Un hecho curioso: El prisionero liberado por Porfirio Díaz.

El presidente Díaz en la entrada de la prisión de Mérida.

Augusto Narváez Rejón (1976)

En el año de 1906, el Gral. Porfirio Díaz, presidente de la República realizó una visita al Estado de Yucatán, en compañia de su distinguida esposa, siendo gobernador Don Olegario Molina.

Recibido con gran pompa, su entrada a la ciudad fue en elegantes victorias tiradas por hermosos y bien ataviados corceles, a los que oíamos llamar frisones, que caracoleaban con suma elegancia. Eran tan briosos, que los conductores, fornidos hombres de color, de chistera y uniforme negro, le daba trabajo contenerlos entre el bullicio y el sonar de trompetas, tambores y otras cosas.

En aquella ocasión, el Gral Díaz visitó varias escuelas, algunas de las cuales existen hasta ahora en sus mismos magníficos locales. A todas partes lo acompañaba su faosa escolta presidencial de vistosos uniformes y admirable marcialidad.

Entre las inauguraciones, figuraba la programada para la Penitenciaría Juárez. En ella el Presidente fue objeto de respetuosas demostraciones de admiración de parte de los reclusos, quienes le obsequiaron distintas manufacturas de sus respectivos talleres, llmándole especialmente la atención una hamaca de hilo fínisimo que ostentaba una hermosa águila posada en el nopal, devorando a la serpiente, tal como aparece en el Escudo Nacional de la época: el águila de frente con las alas extendidas.

El general Díaz manifestó deseos de conocer al autor de aquella obra perfecta. De entre los reclusos salió un hombre joven, de barca crecida y sin uniforme penitenciario, inclinándose respetuosamente ante el Presidente, éste le extendió la mano y lo felicitó, correspondiendo el preso con asombrosa facilidad ed palabra, por lo que el alto funcionario quiso enterarse en el acto del motivo de su reclusión. Se le informó que había matado a un asaltante en defensa propia y que, dada su preparación cultural se le utilizaba como escribiente en el penal.

Esta era la razón de que no vistiera el uniforme de los reclusos. Entonces el distinguido visitante dijo: “Este hombre es útil a la sociedad y debe reincorporarse a ella”. Así se hizo tan pronto se corrieron los trámites necesarios.

Este hombre de la historia se llamaba Augusto Villafaña, nacido en Valladolid y avecindado desde muy joven en Calakmul, habiendo sido encargado de las fincas Yokpita e Itzinté, cercanas al pueblo. Aficionado a la cacería, su mayor satisfacción se la daba el ser poseedor de una magnífica escopeta de doble cañón. Un día, mientras recorría una milpa, fue atacado sorpresivamente, machete en mano por un hombre extraño al rumbo, de quien pudo salvarse gracias a la rapidez con que empuño y disparó su escopeta. Después se supo que el hombre a quien dio muerte era un bandolero que merodeaba en campos de Yucatán. Sin embargo fue condenado a varios años de prisión de los que se libró gracias al indulto presidencial, retornando a su hogar y a sus labores hasta que murió a una avanzadísima edad, respetado y querido por todos.

Periódico Novedades.

Imagen: Mediateca/INAH

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