recientemente y por disposición de ese Gobierno se encargó a París una fuente de fierro fundido y bronceado que se recibió en el mes de octubre último y que se encuentra colocada actualmente en el lugar que corresponde, es decir en el centro de la misma plaza. Dicha fuente ha tenido un costo desde París a esta Capital, la cantidad de mil seiscientos veinte y cuatro pesos y veinte y tres centavos. La fuente se provee de agua como fuerza de un motor.”

Se instaló en la Plaza Principal de Mérida y según el mismo Cirerol Sansores su llegada provocó escándalo entre las beatas y babeos entre los viejitos por las formas de la estatua de la negra. Probablemente esta no correspondiese a una figura de ningún personaje en el deseo de estimular entre los meridanos la apreciación del arte. Parece ser que a muy poco de haber iniciado el siglo XX la mujer de esbelta figura desapareció de la Plaza Principal de nuestra ciudad y se dirigió al parque de Santa Ana, o al menos así lo describe el licenciado Santiago Burgos Brito en su relato “Los parques de nuestra Mérida”:

“La Plaza de Santa Ana tenía una fuente que no sé si cantara alguna vez como sus congéneres de otros lugares y que fue trasladada a San Juan a presenciar el paso lento de los fúnebres cortejos.”

El arqueólogo Cirerol sostiene que la estatua desapareció de la Plaza Grande por que alguien requería “establecer un negocito” en el centro de aquella. Y que cuando esta reapareció en el parque de San Juan, ya no correspondía a aquella original pues un “mandamás” la había llevado a su quinta; “cuyo nombre es sinónimo de aquel célebre Jefe del pueblo Hebreo, miembro de la Tribu de Israel y sucesor de Moisés”.

Al carecer “La negrita” de nombre y biografía, ha dado la libertad a los meridanos que por más de un siglo han sido testigos de su figura para que le atribuyan tal o cual característica.

El escritor Miguel Gamboa Carrillo escribió en diciembre de 1975 para el periódico novedades el relato “Mi amiga la Negrita”

La otra noche estaba de paso por San Juan, ese parque de rcuerdos de la infancia y de los “Sanjuanistas”.

Era una noche fresca y serena, y en las noches así los recuerdos adquieren una claridad estrellada. Siempre me ha gustado este parque, aunque hoy está mutilado, pues arrasaron diversos desastres sus corpulentos árboles, y la última depredación fue a anos de los “urbanistas”. Me dan nostalgia estos parques que ya no son lo que fueron. Por ejemplo, por donde yo vivo, en el Parque de San Sebastían, recuerdo que había unas poderosas palmeras enhiestas que movían altas, como torres. Ahí se urdían infantiles intrigas y había de esos asientos llamados “confidentes”. Hoy no hay nada de eso.

Pero San Juan sigue conservando una prosapia que le viene de si mismo, y su vecindad con el célebre Arco .

Aprovechando que no había nadie cerca, la dulce y gentil “aguadora” del torso desnudo, bajó de su sitial y se sentó junto a mi en la escalinata de la fuente. 

“La negrita” era deliciosamente pequeña, y por un instante me di cuenta de que no, no era de materia interte su cuerpo, sino era tibio en su morenidad. Sus pequeños pechos subían y bajaban en una rítimica respiración.

Huelga decir que ya nos conocíamos. Bueno, ella me conoció antes de que yo me diera cuenta de que existía…

-No -me dijo-. Lo que siento no es frio sino angustia, el friío del alma

-¿Por que? indagué

-Ustedes píensan que una estatua no siente, ni ve, ni oye… pero tú sabes que no es cierto…

-Es verdad -contesté. Me miró un instante con ojos de color de la noche y luego miró y fijó la vista a lo lejos.

-He visto cosas. Soy una condenada a ser joven eternamente a menos que me destruyan. Pero la alegría juvenil de mi alma se ha agotado ante los sufrimientos de mi ciudad y de mi pueblo. Las cosas han cambiado mucho. Antes esto -el parque- era una romería con los enamorados, con los árboles que indiscretamente daban sombra, viejos amigos que desaparecieron, incluso a mi me hicieron “desaparecer” algún tiempo; con los jóvenes que venían a estudiar para sus exámenes.

Me duele esto, y ver la pobreza de mi pueblo (…aquí entre nos; a veces me escapo para enterarme de “lo que pasa”, de los conflictos sociales que nos afligen y me pregunto: sobrevivirá esta ciudad que amo cómo hasta hoy? O se devorará a si misma? No sé. Como mujer, ansío que haya paz y pan para todos, que este pueblo sea mejor. A veces creo que será así. 

Y a veces yo pierdo la esperanza. Yo soy mexicana y yucateca (perdóname por hablar así siendo una estatua simplemente). Ojalá que el mañana resplandezca; entonces te juro que cuando esté allá, en mi sitio, aunque sea con una sonrisa de piedra, sonreiré. Es lo menos que puedo hacer.

Comprendí que los sentimientos la habían golpeado, pues de sus ojos corrieron lagrimas ardientes que no podía contener. 

Iba yo a decirle algo, cuando exclamó: “Alguien viene” y de un salto volvió a su sitio en su misma actitud serena de siempre volviendo a ser una bella figura inmóvil.

Yo tuve que irme. Y me alejé pensativo.

Cuantas cosas más habrá visto desde aquel diciembre de hace más de cuarenta años. Hoy la escalinata que describe el narrador ha desaparecido al igual que los cortejos fúnebres que tantas veces vio atravesar el antiguo arco de San Juan, sin embargo ahí esta aún “La negrita” viendo las continuas transformaciones de Mérida.

Bibliografía.

Burgos Brito, S. (1965). Los parques de Nuestra Mérida. Diario del Sureste .

Cirerol Sansores, M. (1966). Nuestra Linda Mérida. Mérida.

Gamboa Carrillo, M. (1 de Diciembre de 1975). Mi amiga “La negrita”. Novedades, pág. Suplemento Cultural.

 

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