Un espeluznante descubrimiento en la Iglesia de la Tercera Orden

Templo de la Tercera Orden.

Roldan Peniche Barrera

Por el tiempo en que el Gral. Salvador Alvarado estuvo en Yucatán como gobernador del Estado, dispuso que el templo de la Terera Orden fuera arreglado convenientemente para cobijar a la primera Legislatura Revolucionaria de Yucatán.

Ingenieros, contratistas, maestros de obra y decenas de alarifes comenzaron a realizar la tarea. Pero al llevarse a cabo los trabajos de albañilería quedaron expuestos numerosos restos de difuntos ricos cuyas lápidas aún existían.

De tal suerte que cuando los obreros perforaban un simidero, se dieron de cara con la entrada de un espacioso subterráneo repleto de osamentas. Dice el Lic. Santiago Burgos Brito en un libro que “aquello era un verdadero pudridero, no precisamente para guardar momias, sino para almacenar restos humanos, en cantidad impresionante…

En algunos sitios veíanse esqueletos enteros, acaso de féretros que allí fueron dejados, y que se disgregaron complentamente con la acción del tiempo”. Era todo aquello, “una macabra confusión de cráneos, fémures y tibias”. Los trabajadores, aterrorizados ante aquella visión, huyeron del lugar, pero como no contaban con otra alternativa  de trabajo, tuvieron que regresar y cumplir con su cometido de limpiar aquella tonelada de huesos humanos, Dicen que los camiones iban y venían en incesantes acarreos, sin que aquel macabro material pareciera agotarse nunca. “Polvo eres…” rezan las escrituras.


Esta misma escena también ocurrió durante el saqueo a la Catedral de Mérida en 1915, año de la entrada de Alvarado al Estado. Todavía hoy se pueden apreciar en  las paredes de los  templos del centro de la ciudad las lápidas

En febrero de 1931 se publicó en el Diario de Yucatán la siguiente nota bajo el título de “Obsequio al Museo Arqueológico e Histórico de Yucatán”.

“Nuestro ilustrado colaborador, el Duque de Heredia, ha obsequiado al “Museo Arqueológico e Histórico de Yucatán” tres lápidas mortuorias que recogió en el templo de la Tercera Orden, cuando fue ocupado y destinado para sala de sesiones de la Legislatura del Estado.

Dichas lápidas cubrían los restos mortales respectivamente del señor don Francisco Antonio Tarrazo, que fue el primer Gobernador yucateco después de la independencia, del señor coronel don Sebastían Molas, que prestó importantes servicios al Estado en la guerra social, y del señor Pbro. don José María Celarain, quien dejó gran parte de sus bienes para una casa de beneficencia. “

Que estás lápidas hayan sido rescatadas de aquel desastre de obras en el antiguo templo jesuita evidentemente no es fortuito y seguramente tiene que ver con la calidad artística de aquellas lápidas y la importancia de los personajes a quienes representaban. ¿Existirán hoy en día en los inventarios del museo estás lápidas?

Si a tumbas famosas nos tuvieramos que referir, el primer caso a mencionar sería la tumba del fundador de la ciudad, Francisco de Montejo, cuya lápida se encontraba en el Convento Grande de San Francisco, del cual no queda nada. ¿Algún vecino de Mérida habrá rescatado aquella estela?

Otra tumba de importancia y pérdida en el tiempo es la de Manuel Cepeda Peraza, la cual se encontraba al interior de la capilla de San José, la cual fue demolida en 1915 para abrir el Pasaje de la Revolución.

Si recorres los templos coloniales, podrás descubrir en las paredes que todavía existen muchas de las placas que recuerdan a difuntos de Mérida, sobre todo aquellos que vivieron entre mediados del siglo XIX y principios del XX.

 

 

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