El Palacio Episcopal y los 100 años del Ateneo II.

Continuamos con nuestro resumen de la historia del espacio que hoy ocupa el Ateneo Peninsular, y en donde antes estuvo el Palacio Episcopal, puede leer la primera parte aquí.

Ateneo Peninsular.

La obra de Alvarado.

Por otra parte, en su historia de la Iglesia en Yucatán  el historiador Don Francisco Cantón Rosado relata que las tropas del general Salvador Alvarado –unos 10,000 hombres-, al llegar a Mérida el 19 de Marzo de 1915, se alojaron en Catedral y el Palacio Arzobispal, pero desalojaron el templo el día siguiente y el día 24 salieron del Palacio.

El 5 de junio del propio año –dice Cantón Rosado- Alvarado incautó el Palacio Arzobispal e inauguro así su periodo “preconstitucional”. Ante esta acción, centenares de señoras, señoritas y caballeros de la sociedad de Mérida dirigieron un ocurso al gobernante solicitándole devuelva el Palacio a sus legítimos dueños: los Obispos.

Alvarado se negó y dijo que abriría una Escuela Modelo, pero lo que estableció fue un llamado Ateneo Peninsular.

El 24 de Septiembre del mismo 1915, a las 10 de la noche –afirma el historiador- vino por la calle 59 desde la estación de ferrocarril una manifestación formada por obreros de “La Plancha” y por trabajadores del muelle de Progreso. A las 11 llegaron frente a la Catedral, junto a Palacio de Gobierno, y dos oradores arengaron al pueblo.

“Si un diego de Landa –dijo el segundo orador- quemó los ídolos de los indios de Maní, otro Diego quemará hoy los ídolos de los fanáticos católicos”.

Está fue la señal, ya que después la turba se lanzó contra el templo, rompió la puerta de Catedral que da a la 61, e entro a seco en la iglesia y destruyo altares, vasos sagrados imágenes, oros objetos de culto, bancas y cuanto hallaron a su paso.

Al estilo Italiano.

El 11 de mayo de 1917, Alvarado devolvió a los sacerdotes la Catedral. El 17, una vez entregadas las llaves y aseado el templo se procedió a la solemne reconciliación a cargo de los canónigos Manuel Casares Cámara y José Servelión Correa. El templo ofrecía doloroso espectáculo sin sus imágenes y retablos.

“Quisiera referirme –expresa también don Francisco Cantón- a otra de las obras de Alvarado, que creyó el de las mejores y que no ha resultado así. Con el objeto de separar definitivamente el Antiguo Palacio Arzobispal de la Santa Iglesia Catedral, quiso construir una galería al estilo de aquellas que el viajero puede admirar en Milán y otras ciudades de Italia, una galería cubierta de cristales y que sirviera de calle. La hizo abrir destruyendo la antigua capilla de San José de Catedral, tomando el patio de la misma, la antigua sacristía mayor, unas bodegas y un aposento que sirviera antaño como cuarto de descanso de algún capitular, hasta salir a la calle 58, de modo que va de Poniente a Oriente. A esta galería que remata en dos arcos de mampostería uno frente a la Plaza de la Independencia y otro frente a la calle 58, le puso Alvarado Pasaje de la Revolución.

Modificaciones.

Hoy 1943 tiene el techo de cristales bastante deteriorado y solo los que tienen necesidad de atravesar el tal pasaje se aventuran por allí. La puerta de Catedral que daba al Palacio el mando a cerrar Alvarado pero hoy se ha vuelto a abrir.

Los arcos a que se refiere el historiador, al igual que los maltrechos cristales, los mando a desmantelar el gobernador Ernesto Novelo Torres cuyo periodo fue de 1942 a 1948. El libro de Cantón Rosado salió en 1943.

El señor canónigo don Macario Palma Coral, quien conoció el Palacio Arzobispal y el antiguo seminario antes de que fueran el Ateneo y quien asimismo fue testigo del saqueo de la Catedral el 24 de Septiembre de 1915, nos proporcionó una descripción del edificio, realizada en 1979, y una versión de los hechos mismos que transcribimos a continuación.

El Palacio Arzobispal y el antiguo seminario, cuyas fachadas daban respectivamente a la calle 60 y la 58 formaban un solo conjunto con la Iglesia Catedral. Estaban unidos por habitaciones tanto sobre la calle 60 como sobre la calle 58. El Pasaje de la Revolución no existió.

En el interior entre la sede episcopal y el templo había un pasillo. Por el lado poniente estaba una capilla dedicada a San José a la que no había acceso por la calle. En la parte opuesta estaba un monumento que no recuerdo bien si era un mausoleo. Por la puerta del Palacio que ahora es un estacionamiento, salía el obispo para dirigirse a la Catedral por la Puerta Sur del templo.

En los tiempos en que yo fui seminarista, gobernaba a la Iglesia de Yucatán un primer arzobispo, el Dr. Martin Tritschler y Córdova. Sus habitaciones estaban en la planta alta por el lado de la 58, encima donde hoy está una ferretería (actualmente son las oficinas del tribunal superior de justicia del Estado.)

La mayor parte de las habitaciones del edificio estaban cerradas y los seminaristas nunca pudimos recorrer todo el conjunto. En algunas ocasiones, sin embargo, vivían los canónigos y otros sacerdotes que auxiliaban al obispo. Recuerdo que en alguna parte del Palacio del lado de la Calle 60, casi junto a la catedral. Había una capillita con una cruz que era muy concurrida por los fieles y siempre estaba llena de velas encendidas. Nunca pude averiguar, por lo menos no recuerdo ahora nada, que había en muchas partes del edificio.

Cuando había misa pontifical, los seminaristas que entonces vivíamos en la quinta San Pedro, ahora Casa de la Cristiandad, llegábamos por la puerta del seminario sobre la calle 58 y entrabamos a la antigua sacristía que, si mal no recuerdo, fue demolida por Alvarado.

Allí nos revestíamos y por la puerta sur del templo salíamos al pasillo e íbamos en busca del Obispo hasta sus habitaciones. En la procesión también participaban los caballeros y hombres principales de entonces.

“Bajábamos junto con el obispo por la escaleras que dan a lo que es ahora el estacionamiento por el costado norte del Ateneo y atravesando el pasillo regresábamos a Catedral por la misma puerta sur de la Iglesia. El Obispo Tritschler y Córdova acostumbraba ir al Sagrario, donde estaba el Cristo de la Ampollas a orar para prepararse a la celebración de la misa y después, siempre en procesión, se dirigía a su trono en el altar mayor, donde lo ayudábamos los seminaristas a revestirse.

“Cuando llego Alvarado a Yucatán, se apoderó de la Catedral y del Palacio Episcopal, y desterró a casi todos los sacerdotes a la Habana. Únicamente quedaron muy ancianos y el Cura Ortiz. Los seminaristas nos refugiamos en casa de don Narciso Souza en espera de salir del país. Allí nos daba clase el P. Peniche Rubio.

El Dr. Tritschler había salido para Cuba en 1914.

Alvarado fue quien mando a demoler la capilla dedicada a San José y abrir una calle entre la Catedral y el Palacio Episcopal. El también ordeno remodelar la fachada del Palacio del Obispo y estableció una institución educativa con el nombre de Conservatorio. La fachada que si respeto fue la del seminario en la calle 58. El interior del Palacio creo que también fue remozado, pues en el patio central había un pozo y árboles de aguacate y otros frutales.

El P. Palma Coral fue testigo, junto con los entonces seminaristas Ildefonso García Arjona, José Pilar Hidalgo, Francisco Novelo Bestia, los tres últimos ya fallecidos del saqueo y destrucción a la que fue sometido la Catedral y el Palacio Episcopal por hordas de incondicionales de Alvarado. Este es su relato.

Estábamos vigilando en la acera del parque que da a la Catedral yo y los otros tres mencionados, porque nos habían informado de lo que iba a suceder. Ya entrada la noche –fue creo que el 24 de septiembre de 1915- vimos venir por la calle 60 una multitud de más de mil personas entre las que se nos dijo había trabajadores de “La Plancha” y cargadores de Progreso, estos traídos por Alvarado a Yucatán. Caminaban cantando himnos revolucionarios como “Adelita” y “La Cucaracha”.

“Llegaron a la Catedral y comenzaron a empujar las puertas centrales, pero como no cedieron, algunos se metieron por otra parte y las abrieron. La turba, siempre cantando, entró y comenzó a destruir y a quemar retablos, imágenes, bancas, todo lo que encontraron, en hogueras que encendían en medio del templo. Al Santo Cristo de las Ampollas lo sacaron del Sagrario y lo llevaron creo que a las oficinas de policía. Entraron también en la casa del Obispo y destruyeron lo que encontraron. En Obispo ya había marchado al destierro.

El canónigo Palma Coral, actualmente encargado de la Capilla del Divino Maestro junto con los señores Canónigos Remigio Carvajal Coronado y Juan Arjona Correa, encargado de la iglesia de Santa Lucía y rector del seminario respectivamente, es uno de los sacerdotes supervivientes de la época aciaga que vivió la Iglesia de Yucatán con Alvarado.

Don Macario nació hace 86 años, el 17 de abril de 1894 en Dzidzantún. Estudió humanidades y filosofía en el seminario de San Ildefonso y, a causa de la persecución religiosa, marcho a Cuba y de allí Castroville, Texas, donde estudió, al igual que otros presbiterios yucatecos, teología. Se ordenó sacerdote en 1917. Lleva, por tanto, 62 años en el ejercicio de su ministerio. Por la época en que sucedió el saqueo a Catedral tenía 19 años.

La Revolución Social en Yucatán.

El padre de Aercel Espadas Medina fue supervisor de las escuelas rurales que creo Salvador Alvarado, en su juventud tuvo contacto con Manuel Amabilis y su suegro fue Joaquín Ancona secretario de Salvador Alvarado así como con Manuel Cirerol Sansores y se arrepiente de no haber hecho preguntas que hoy haría.

El pasaje de la Revolución y el Ateneo Peninsular es la obra máxima de Salvador Alvarado, y asegura que poco se ha investigado de la obra constructiva del general. Su obra –asegura- opaca la obra de muchos gobernadores que tuvieron incluso más tiempo.

Espadas –quien se dice admirador de Salvador Alvarado- considera que la figura del general afecto intereses, entre ellos el de la Iglesia Católica al incautar los bienes como el Palacio Episcopal, estos intereses afectados son los que han generado una serie de calumnias alrededor de su personas, sentenció quien fuera Director de la Facultad de Arquitectura de la UADY.

El arquitecto Aercel conoció el Pasaje de la Revolución original –el actual es una reconstrucción de 2001- en su infancia, en una feria ganadera. Era un espacio del pueblo que logro desvanecer aquel misterio que emanaba el Palacio Episcopal. El ateneo pasaje expresa la realidad del momento histórico en la destrucción de un antiguo y régimen y la creación de un nuevo régimen arquitectónico social, la independencia del pueblo del poder clerical.

La toma de sitios importantes para transformarlos a un nuevo régimen es una constante en la historia como el caso de la construcción de la Catedral de Mérida sobre los restos de la antigua ciudad maya.

“Del Arzobispado al Ateneo” es una calumnia con intenciones de recuperar el Ateneo como Arzobispado –sostiene- Aercel Espadas.

La construcción del Ateneo fue un gran cambio de la fisionomía de la plaza grande, que no había ocurrido desde la pavimentación del centro durante el gobierno de Olegario Molina.

La obra del Ateneo Peninsular estuvo encargada al célebre Manuel Amabilis –constructor del Parque de las Américas y el Centro Escolar Felipe Carrillo Puerto- que plasmo en el diseño de la obra la intención de revolución y cambio social a través de los elementos neoclásicos que caracterizan al edificio.

Recalca que no puede considerarse que el Palacio Episcopal se transformó en el Ateneo Peninsular pues del viejo edificio solo se reutilizaron algunos muros del interior; de hecho –asegura- todas las fachadas del Palacio Episcopal fueron demolidas.

Si bien en un inicio la obra se encargó a Amabilis, fue el italiano Santiago Piconni quien concluyo el pasaje de la Revolución, las diferencias entre lo hecho por Amabilis y Piconni son claras, siendo que los acabados de Amabilis resaltan por sus detalles, sobre los de Piconni que resaltan por ser toscos y soberbios.

“El Ateneo Peninsular, recientemente fundado en esta ciudad de Mérida, inauguró sus labores con el presente año de mil novecientos diez y seis. Su inauguración fue celebrada con diversas actuaciones de cultura física y con una gran fiesta de arte que se verificó la noche del seis de enero en el teatro Peón Conteras” así reza el libro conmemorativo a la inauguración del edificio, hace ya más de cien años.

El Pasaje de la Revolución fue inaugurado el 1 de mayo de 1918 por la administración del “primer gobernador obrero” Carlos Castro Morales. El discurso principal estuvo a cargo del poeta Antonio Mediz Bolio. De esta manera dio inicio la posrevolución en Yucatán, rindiendo culto a la obra del gobernador revolucionario Salvador Alvarado. Por lo tanto, el conjunto del edificio del Ateneo Peninsular y el Pasaje de la Revolución, construido sobre el antiguo Palacio Arzobispal, representó para el paisaje urbano el momento de ruptura del nuevo régimen con el antiguo. A partir de entonces, el paisaje urbano tanto de Mérida como del estado será impactado por el arte monumental del socialismo posrevolucionario.

Salvador Alvarado no estuvo presente en ninguno de los dos actos inaugurales, Espadas sostiene que mucho tuvo que ver su ideal de no enaltecer figuras de gobernantes por lo que predicaría con el ejemplo al no estar presente durante aquellas fiestas inaugurales.

El edificio que debió funcionar como Escuela de Artes, nunca vio este fin conseguido.

Se destinó a oficinas,  federales como estatales en la parte de la planta baja se ofrecieron locales comerciales. En los años treintas la mayor parte de la planta alta se destinó a la comandancia de la XXXII y funciono ahí hasta 1983.

El edificio lo mantuvo el gobierno del estado como sitio de oficinas hasta 1993 cuando empezaron los trabajos de rescate del edificio. Finalmente el  29 de abril de 1994 se inauguró en sus instalaciones el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán.

Como se mencionó antes, los arcos de entrada del Pasaje de la Revolución fueron destruidos en los años cuarenta y el espacio que se abrió en esa calle, se destinó para el transporte urbano. Hasta 2001 y como parte de los rescates del Centro Histórico de Mérida, se reconstruyeron ambos arcos (el que da a la 60 y el que da a la 58) con lo que el sitio recupero sus características originales. En 2010, se consiguió por fin, que el Pasaje recuperase su techo de cristal y que se iluminará vistosamente; con lo que se ajustó un poco a aquellos pasajes europeos que inspiraron su creación.

A 100 años de inaugurado, el Ateneo Peninsular sigue siendo un referente de la Plaza Grande, y gracias a las últimas restauraciones, ha recuperado la fisionomía con la que se proyectó el edificio. Actualmente, sigue funciona como Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán: Juan García Ponce.”

Fuentes.

  • Diario de Yucatán.
  • Aercel Espadas.
  • Gaspar Gómez Chacon

El Palacio Episcopal y los 100 años del Ateneo. I

Justo en el corazón de la ciudad de Mérida,  en el espacio que ocupa hoy el ‘Ateneo Peninsular’ estuvo alguna vez el Palacio de Obispos que durante casi tres siglos fue casa del alto clero yucateco. La incautación que diera origen al ‘Ateneo Peninsular’ sigue siendo motivo de controversia, como toda la obra revolucionaria de Salvador Alvarado.

El siguiente reportaje pretende juzgar los hechos a través de varios puntos de vista. Las referencias bibliográficas vienen de la obra de los Historiadores Francisco Cantón Rosado y el los del Obispo Crescencio Carrillo y Ancona, así como referencias del Catálogo de Construcciones Religiosas de Yucatán, de la Dirección General de Bienes Nacionales hecho en 1943.

Los testimonios provienen del canónigo Macario Palma Cora –entrevistado en 1979 por el Diario de Yucatán- quien era seminarista en la época de la incautación, así como del arquitecto Aercel Espadas –a través de sus comentarios en la conferencia “El Ateneo Peninsular: Catedral de la Revolución Social” de Noviembre de 2015-, director fundador de la Facultad de Arquitectura quien conoció de cerca la obra de Salvador Alvarado pues estuvo en contacto con algunos de sus colaboradores.

La historia de este espacio inicia poco después de la fundación de Mérida en 1542 al fundarse en ese sitio una primera iglesia que funciono de Catedral, hasta que en 1562 se inició la obra de la Catedral de Mérida que conocemos actualmente.

El Comienzo.

La obra del Palacio Episcopal inició entre los años 1573 y 1579, Fray Diego de Landa –según señala en su libro “El Obispado de Yucatán” el Obispo Crescencio Carrillo y Ancona- “comenzó la fábrica del palacio episcopal, que ahora existe contiguo a la Catedral (Libro de 1895) y se terminó en la época del Obispo Fray Gonzalo de Salazar, entre 1608 y 1636.
El mismo historiador agrega: “La historia dice que cuando vino el Sr. Landa a tomar posesión de la Mitra paso a morar en las casas episcopales. El Cronista Lizama lo expresa por estas palabras: Le llevaron a sus casas episcopales con mucho regocijo.

En efecto –añade Carrillo y Ancona- si hubiese pasado a hospedarse en la casa de alguna persona particular, porque todavía no hubiese palacio episcopal, mayor motivo habría para que tal honra se conservase en la memoria, y muy explícitamente se habría consignado cual casa hubiera sido aquella y nombre de su poseedor.

“Ni puede tampoco decirse –agrega- que el cronista aludía al Convento de los franciscanos por ser también como una casa propia y adecuada del Religioso Obispo: porque en seguida dice el mismo cronista: luego que el santo Obispado descanso tres días, se fue al Convento de San Francisco y luego (concluida su visita se fue a su palacio, muy consolado de haber visto su casa y Convento.

“De modo –continua don Crescencio- que sabiéndose por una parte que el Sr. Landa fue quien emprendió la fábrica del Palacio Episcopal y asegurándose por otra que cuando llego a esta ciudad de Mérida fue a morar en la Obispalía, se confirma suficientemente lo que en la vida del Sr. Toral decíamos a saber: que cierta casa, de un solo piso que formaba una habitación accesoria a la pobre iglesia que de Catedral servía, fue el palacio de los primeros Obispos, en el propio local en el que se encuentra el que hoy (1895) existe en dos pisos y comenzado a fabricar por ilustrísimo Sr. Landa.

La culminación.

Más adelante en el capítulo dedicado a Fray Gonzalo de Salaza (1608 -1636). El Sr Carrillo y Ancona señala lo siguiente “Entre muchas otras empresas del ilustrísimo Sr Salazar dignas de memoria, se cuenta la de haber dado termino a la fábrica del palacio episcopal, emprendida y continuada por sus predecesores, no porque fuese una suntuosa obra de arquitectura, sino por la escasez de recursos y por qué de preferencia se atendía la obra más importante de la catedral.

Acabo el Palacio edificando la capilla correspondiente con dos rejas que comunicaban por el interior de la Catedral por la nave sur y habiéndola embellecido con láminas romanas, buenas esculturas, excelentes cuadros de pince, ornamentos y alhajas preciosas, la donó a los señores curas de la misma Catedral para que sirviera de Sagrario Parroquial como de hecho sirvió muchos años y ahora es conocida con los títulos de Nuestra Señora del Rosario y Señor San José.

Reconstrucción del Conjunto. Fuente: Antonio Rodriguez.

El Seminario.

La otra parte del edificio que fue el Seminario Conciliar de Nuestra Señora del Rosario y Sal Ildefonso, comenzó a construirla en 1751 en la parte posterior del Palacio, donde había una hermosa huerta el Obispó Fray Franciscano de Buenaventura Martínez de Tejada. Actualmente en 1979, todavía puede admirarse la fachada de lo que fue el seminario sobre la calle 58.

En honor a la Virgen del Rosario, el Obispo Martínez de Tejada también erigió un altar en la Capilla Privada de su Palacio, situada en la planta alta de la pieza que fue demolida para hacer la entrada del Pasaje de la Revolución sobre la calle 58, según consta en el catálogo de construcciones religiosas de Yucatán que por otra parte, señala que el seminario comenzaba junto a la capilla del divino maestro y llegaba hasta la calle 63.

Fue –señala el libro- uno del primer centro de instrucción para la juventud de Yucatán, Campeche y Tabasco. Lo fundó, por decreto del rey Fernando VI, de fecha 24 de mayo de 1751, el Obispo Martínez de Tejada y la construcción del edificio se inició con una pensión del 3% sobre el producto neto de las rentas parroquiales. El sucesor del Obispo Tejada, Fray Ignacio de Padilla y Estada, concluyó la construcción que apenas dejo en sus cimientos el citado Obispo Tejada.

“El Obispo Padilla –sigue el libro-, quien falleció en Mérida el 20 de julio de 1760, pago la deuda de $18,000 que gravaba la obra y con $12,000 más la concluyó. Era de dos pisos con ventanas en el bajo y balcones en el alto, aposentados bien ventilados, claustros y galerías, capilla, aula general, sala rectoral, refectorio y cocina.

“El 21 de marzo de 1824 –agrega el catalogo-, el Augusto Congreso Constituyente decreto la erección en universidad de segunda y tercera enseñanza del Seminario de Mérida, el cual sufro varias transformaciones en su régimen interior entre ellas la apertura del llamado Colegio Católico de San Ildefonso, fundado por monseñor Norberto Castillo en 1867, en colaboración con el Obispo Crescencio Carrillo y Ancona.

El gobierno Federal ocupó posteriormente una parte del edificio del ex seminario instalando en ella las oficinas de Correos, Telégrafos, Administración del Timbre, Jefatura de Hacienda, Ministerio Público y otras más. El gobierno del Estado ocupó la otra parte de la Contaduría Mayor de Hacienda. Tribunales y Juzgados.

Después y en vista del estado ruinoso del edificio, las oficinas federales pasaron a un edifico construido exprofeso en la antigua ciudadela de San Benito, cedido por el Gobierno del Estado y autorizada la cesión por el Congreso del Estado el 9 de marzo de 1903.

“Varias alteraciones más sufrió el edificio, hasta que en la época de Alvarado no sólo sufrió alteraciones, sino que con la apertura en 1916 del llamado Pasaje de la Revolución, desapareció gran parte de él, indica el catalogo”.

“Con este destrozo –añade- desapareció, junto con otros departamentos, el que en la planta baja ocupaba la sacristía de la Catedral y en la Alta la capilla del Obispo, donde entonces estaban las oficinas de la Contaduría Mayor de Hacienda, así como también desaparecieron las escaleras que allí se encontraban.

Algunas personas, quizá basadas en esta afirmación, señalan que para abrir el pasaje de la Revolución en 1916 se destruyeron dos capillas: la dedicada a San José y la Virgen de Rosario y otra más dedicada a la Virgen del Rosario. Esta última es, al parecer la del palacio episcopal, que como se ha visto estaba al final del actual pasaje en la planta alta frente a la calle 58.

Continuará.

Crónica del Carnaval de Mérida en 1895

 

Fue lo que no todos esperaban: un gran carnaval.

Un gran carnaval en plena crisis; cuando muchas fortunas grandes y chicas han sufrido graves deterioros por su base, y las transacciones mercantiles debido a la depreciación de nuestra principal fuente de riqueza se resiente lastimosamente. Mas animación, más entusiasmo, más espíritu carnavalesco se notó en todas las diversiones. Y es que los ánimos abrumados por la situación se sacudieron, se sublevaron y quisieron mitigar sus tribulaciones con un voluntario olvido: abrieron un paréntesis de cuatro días, durante ellos no se dio paso más que al placer, al bullicio, a la locura de Momo, desbordada en las comparsas en las estudiantinas, en los paseos, en los bailes.

Ya todo paso, pero ¿Quién no se acordará del último carnaval?

Hacía muchos años que no teníamos, y vaya como ejemplo: un Bando como el de la Unión. ¡Qué preciosas alegorías desfilaron en los paseos! Y alternando con ella, que risibles bufonadas. El Bando de La Unión se volvió la fiesta de Mérida el sábado en la tarde: toda la población estaba condensada en las calles por donde debía pasar la inmensa procesión de carros y carruajes. Los primeros eran saludados con hurras y bravos. ¡Estaban tan primorosos!

“Carro de la Industria” vimos a la señorita María Mendoza, a la señorita Lavalle, a la señorita Buenfil y a la señorita Albert representando primorosas abejas en sus caprichosos trajes. Iban precediendo a un colmenar de artística forma cómica a cuyo rededor revoloteaban esos insectos símbolo de la laboriosidad incansable ¡Muy ingeniosa alegoría!

Llamó también la atención por su suntuosidad y elegancia, el carro sobre que se destacaban arrogantes y bellas, entre nubes de blanquísimas gazas, la señorita Peón Cisneros. Fue saludado con aplausos el artístico carro en varios lugares del paseo.

Carnavales a principios del siglo XX.
Carnavales a finales del siglo XIX.

Otro carro que también fue del agrado de todos por lo caprichoso y bien combinado fue el que representaba las siete cabrillas. Las siete estrellas, por su belleza deslumbradora, que derramaban los furgones de su mirada; fueron las señoritas Domínguez Rendón, Sauri Cetina, Ávila R, Pacheco Zetina y Fuentes V.

¡Que carro más bonito en el que seis de nuestras admiradas beldades vestidas de cadetes, conducían el pabellón de la Unión! Fueron ellas las señoritas Esther Cepeda, la señorita Gutiérrez Suarez, la señorita Pacheco Zetina y la señorita Cervera Yturrarán.

Salieron vestidas de campesinas, caprichosamente ataviadas en un carro repleto de hortaliza, las señoritas Sauri.

El famoso carro que representaba un árbol genealógico que entraña una crítica de mucha mostaza, ya hemos hablado en su oportunidad

Tuvo este carro la fortuna de ser simbólico hasta en eso de romperse que dijimos en el último anterior.  Y por último, carro de la Emperatriz Tachona, encabezando el Bando, presidia la fiesta leyéndose en él, el decreto del carnaval. Las frases de Tachona, y esto significa el éxito que tuvo, anda ya en boca entre el pueblo.

No debemos olvidar en esta ligera crónica, el carro que representaba a la Familia Bell y Pirriplin en una escena de la Pantomima Acuática, ni de los Gemelos, ni el del Sucesos de Tachona brotando de un huevo.

Todo esto es lo bufo, pero ´precisamente es lo carnavalesco, lo adecuado. Hacía falta.

A lo relacionado a grandes rasgos debemos añadir una fila de dos o trescientos carruajes ocupados por bellísimas señoritas para dar una idea vaga del Bando de la Unión que con la Batalla de Flores, fiesta que organiza la entusiasta sociedad Liceo de Mérida, fueron lo más notable de este Carnaval.

La Batalla de Flores viene como a abrir con broche de oro el ultimo día de Carnaval. Recorrió este año la avenida comprendida entre la Plaza de San Juan y la tercera Calle de Peniche Gutiérrez, unas ocho cuadras en junto trayecto mucho mayor que el de años anteriores, lo que prueba que esta fiesta se va popularizando y conquistando la simpatía de nuestra buena sociedad. Es en efecto un espectáculo culto y hermoso: es una nota saliente en el concierto del Carnaval.  Habrá tomado parte en una batalla unos doscientos carruajes.

Entre estos, el que representaba una Góndola forrada con tela lustrosa y nítida en cuyo centro se elevaba un trono de marfil sobre el que Cachita Martínez de Arredondo se destacaba elegantemente vestida, teniendo a sus pies a su hermana Gertrudis y a las bellas señoritas Solís Peraza; y el que licua un elegante Kiosco con jardín y fuente de que brotaba agua cristalina que se desgranaba en perlas sobre las flores, en el que iban las señoras de Casares Escudero y de Font Hube, llamaron principalmente la atención.

El jurado les acordó el Primer Premio que por suerte cupo a este último, habiendo el Liceo concedido al primero el honor de llevar el Pabellón de la Sociedad, en señal de triunfo durante el paseo.

Obtuvo el segundo premio el Carro que representaba una Casa de Campo habitada por las familias Ponce y Ponce Cámara. Estaba artístico, de muy buen gusto.

Llamaron también la atención la “Canastilla de Confites” en que se iban las graciosas señoritas Ibarra, señora Ibarra de Peón: las señoritas Améndola y señora Améndola de Ramos: el carro de las flores en que muy propiamente estaban representados la azucena, el polmerón, la Francia, etc. Por la señora Peón de Arrigunaga y Peón de Regil y señoritas Ana de Regil y Mercedes Aznar G. Gutiérrez: y por último, el carro que representaba un “Nido de Pájaros”, caprichosisimo, en que las señoritas Guadalupe y María Espinoza Duarte y Menza Duarte hacían temer por un incendio de aquella paja de colores con que estaban envueltas y sobre la que vibraran los rayos olímpicos de sus miradas.

Muchos otros carros se nos escaparan seguro, pues muchos más son dignos de mención: pero lo que no se nos puede escapar es que el aspecto general de la Batalla visto desde una altura, era preciosismo, centenares de brazos blancos, torneados, se agitaban para arrojar al enemigo de un carruaje a otro una descarga de flores, de confites o de estrellas de colores, todo esto en medio de las exclamaciones del público, de las notas alegres de muchas músicas, de los aplausos y hurras de los espectadores. ¿Qué tenía la multitud? Estaba ebria de placer, estaba pasando por un fabricante somnolencia de felicidad.

Ya pasó todo y sobre el largo palenque de la lisa, se ven aun como despojos ensangrentados, pétalos rojos, cruelmente destrozados por manos de diosas.

De los bailes ¿Qué diremos? Dos sociedades populares y dos sociedades elegantes han dirigido las fiestas de Terpsícore. Los bailes del liceo han estado como siempre dignos de la cultura de dicha sociedad.

Los bailes de las populares asociaciones de artesanos La Recreativa Popular y Paz y Unión, también correspondieron dignamente al buen nombre de nuestra benemérita clase obrera.

Los bailes de la Unión fueron el centro, el foco carnavalesco: ahí centenares de mascaritas parladoras como gorriones traviesos, derramando la sal de sus artes y subyugando con el encanto de lo misterioso: allí una orquesta de las mejores combinadas, dejando oír alegres notas: allí la ingenuidad, la simpatía, la fraternidad uniendo en un abrazo a todos. Así estuvieron de lucidos los bailes de esta distinguida sociedad. Lo que más fue del agrado de las damas que honoraron los salones de la Unión, fue el Ambigú con que fueron obsequiadas, no precisamente porque en el procuro la sociedad ser todo lo esplendida que podía sino porque la junta directiva y una respetable y numerosa comisión de socios caracterizados, se encargaron de servir con exquisita amabilidad a las damas, a todas y a cada una de las damas.

El ambigú, además, ocupaba un sitio poéticamente preparado: tenía un todo, el cielo azul estrellado y el follaje de los arbole desde el cual abrían sus pupilas incandescentes cuatro focos de luz electica y parpadeaban melancólicas luminarias chineases de colores.

No debemos pasar por alto el importante contingente que llevaron al Carnaval la Estudiantina de primorosas e inteligentes niñas dirigidas por el joven artista Sr. Quevedo: ni la otra estudiantina a cuya cabeza estuvo el popular Chan Cil, ni las fiestas y regocijos del Club “Anarquista”, club de solterones incorregibles que revolvieron aquí y acullá comunicando a todos su buen humor.

En fin que justamente podemos felicitarnos del último Carnaval que a pesar de los pesares que a muchos afligen, ha sido uno de los más animados de algunos años a hoy.

Publicado en Yikal Maya Than (1949)